jueves, 20 de septiembre de 2012

CAPITULO LVIII, El canto de las cigarras.


                                                       CAPITULO LVIII
                                                  El canto de las cigarras

 
 

 

 En la radio sonaba una cancioncilla melosa con ritmos que me hicieron recordar los carnavales canarios, salsa, merengue, bachata etc. Músicas alegres con los que sin querer movemos los pies al son de Radio Caracol, una emisora nacional con un comentarista que hablaba tan rápido que me costaba entender, anuncios de café, tabaco, bebidas y todo un popurrí que consiguió agotarme hasta el sueño, previamente se lo hice saber al chófer que educadamente entendió para dejarme dormir y con ello se quedaba sin respuesta por las tantas preguntas en lo que respecta a la salud de mi familia y demás curiosidades que me aburrían sobremanera, puedo entender la cortesía por saber de mis familiares directos allende los mares en el otro extremo del mundo pero nuevamente me pregunto ¿realmente le preocupa la salud de tus allegados? No contestaré con un improperio por el cual me analizo en mi mente si realmente soy un tipo normal o una especie de salvaje desnaturalizado por no seguir conversaciones fútiles y vacías de contenido.

Pocas veces me he preocupado por mi carácter analítico, le llamo a las cosas por su nombre sin tapujos ni mamarrachadas no me gustan las ñoñerías ni las fantasmadas y por supuesto lejos del hogar familiar emplearé un lenguaje con el que me acusan de soez, basto, aberrante e impropio de alguien con un mínimo de conocimiento, me va el rollo de la gente natural, honesta, sincera y sin pelos en la boca, admiro a los que se atreven a ir contra corriente sin temor a causar heridas profundas en conciencias beatas y corazones puros, la vida es jodida y el lenguaje a veces fuera de contexto ayuda a despertar a tontos y necios, prefiero al pandillero de calle con sus jergas al pijo estirado de costumbres pulcras educado entre algodones de billetes.

Un paseíto en coche a través de pueblos, ciudades, paisajes inmensos y vegetación salpicada de grandes árboles y en ocasiones con casitas muy humildes cerca de la autopista a las que llaman ranchitos, algunas tan solo construidas con adobe, chapa y sobrantes de madera, en España las llamamos chabolas, quiero constar que lo que narro bajo mi punto de vista dista de cualquier implicación que lleve al equívoco de burla o mofa por sus habitantes y o costumbres, en estos relatos hago humilde homenaje a un pueblo que admiro, respeto y entre los que me sentí arropado y querido pasando los mejores años de mi juventud dejando un día a grandes amigos y mejores experiencias.

Haremos una parada para comer algo, me dijo el chófer de nombre José Pérez, el cartel y el local por supuesto grandísimo a pie de carretera, una arepera, pedí un refresco de naranja y pedí una arepa de caraotas ya que el hambre a mi edad era insaciable. El refresco cargado de gas con un ligero sabor a detergente químico alivió mi sed para sosegarme y situarme en el entorno, el calor incluso de noche aportaba la necesidad por beber algo fresco, en el ambiente iluminado por cientos de bombillas traslucía los vuelos zumbones de mariposas, polillas, mosquitos y diferentes insectos con ruiditos que me distraían, los hombres que cenaban en aquel local tenían la pinta de camioneros, no, no soy tan espabilado, el aparcamiento estaba lleno de tráiler cargados con todo tipo de mercancía, uno de ellos era fácilmente curioso por el tufo que desprendía acompañado de chillidos inquietantes y golpetear de patas, marranos gordos y rosaditos como culitos de bebé.

A muchos de ustedes seguramente también les habrá pasado en algún viaje, o quizás tan solo yo he metido la pata por dármelas de hombre de mundo sin preguntar previamente, la arepa consiste en una masa prieta de maíz con escurrideras de aceite abierta por la mitad con forma circular, en su interior una zurra negra con un olor atractivo y familiar que estimuló mi hambre, no sabía que eran las caraotas, judías negras como la noche, riquísima, consiguió mi primera sonrisa y la repetición de otra arepa de carne mechada con ají, una salsa picante que me quitó el sueño de forma fulminante.

La cosa pintaba bien, por lo menos había probado algo que desconocía y que me dejó la tripa llena, José Pérez como no, pidió una cervecita polar fría como hielo, me di cuenta que mientras la pedía le picó el ojo a una mulata monumental que con ropa ajustada hacía de camarera en el establecimiento, si, hacía de camarera porque a buen entendedor hice mis cálculos sobre la tarifa por llevar al huerto a tan excelso monumento hecha mujer de chocolate, recordaba a mi padre cuando nos vimos cruzar con una hembra de tal calibre cuando me decía en tono moderado, mira hijo, una mujer de bandera, nunca supe que bandera debería llevar en un desfile cuando a mi edad le quitaría la bandera y las vergüenzas, en fin, tupido velo, conversaciones de machos incluso en aquellos años que me crecían los pelillos y con más velocidad las malas ideas de autentico sinvergüenza, nunca podré presumir de ser tímido, los avatares de la vida siempre empujan la necesidad por meterle mano a las oportunidades (también a las nenas que así me lo pidieran por supuesto).

Distraído y ya espabilado por lo visto me animé a darle conversación al chófer, no se trataba de su empleo realmente, hacía de cualquier recado una bonificación extra a su trabajo de conductor de grandes camiones, mano derecha de mi tío hoy le había tocado ser la niñera de un bisoño jovencito recién llegado de Gran Canaria. Notaba de su destreza al volante de un coche que apenas llegaba a ver el morro, observando sus manos deducía que se cuidaba hasta límites de cremas hidratantes perfumadas, como espanto noto que la uña de su dedo meñique excede los límites normales en comparación con el resto por lo que deduzco es una herramienta útil en su remate de aseo personal, cucharilla improvisada para retirar excedentes de oídos, nariz y entre dientes a la vez de aflojar pequeños tornillos de artefactos eléctricos si no se dispone de herramientas urgentes.

¿Guarro? Me da igual, la gente, en general tienen costumbres realmente sorprendentes si las comparamos con las que para nosotros son normales, prefiero una uña larga que no disimula a que por ejemplo me diga que no puede dormir sin su osito de peluche. Aproximadamente cinco horas de trayecto a velocidades que disimuladamente controlaba de reojo, 160 km/hora en el panel del coche, wow, la emoción por tanta velocidad no la había probado en ningún cacharro de coche en mi vida y parecía que apenas nos movíamos dejando atrás cientos y cientos de kilómetros abandonando las pequeñas luces parpadeantes de la inmensa planicie de su capital Caracas.

Llegábamos a destino final, Acarigua en el estado Portuguesa, Venezuela entendía estaba dividida por estados de nombres singulares y exóticos, para adentrarnos en uno u otro estado pasábamos controles llamados alcabalas como si se tratase de pasos fronterizos controlados por la guardia nacional, en algunos casos obligados a parar, dejar el vehículo abierto para buscar minuciosamente con linternas cualquier tipo de estupefacientes así como armas de fuego o cualquier tipo de contrabando prohibido, los perros pastor alemán tiraban ansiosos de las correas sujetas por los guardias prestos para intervenir a la orden de sus amos. La curiosidad y la inquietud por lo que había visto obligó a mi acompañante para advertirme por la cautela de la noche, un país con una riqueza inmensa por sus pozos de petróleo pero con un índice de criminalidad muy por encima de lo aceptable para los extranjeros desprevenidos.

Una quinta de dos plantas (chalet) en las afueras del pueblo sería mi residencia, allende al chalet unas naves industriales con oficinas, aquí los llaman galpones y en frente un aparcamiento del tamaño de un campo de futbol en el que bajo techo una bascula para pesar camiones con remolque tan grande como jamás había visto, altos muros tapan las instalaciones y verjas de alambres de púas cercan todo el entorno al igual que las ventanas del chalet con gruesas rejas de hierro que a mi gusto afean la fachada, hechas las presentaciones, saludos y agasajos de bienvenida me acompañan a mi habitación para dormir hasta el día siguiente. Primer error, la jornada de trabajo comienza a las cinco de la mañana, apenas me he acostado y vuelta a empezar.

Con la legañas pegadas a mis ojos me visto con la misma ropa con la que he llegado a este país, me huelo la sobaquera y le doy el aprobado con mi agudo olfato, seguramente nadie percibirá ningún olor sospechoso y ya habrá tiempo para darse una ducha mientras avanza la mañana ¿Quién puede estar tan chiflado para ducharse con agua fría a las cinco de la mañana? Es de noche y fuera escucho un peculiar triki triki que hace me mantenga alerta por saber su origen, mi tío me da unos buenos días mientras desayunamos diciéndome que es el sonido de las cigarras frotando sus alas para atraer a las hembras a la cópula, alucino, ¿aquí todo es tan rarito?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 18 de septiembre de 2012

CAPITULO LVII, Aurora

 

 

 

 

 

                                               CAPITULO LVII

                                                        Aurora
 

 

Un año antes y mientras acudía al instituto por la mañana tenía que acompañar por la tarde a mi padre ya jubilado del ejercito a su nuevo trabajo como oficinista en la empresa Salvat Editores, mi padre en una oficina con dos secretarias y un jefe de administración era el equipo base en una oficina dedicada a la distribución de libros a domicilios particulares en los que previamente ya habían visitado los pelmas de venta a puerta fría (tal como se les conoce hoy).

Mozo de almacén, que lujo, a mi edad ya ganaba un sueldo que provocaba la envidia de mis amigos del barrio, si, efectivamente, manejaba dinero pero no tenía tiempo para gastarlo y disfrutarlo, cada vez me veía más involucrado en el mundo de la lectura, después de leer casi todos los clásicos de nuestra literatura como El Quijote, Fortunata y Jacinta, El Lazarillo de Tormes etc. Mis gustos por la lectura se derivaron por otros aspectos no de la historia en sí, me enganchaban las aventuras en otros países, culturas, razas y costumbres profundizando en mi creciente afición por novelas psicológicas del pensar humano para entender de sus acciones y que les inclinaba por emprenderlas, me sentía en ocasiones decepcionado por la involución a ciertas creencias propias de la anterior dictadura, en España todos los mandatarios, luchadores, héroes rancios y grandes pensadores habían conseguido sus proezas para orgullo patrio en defensa de valores propios de cristianos y gente de bien, ¿por lo tanto el resto de los mortales estábamos condenados a las llamas del infierno? Se notaba en mis lecturas de viejos libros de hojas amarillentas y cagadas de bichos que la inevitable censura había coronado las excelencias de gente poderosa que gobernaban al pueblo con las consignas de la bota sobre el cuello ¡¡si piensas distinto eres un rojo!!

Si me remonto a la niñez en el colegio durante tres años residiendo en Madrid me veo formando filas antes de la entrada en el aula brazo derecho en alto y cantando el cara al sol vigilado por un maestro con una regla de madera con la que golpeaba a cualquier niño que no pusiera énfasis y voluntad en cantar o estar firme, acabado el acto nos daban un botellín de leche con tapa de aluminio cortesía del gobierno del general Franco, un cuadro que siempre figuraba en cualquier colegio al lado de un gran Cristo crucificado en notable gesto de dolor en la cruz.

Soy consciente del riesgo al exponer una vida sin rumbo en la que cualquier lector iluminado de profundas creencias y convicciones políticas pondrá su etiqueta radical para opinar de forma liberal y airada sintiendo la ofensa o incluso el estupor por lo escrito en estas líneas, pena, esa es mi sensación por tantas mentes supuestamente bien dotadas en una u otra facción radical y extremista por sus creencias sectarias, en palabras dignas de respeto, a la mierda, si no viviste una historia ahórrate comentarios que me hagan perder el tiempo. Quizás sea el haber disfrutado de una parte de la historia lo que me convierte reacio a participar en coloquios de índole política para declinar la balanza de tu propia conciencia en uno u otro bando, lo siento, me dedico a vivir y nunca he conseguido beneficio alguno por sentirme arropado bajo ninguna consigna de lucha o amparado por religión salvadora, en este último aspecto no me considero ateo mi forma de pensar en los casos de apuro es encomendarme a quien rige en nuestro corazón el camino correcto para actuar, el no agredir al prójimo como el intento de no ofender gratuitamente es una forma quizás cobarde pero efectiva de evitar agravios innecesarios para vivir en paz.

Con el transcurso del tiempo me he dado cuenta en base a mi experiencia que  el duelo por retar a un contrario se encuentra en la entrevista personal para conseguir tus propósitos, en cualquier lucha es importante conocer las debilidades de tu oponente con la sencilla observación de sus gestos corporales, esa fue quizás una de las lecturas que me causó mayor impresión, primero conocer mis puntos fuertes reforzando los débiles para afrontar entrevistas personales en el cuerpo a cuerpo, entiendan que tan solo hablo de dialéctica, aborrezco el uso de la fuerza en contra el raciocinio del intelecto.

Mi padre con gesto adusto me mira fijamente y me pregunta si estoy seguro y preparado, costumbre también anexa de aliviar mi vejiga en mear o en depositar los excedentes corporales antes de vernos en la calle para evitar apretones incómodos que nos hagan perder el tiempo en las gestiones previas a mi partida, momento de visitar a un ilustre notario para redactar el documento de patria potestad, al ser un menor de edad requisito fundamental de autorización paterna para mi libertad condicional de viajar al extranjero previo pago al viejito encargado de tal dispendio documental e ilustre. Al día siguiente me voy con la cabeza llena de sueños al edificio donde me vacunarán contra todo tipo de enfermedades selváticas, vacunas contra la malaria, tifus, cólera etc, previamente ya me había informado de los efectos secundarios de estas vacunas por lo que nada más salir unos buenos restregones con medio limón y al carajo, no me daba la gana de sufrir fiebres y malestar por los futuros peligros a mi llegada a tierras venezolanas.

La partida fue sencilla y sin lágrimas sentidas, sobre mis hombros la carga de la responsabilidad sobre mis actos y las dudas por una aventura en todos sus aspectos, me proponía disfrutar de todo lo que viera y siempre en mi pensamiento las advertencias de mi madre, ¿llevas los calzoncillos limpios? Joer, las previsiones por si me daba una fatiga y no me vieran los médicos en semejante trance, revisión de todo lo necesario con un inventario de posibles y por si acasos, costumbre que me ha durado toda la vida en preparar cualquier objeto útil en un viaje por corto que fuera, la disciplina personal era requisito fundamental para no verme en algún trance de difícil solución, memorizar el contenido de bolsillos y saberme preparado para cualquier contingencia, el dinero bien seguro y atento a todo el que se encontrara cerca con cara de sospechoso.

¿Recuerdan la consigna de vuestros padres antes de salir? Si alguien les ofrece un caramelo,¡¡cuidado!! Nunca lo acepten, en la calle siempre había un hombre del saco para llevarse a los niños malos, idioteces, siempre he sido un sinvergüenza y nadie me llevó nunca en un saco. Ya en el avión me impresionó sus dimensiones y la gran cantidad de gente que tragaba en su interior, busqué un sitio al lado de la ventanilla para poder contemplar la sensación de abandonar mi vida anterior dejando la isla no con cierto desconsuelo y temor por lo que me esperaba a la llegada a mi destino.

El viaje un tormento, ocho horas de aire acondicionado, sueño y desvelo por si oigo que el avión tiene problemas con tantas horas de vuelo, neurótico por el entorno del encierro y moquillo líquido efecto de permanecer congelado dentro de esta nevera, la gente por lo visto sudan solo con pensar quizás producto del miedo a volar o por razones de la edad, cuando por fin llegamos aplausos ensordecedores, miro a los pasajeros con cara de asombrado, ¡¡coño!! Hemos llegado sanos y salvos, así es la gente, un respiro por estar vivos. Olores a colonias apestosas de toallitas de mano, costumbre lógica al llegar para recibir a quien te espere con aromas delicados que escondan sudores de fatiga e incluso flojeras estomacales causadas por el miedo al sentirte cagado. Se abre la puerta del avión y primera bofetada en la cara y olfato por el calor espeso y olores de gasolina y derivados, así huele Venezuela, potencia mundial en producción de petróleo y temperaturas de cuarenta grados en un ambiente húmedo y pegajoso, un aroma característico de cada lugar nuevo que visitaba y tan difícil de olvidar. Recuerdo que me dormí quizás un instante dentro del avión y al despertar no podía quitarme de la cabeza un nombre, Aurora, no lo entiendo, no conozco a nadie con ese nombre y por mucho que lo pienso no le encuentro significado, sonrío al pensar se trate de alguna película de Disney con nombre de princesa de cuento. No es la primera vez que en mi cabeza danzan los fantasmas, en ocasiones me vienen flases con mensajes posiblemente imbuidos por una mentalidad peliculera o abducida por lecturas inquietantes, como siempre procuro crear una barrera de olvido.

Aturdido, nervioso y fatigado llego en la noche donde todos los espectros salen a burlarse, procuro establecer una visión general de todo lo que veo absorbiendo y analizando por donde tengo que encaminarme espabilar para recoger el equipaje y buscar a quien supuestamente vendrá a recogerme. Controles, cacheos, revisiones, preguntas, pasaporte, documentación y todo tipo de incomodidades para pasar el control policial antes de entrar al país, a diferencia de otros aeropuertos el de Maiquetía ya me daba una pista del peligro americano, la policía armada hasta los dientes portaban metralletas, casco y chalecos anti balas, tipos con cara de pocos amigos, corpulentos y grandotes, me siento como una mierdecilla insignificante, si tienes todo en regla vale, pasas y ni siquiera te miran con atención hay mucho jaleo y mejor ligerito por si acaso.

No es bueno fantasear con lo desconocido ya que las sorpresas no acaban de llenar tus propias expectativas, para bien y para mal, un señor bajito, muy moreno, limpio como un pincel, botas brillantes y pantalón por encima de la cintura de notable empaque presencial, me da la impresión que antes de salir de casa su esposa o incluso su madre lo remató con la típica escupitina para arreglar los pelillos rebeldes de su brillante pelo azabache, un bigotito muy recortado enmarcando una sonrisa de bienvenida luciendo un diente de oro en su boquita de piñón.

Suspiro arrastrando el equipaje mientras se presenta como el chófer de mi tío, amablemente quizás al quedarme tanto tiempo observándolo me recoge las maleta y me indica que le acompañe al coche ( en realidad lo llaman carro), evitaré en lo posible modos y formas de lenguaje que quizás como yo me causaban sorpresa y desconcierto, algunas palabras en castellano tienen distinto significado en este país por lo que evito hablar mucho y escuchar atentamente para evitar meter la pata con este peculiar personaje. Al llegar al coche me asombra su longitud y tamaño, se parece a un lujoso yate pero con ruedas claro, aquí todo es a lo grande chamo (chaval) ya te acostumbrarás a esta vida para disfrutarla, ya de camino por la autopista panamericana no dejaba de mirar distraído la amplitud de la carretera, hasta ocho carriles repletos de coches a cada cual más lujoso y típicamente americano como en las películas en blanco y negro que tanto me gustaban de la televisión.

sábado, 15 de septiembre de 2012

CAPITULO LVI, 1977


                                                           CAPITULO LVI

                                                                     1977

 

 

 

 

            Todo lo relatado anteriormente carecería de significado de no saber de sus orígenes o en la revelación por las vivencias de este monje hace más de cuatrocientos años, mi nombre, quien intentará dar algo de luz a esta narración carece de importancia para no contaminar su propia esencia basada en una historia real.

            Por ello permitidme comenzar por unos hechos en ocasiones disfrazados para evitar involucrar a tantas personas desconocedores de unas vivencias que aún hoy pienso no son normales a pesar de creer en fenómenos tan actuales como la luz eléctrica o la comunicación a través del teléfono junto con grandes avances del intelecto en beneficio para la humanidad. Nos situamos en el año 1977, resido en la isla de Gran Canaria, soy un joven adolescente preocupado por encajar en el futuro laboral como cualquier españolito de a pie, de origen humilde, mis padres como en tantos hogares de la época se dedican a sobrevivir unos años difíciles con una nueva España demócrata a la desaparición dictatorial del Generalísimo Franco, en mi época de estudiante que sin tener mucha idea de su significado histórico si representaba la virilidad de cualquier macho bien nacido para correr delante de los grises sin ser alcanzado por sus porras y pelotas de goma en las manifestaciones callejeras salvándonos del tedio en la aulas del instituto con las matemáticas, física y química o ciencias políticas en las que destacaba por marear a un muerto con mi cháchara fulminante, las mejores notas en trabajos manuales (no sean mal pensados) asignatura de arte.

 Amigo de mis amigos siempre destacaba por inventar cualquier perrería para reírnos de todo, cualquier fiestita popular para insultar a los maderos haciendo pellas y pasándolo en grande con tamañas proezas demostrando la hombría y el coraje ante los desafíos contra la policía anti disturbios delante de los colegas. Pero no es mi intención hablar de la política que respiro estos años, la incertidumbre por lo que pueda pasar en una España que camina con muletas sin pisar con firmeza en Europa y en el mundo.

Quien sabe lo que nos espera en los años venideros, hora de plantearse que va a ser de mi vida para ser productivo en la sociedad, con diecisiete años me planteo dos caminos de futuro, no continuaré estudiando por motivos económicos y tengo una cuenta pendiente con el servicio militar obligatorio por lo que no me quedará otra opción que perder un año de mi vida y mi libertad para cumplir con mi deber patriótico, según escuchaba en las conversaciones de los mayores los españoles solo saben caminar a base de hostias y si se les daba cuerda se escapaban de las manos, hoy, cuando escribo estos recuerdos cualquiera puede pensar qué clase de personas vivían en aquella época, seguramente habría de todo pero den gracias a Dios con la ventaja que hoy podemos y tenemos libertad de expresión para escandalizar incluso a la ya fallecida Pasionaria. 

Mientras me planteo el dilema haciendo de tripas corazón abandono mis clases de dibujo y pintura en la academia de Bellas Artes, la destreza con lápices, rotring y acuarelas o pinturas son la herencia paterna junto con el amor incondicional por la lectura, mi padre y yo compartíamos una buena amistad con la facilidad de su buen carácter siempre optimista, muy serio en sus obligaciones como teniente del ejército del aire pero un cachondo mental cada vez que estábamos juntos para encontrar cualquier motivo para reírnos y conocernos mejor. De mi madre es otro capítulo más triste en su esencia, siempre la conocí enferma con lo que su carácter era más serio sin menoscabar en su amor y dedicación por mí y la mano dura en una educación propia de la época en la que el respeto y tener la cabeza sobre los hombros predominaba ante todo, cualquier taco de cualquier color estaba expresamente prohibido en casa, mis hermanas y yo lo teníamos como un acuerdo tácito como costumbre de ley interna.

Recuerdo la frase manida con la que todos los familiares o amigos de nuestros progenitores nos avasallaban después de besuquearte los cachetes de babas o picores de barbas sin afeitar siendo niños invadiendo el olfato con colonias rancias y perfumes after shave con la siguiente pregunta ¿Y de mayor qué quieres ser? Valientes gilipollas, mirando atrás te das cuenta del protocolo en las preguntas para quedar bien y romper el hielo para saber de ti ¿acaso les importaba saberlo? Efectivamente…una mierda, cada uno se preocupaba de lo suyo y los niños de la época todavía éramos (algunos) tan simples como para decir, piloto, maestro, astronauta, futbolista y algunas memeces parecidas también producto de la ignorancia y del propio argumento aprendido para evitar preguntas estúpidas, me traes alguna golosina o juguete porque de no ser así me aburres, era lo que pensábamos casi siempre, lo bueno era que cuando se marchaban las visitas había que ser rápido para arrasar con las sobras del picoteo, aceitunitas rellenas, buen chorizo, papas fritas (patatas en España) y golosinas poco vistas en tiempos de crisis, caramelos que se pegaban en las muelas con la sospecha de no poder abrir la boca durante horas mientras quedabas dolorido con el esfuerzo en los maxilares.

Tiempos de juventud en los que acudía a un gimnasio de culturismo para poder descargar la adrenalina contenida en la revolución de convertirme en un hombrecito, feíto como el carajo pero con voluntad para intentar cambiar, tan solo duré unos meses, a pesar de gustarme y hacerme sentir bien me costaba mucho tan arduo sacrificio cuando el tiempo prefería dedicarlo a descubrir otras pasiones, efectivamente, mujeres, un apasionante mundo de intrigas, sufrimientos, amores de novela siendo protagonista como héroe rescatado en brazos de damiselas ardientes, bueno sencillamente ganas de desahogo viril en palabras vulgares.

 A pesar de la intriga en estas últimas frases siento decepcionar a todo aquel lector que espere a continuar con hazañas y fracasos con protagonista el sexo, no, por aquí no entro, todos tenemos secretos y ese capítulo quedará censurado con el fin de evitar que me señalen con el dedo, asunto jodido, siento decirlo, años aquellos de novelas de Corín Tellado con amores tan ramplones que me provocan arcadas, mariconadas, es la expresión popular heredada del macho ibérico español, según me contaba mi padre, liberal para sus años a pesar de ejercer carrera militar vivíamos una España en la que hasta hacía poco tiempo las cárceles estaban llenas de rojos, indeseables y los de la cascara amarga (homosexuales) conversaciones en las vueltas de la vida en la que me contaba de su propia infancia, sus carencias, hambre, sufrimiento y pena por su propio padre, mi abuelo, fusilado por rojo en la guerra, quedando él y sus hermanos huérfanos a temprana edad, la necesidad y el hambre obligan a los hombres a emprender carrera incluso contra natura cuando existe afortunadamente algo inviolable en nuestra conciencia, nunca se acaba de conocer a las personas y sé que incluso mi padre guardaba celosamente en su corazón secretos que jamás contó de su propia vida.

 Tanto él como mi madre inculcaron en mi el coraje por vivir sin por ello afectar a quienes nos rodeaban, pasados los años entiendo muchas cosas siendo esposo y padre de dos hijos maravillosos a los que intentaré dejarle como legado los valores con los que humildemente he triunfado en la vida, no, económicamente no, la felicidad y la armonía familiar son mucho más difíciles de conseguir y tan solo la experiencia en errores y fracasos nos quitan la venda de los ojos para continuar en el empeño por conseguir nuestros sueños.

Vale, entiendo, me voy por las ramas, paciencia amigo lector, hablo de mi vida y tan solo te pido paciencia, no te voy a relatar cuatrocientos años de historia como en los capítulos anteriores, hablo mucho pero todo tiene límites y no quiero aburrir a nadie, recuerdo un sábado como otro cualquiera la visita de un familiar para proponerme ir a trabajar a su empresa, me formaría, cuidaría y facilitaría las mejores condiciones para labrarme un futuro en el imperio de los poderosos, trabajo si límite de tiempo, dedicación total, voluntad de hierro y ambición por el progreso, el mundo era muy grande y tenía que conocerlo, Venezuela me esperaba con los brazos abiertos si renunciaba a las comodidades, a ser un don nadie y a sacrificar mi propia juventud lejos del amparo de mis padres para convertirme en un hombre aventurero como acto de fe.

La pregunta fue tan breve como la inmediata respuesta por mi parte, por supuesto que aceptaba, como suelen decir los cursis el tren de la vida pasa solo una vez y había hecho una parada delante de mí y tan solo de mi dependía el poder respirar otros aires para vislumbrar un nuevo futuro en un país del que no conocía absolutamente nada, en mis años mozos la geografía me daba igual y era una verdadera tortura memorizar ríos, cordilleras, capitales y demás zarandajas, un puñetero aburrimiento cuando mi cabeza estaba en otros lugares e incluso en otros brazos, los sueños de un joven que con poco tiempo empezaría a ver el lado oscuro de la vida.

CAPITULO LV, Swasti


                                                       CAPITULO LV

                                                               Swasti

                                        

 

 

            Cuando abandoné a mis amigos en Jerusalén tuve uno de los episodios más violentos que recordaba, sueños en los que podía contemplar los horrores del hombre disfrazado con la piel negra del lobo asesino de los rebaños de ovejas mansas, unas escenas tan atroces y de tal crueldad que quedaron grabadas en mi cabeza a punto de estallar, al recordarlo mi alma se esconde y encoje como una fruta seca expuesta al implacable sol del verano agotando hasta la última lágrima que mi afligido espíritu era capaz de soportar y ahora contemplaba atónito en la cima del mundo una construcción típica de esta región montañosa con un símbolo desvelado en mis terrores ocultos, un templo dedicado a una religión seguida por miles de almas ansiosas de paz y unión con los poderes del cielo, ¿entonces que hacía ese símbolo tallado en el frontal de uno de sus templos?, tan solo yo conocía de su existencia, nunca anteriormente lo había visto en lugar alguno, ¿era una señal enviada por Satanás? ¿Acaso se burlaba de un discípulo cristiano? ¿Cuál era el motivo oculto en una señal mensajera de muerte?

            Un símbolo con forma de cruz, en su travesaño superior desviada a la derecha con igual tamaño y proporción de línea recta, la línea que cruza por el centro derecha desviada hacia abajo con otra línea recta, la base de la cruz desviada hacia la izquierda con otra línea y finalmente la traviesa en su lado izquierdo con una línea ascendente.

            Yo la vi en mis sueños con total nitidez en banderas rojas ondeando al viento con este símbolo en el centro en color negro dentro de un círculo blanco, también recordaba estandartes coronados con un águila, monumentos e incluso piezas de metal en las extrañas ropas con las que se identificaban los lobos asesinos. El anciano que ahora me acompañaba intentaba empujarme por la cintura para que avanzara en acompañarlo hasta una estancia techada con maderas oscuras de maderas exóticas, los suelos también de madera brillantes como piedras húmedas del rio, tapices de colores decoraban un espacio con capacidad para cientos de personas, mis ojos no paraban de observar maravillado todo lo que veía a mi alrededor notando un sutil aroma de cenizas perfumadas como si me encontrara en un jardín de flores primaverales, todo era extraño para mí, el oro cubría una estatua de Budhha sentado con piernas cruzadas y otorgando con el suave gesto de sus manos las dichas celestiales, de pronto recordé con una sacudida por saber de la salud de los niños que me acompañaban, el anciano a pesar de ser tan pequeño logró sujetarme del brazo con una fuerza que dentro de mi sorpresa me obligó a mirarlo asombrado, estábamos solos y en mi cabeza confusa todo me daba vueltas aturdido y asustado, intenté soltarme pensando en mi equivocación al sentirme preso en un recinto del que nada sabía, después de estos últimos esfuerzos tan solo recuerdo que el anciano presionó con sus dedos alguna zona de mi cuello y la negrura del abismo me cubrió en la inconsciencia.

            Ruego os calméis Pedro, estabais muy nervioso y por vuestra seguridad me vi obligado a buscar la calma por vuestra ansiedad desmedida, no entiendo de vuestra inquietud, estáis en lugar seguro al amparo de peligros exteriores, me imagino de dudas y preguntas que os atormentan vuestro aura así lo indica, un momento, alcé mi mano para interrumpir, ¿aura? El aura es la fuente de energía que todos tenemos desde el día de nuestro nacimiento hasta encontrar el final de nuestra vida, en un reflejo  esencial para el conocimiento de nuestro ser e instrumento para medir nuestro estado emocional causado por experiencias en nuestro entorno ¿acaso es el exterior de nuestra alma? Pregunté, para la mentalidad occidental es posible interpretarla de esa forma, respondió el anciano con lentitud de maestro, a su vez me preguntó ¿habéis contemplado los cuadros de los grandes pintores de vuestro Señor Jesucristo? La pregunta me extrañó por pensar como sabía el anciano de arte pictórico, afirmé con la cabeza en respuesta, pues bien Pedro, las coronas de luz reflejo de santidad son el aura de quienes son grandes guías de luz en el mundo.

            ¿Por qué ese símbolo en lo alto del templo? Pregunté, ¿os referís al swasti? Es un símbolo antiguo de tiempos remotos adoptado por muchas culturas a través de distintas razas y regiones del mundo, cada vez que escuchaba sus explicaciones me preguntaba como sabia tanto, en nuestra tierra es un saludo heredado de la raza hindú, es una forma de deseo del bien y la salud, también se puede interpretar como la rueda de la vida alrededor del sol representando en su movimiento los cuatro poderes de la naturaleza, el aire, el fuego, el agua y nuestra amada madre tierra.

            Entiendo de vuestras tribulaciones y miedos amigo cristiano, pero ahora tenéis que descansar y reponer fuerzas, vuestra entereza y constancia han sido la recompensa para poder acceder a nuestro templo, hablaremos con calma para satisfacer vuestra curiosidad, aquí el tiempo carece de importancia y por fin habéis llegado después de un viaje tan largo y agotador, con esta afirmación creció mi interés por seguir preguntando como sabia tanto sobre mí a lo que el anciano contestó a la vez que sonreía haciéndome sentir aun más si cabe avergonzado por mi ignorancia y admirándolo por su astucia y sabiduría, quienes somos ahora es el resultado de las condiciones de vida de nuestro pasado, lo que seremos en el futuro estará determinado por las condiciones del presente.

            Esta premisa de vida nos permite a través de los cambios establecer una ventana abierta a la creatividad para desarrollar a través de las experiencias nuevas vidas en busca de la perfección espiritual, escuchaba atentamente a este hombre rememorando con distintas palabras una lección impuesta en mis orígenes jesuitas no distante de la esencia cristiana de evolución personal al servicio de nuestros semejantes, aprovechar los instantes de nuestras vidas en cambios que ofrezcan infinitas posibilidades para cambiar el rumbo de nuestros caminos, me quedé pensando en silencio mientras el monje se inclinaba como gesto de respeto y saludo con sus manos unidas inclinando su cuerpo, empezaba a darme cuenta de los paralelismos en mi propia vida, de los múltiples cambios sufridos en mi cuerpo y en mi mente a través de tantos años de elegir distintos caminos, algunos de sufrimiento y otros con maravillosas experiencias con la suerte de seguir vivo ¿y con qué resultado? Aprender de todo lo posible aceptando los fracasos como nuevas oportunidades para continuar aprendiendo sin aceptar el círculo en el que nuestros actos carentes de razonamiento nos hagan llegar siempre al mismo punto de partida aplicando la voluntad para comenzar nuevos inicios hacia el conocimiento.

            Mientras escribo en silencio rememoro aquel día hace casi siete años, recuerdo que fui uno de los elegidos para permanecer en esta comunidad donde por fin he podido conseguir la paz de mis tormentos, al principio me costó habituarme a las severas normas de convivencia, teníamos que ir descalzos en casi todas las estancias dedicadas al ritual de oración, unos cilindros situados en las paredes del templo principal giraban incesantes mientras sentados en el suelo recitábamos mantras sagrados en una nube de incienso que llenaba mi cuerpo de extrañas sensaciones de bienestar, casi siete años aprendiendo su lenguaje y escritura abriendo mi mente a sensaciones ahora capaces de controlar con la meditación y el silencio, tiempo para conocer el poder oculto de mi cuerpo como un santuario en el que mi alma duerme para revelarse en perfecta simbiosis a ejercicios controlados por mi maestro y guía en descubrir los secretos más allá de lo comprensible, por primera vez en años soy capaz de dominar mi alma en el momento de viajar fuera de mi cuerpo a través de visiones mientras mi corazón late en un ritmo lento dominando lo físico en perfecta armonía con el enigmático plano espiritual de mi propia naturaleza humana, tiempo en el que con ayuda empiezo a entender episodios ya vividos y otros desconocidos pero de profundo conocimiento.

            Por primera vez creo prudente no relatar por escrito unas enseñanzas a las que he prometido no revelar en documento escrito, mi maestro insiste que el mundo no esta preparado para la iluminación espiritual, abocados a la destrucción de las leyes de la naturaleza todo volverá a la perfecta armonía después del caos de la destrucción en el futuro. Para mi sorpresa se que no soy el único que padece de episodios de locura con pesadillas agotadoras, en este lugar y en diferentes planos de aprendizaje y evolución se encuentran otros con el mismo padecer, cuando llegué a este lugar nada me hacía suponer la cantidad de gente que moraban en los múltiples edificios dispuestos de forma escalonada sobre la cima de esta montaña, estancias que no conozco por no tener la experiencia suficiente en los secretos de antiguas enseñanzas para poder compartirlas y menos entenderlas. Cada cierto tiempo veo a tras una pequeña ventana orientada a los valles la peregrinación de cientos de discípulos que se acercan al templo, sonrío al recordar cuando me invadía el temor por pensar que aquí vivía un dragón de fuego, todo resultó una fantasía hecha leyenda popular al caminar por las noches tanta gente portando antorchas escalando de uno en uno por las faldas de la montaña.

            Meses posteriores de mi llegada confesé ser el portador de una joya que llegó a mí a través de un rayo siendo un niño, muy pocas veces la habían podido contemplar otras personas para decirme de su significado, unas letras gravadas en una superficie de color azul con forma ovalada revelaban que su origen procedía de tierras de oriente, un misterio al que no encontraba relación conmigo desconocedor de un país llamado China. Sentado frente a la comunidad de sabios del templo me sudan las manos nervioso por lo que escucho de sus labios, con calma midiendo las palabras me revelan una historia inimaginable en mi mente, reo de muerte por la cristiandad por su causa, perseguido por los verdugos de La Santa Inquisición desfallezco al saber del poder de un objeto tan peligroso y revelador, he tenido en mis manos durante toda la vida quizás lo que pudiera interpretarse como una nueva religión creada por el hombre, el calendario cristiano me sitúa hoy en el año de Nuestro Señor de 1555.

                                                          

viernes, 14 de septiembre de 2012

CAPITULO LIV, La señal.


 

       

           

                                                           CAPITULO LIV

                                                                  La señal

 

           

 

 

 

            En la inmensa sabiduría de Dios en la que creó al hombre con una de las grandes diferencias con relación al resto de los animales, la facilidad de la sonrisa como un lenguaje universal carente de voz, tan solo un gesto para dar a entender a tu prójimo el beneplácito por saber de tu acercamiento al entendimiento mutuo, ver a tantos muchachos jóvenes acampar a pie del muro del templo no dejaba de sorprenderme por el saber de su espera, busqué un lugar apartado donde poder descansar con la proximidad de la noche evitando con ello entrometerme en sus costumbres, contemplaba un cielo sembrado de miles de estrellas con diferentes intensidades de luz, parpadeos de quizás ángeles del cielo protegiendo vigilantes el sueño de tantas almas con problemas y dudas existenciales, hoy, en la tranquilidad de mi soledad y con el cansancio de una jornada de tantas sorpresas me fui abandonando hasta quedar sumido en un sueño que me llevó hasta los recuerdos de mis padres y mis hermanos en lugares tan lejanos como mi memoria casi no recordaba. Me vi rezando sin pronunciar palabra alguna, a pesar de mi natural necesidad de escuchar mi propia voz el instinto por los tantos años de saberme mudo continuaba como costumbre encomendarme a Dios rogando por guiarme en mis pasos.

            A la mañana siguiente me sentía descansado y feliz, necesitaba recuperarme física y mentalmente para saber de mi propósito en aquel lugar, pasaban los días sin cambio alguno, la gran puerta de color rojo que daba acceso al interior del templo permanecía cerrada sin cambios a pesar del tiempo de espera de todos los que allí nos encontrábamos, al principio me dedicaba a dar pequeños paseos con la finalidad de mantener mis músculos activos, la escritura y el dibujo llenaban el tiempo de ocio tan solo interrumpido por los frugales alimentos que llevaba, no había forma de abandonar aquel lugar si no era bajando por los acantilados e internarse en el bosque, una idea que descarté recordando los peligros por tamaña hazaña, el tiempo había cambiado notablemente con episodios de lluvia incesante y nieve acompañada de vientos gélidos capaces de arrancar pequeños arbustos.

            Con el transcurso de los días empecé a darme cuenta en que faltaban niños y jóvenes que siempre veía ocupados a cierta distancia de donde me encontraba, supuse que los rigores del clima y quizás la falta de alimentos para aguantar en aquella espera habían conseguido mermar sus voluntades para finalmente abandonar quebrando sus fuerzas, comenzaba a sentir mis propias dudas por continuar con un sufrimiento que pudiera tratarse de una quimera, me preguntaba por la posibilidad de que nunca se abriera aquella puerta y falleciera a causa del frío y el hambre en aquel lugar tan apartado de la civilización.

            Ya había pasado una semana desde mi llegada, tan solo quedaban dos niños y un adulto que calculo era de mi edad, sabiendo de nuestra desgracia decidimos por señas intentar permanecer juntos en un grupo unido en nuestros temores ocultos, con grandes dificultades nos turnábamos para recorrer grandes distancias en busca de ramas y vegetación para mantener vivo un fuego sobre piedras redondeadas que mantuvieran el calor durante más  tiempo durante las primeras horas de la noche en la que el intenso frío empezaba a causar los primeros síntomas preocupantes en nuestro cuerpo. Una mañana en la que desperté con intensos dolores en los pies contemplé como la piel se había tornado de un color azulado, inmediatamente intente a duras penas y con intenso dolor intentar caminar masajeando con fuerza para recobrar la circulación de la sangre, a partir de aquel día procuraba mantenerme activo haciendo ejercicio regularmente para evitar lo que llamaban la muerte dulce causada por el agotamiento físico y la incapacidad de la mente por luchar contra la congelación.

            Nuestra situación empeoraba con el transcurso del tiempo, los víveres eran cada vez más escasos por lo que tan solo subsistíamos derritiendo nieve en una cazuela para racionar té caliente y poder combatir el intenso frío, las fuerzas nos abandonaban e incluso rondaba por mi cabeza la idea de no continuar en aquel lugar pero ya no había salida posible, los caminos se habían vuelto intransitables, apenas se podía ver unos pocos pasos por delante y la niebla envolvía todo con un velo siniestro sellando nuestro destino final. Mi estado de ánimo sin querer retrocedió al recordar una escena que viví tiempo atrás mientras me acercaba al lugar donde me encuentro, había preferido bloquear este recuerdo por la fuerte impresión que me había causado pero ahora me invadía el pesimismo y nuevamente el miedo volvía a visitarme.

            El ser humano desde que nace está predestinado a su destino final para encontrarse finalmente con la temida muerte pero existen diferencias en las que la dignidad, la cultura, la religión o las circunstancias que rodean un siniestro final se pueden ver alteradas según por quienes la ven con distinta percepción sintiendo por ello  dolor,  rabia, frustración, abandono o incluso indiferencia.

            Cuando dejé atrás la escultura de Buddha me acerqué a un campesino con un pequeño caballo no muy lejos de mi camino, me acerqué a él tan solo para saludarlo por la curiosidad de verlo caminar con su caballo a través de un terreno yermo y estéril, ya a su lado me di cuenta que sobre el caballo transportaba lo que parecía un cadáver. Sin perder la sonrisa el campesino me hizo gestos señalando al cielo lo que me pareció suficiente para entender que efectivamente se trataba de algún familiar o amigo y se disponía a darle sepultura. Me pareció mi deber de cristiano acompañar a aquel hombre en silencio para que no se sintiera tan solo en aquellos parajes y a la vez era un motivo de curiosidad por saber si cerca se encontraba algún camposanto. A lo largo de mi vida he sido testigo de todo tipo de muertes, cruentas por la violencia del hombre contra su prójimo como por enfermedades naturales y en cualquiera de los casos no me impresionaba ninguna de ellas, me habían educado para no temer por las almas que Dios reclamaba, intentaba curar sus heridas y de no poder salvarlos encomendaba sus almas con rezos y oraciones piadosas sabedor que en tránsito hasta llegar a Dios Padre se acababan sus aflicciones en esta tierra.

            Habíamos caminado en silencio un largo trecho cuando el campesino observa detenidamente el cielo y decide que donde este era el lugar indicado. Imaginaba que traería alguna pala o alguna herramienta con la que pudiera cavar una tumba, pero nada más lejos de la realidad, con señales me dice que me agache e intente levantar algo de tierra del suelo, era imposible, el terreno era duro, compacto y casi congelado por lo que aumentaba mi curiosidad por saber de su próxima acción.

            A poca distancia de donde estábamos se encontraba una estaca clavada en el duro suelo, hasta allí descabalgó al fallecido estirándolo a lo largo y atando sus brazos a la estaca del suelo, seguidamente sacó de una funda de piel un machete con lo que por prudencia y desconocimiento logró que me apartara a una distancia prudencial y poder continuar observando. El estomago se me revuelve al recordar, el campesino agachado sobre el difunto comenzó a cortar la piel del cadáver con una destreza propia de un carnicero, no logre ver en su rostro atisbo alguno de dolor o pena por una acción tan humillante y bárbara, lo hacía de forma natural sin dudar en ningún momento. La carnicería duró poco tiempo y acto seguido volvió a enfundar el machete y se dispuso a reunirse conmigo, permanecimos en silencio observando el desierto horizonte a la espera de una bandada de enormes aves que se abalanzaron raudas a celebrar su macabro festín, el campesino con una sonrisa me señalaba el cielo, eso era lo que intentaba explicarme, el cuerpo es tan solo un envoltorio, las aves subsistían de la muerte de los hombres y supuestamente para su cultura el alma quedaría liberada hasta alcanzar la gloria en otra vida.

            Abandoné aquel lugar acongojado y triste después de vomitar con fuertes arcadas, la cabeza me zumbaba mareado y confuso, tan solo llegué a recuperarme al comparar un enterramiento cristiano ¿acaso existía diferencia en que gusanos o buitres comieran a los fallecidos? Desconozco la respuesta pero estamos atados mentalmente a no entender todo lo que este fuera de nuestra educación, había sido testigo de un funeral tibetano y ello en mi situación actual en compañía de dos niños y un adulto con los que no podía entenderme complicaban mi estado mental, sin querer me abandonaba a la voluntad de los acontecimientos en la paz de verme morir carente de fuerza por luchar en mantenerme despierto y alerta. Contemplaba a los niños sentados sobre el frío suelo con las piernas cruzadas, ojos cerrados y brazos en reposo sobre sus regazos, extraña forma de contemplar la llegada del mundo de las sombras con una expresión en sus rostros de armonía con una naturaleza implacable que nos robaría la vida sin apenas movimientos, quizás la esencia de Buddha germinara en sus corazones como una muestra del abandono del espíritu de los hombres buenos.

            En sueños escuchaba una voz que me resultaba vagamente familiar, a abrir los ojos sentía como palmeaban mi rostro a la vez que un anciano sonreía con rostro burlón, bienvenido Pedro, te esperábamos, no podía creerlo, me encontraba a las puertas del templo y quien me hablaba con dulzura era el misterioso anciano de las hierbas. Con infinita paciencia cargué en mis brazos a uno de los niños que inerte y desmadejado dejaba sus brazos caer fláccidos sin fuerzas vitales, inmediatamente acudieron a socorrernos otros monjes para procurarnos atención médica y alimentos, traspasábamos el umbral a otro mundo pero al mirar a lo alto de uno de los templos el pánico palideció mi rostro paralizando mi cuerpo, una señal, quizás la señal que no esperaba contemplar en aquel lugar paradisiaco aparecía ante mí y mientras en mi cabeza notaba un zumbido como lúgubre presagio a una nueva pesadilla oculta en mi memoria como funesta sombra cargada de lágrimas y muerte de seres inocentes.   

lunes, 10 de septiembre de 2012

CAPITULO LIII, Buddha.


 
                                                                         CAPITULO LIII
                                                                     Buddha
                 

 
 
 

Ya me habían advertido del peligro por emprender la marcha en la subida a la montaña sagrada, me obsequiaron con unas cintas de colores que ataron de mi muñeca para protegerme de los espíritus malignos del bosque, pronunciaron palabras de las que a modo de oración sonaban en mis oídos como un murmullo musical sin entender nada de lo que decían, en mi cuello colgaron un cordón con piezas redondas de madera, en ocasiones siendo joven aprendí los misterios del rosario católico llamado así por ofrecerle a la Virgen María en las oraciones las rosas que nos regala la naturaleza, éste acto devoto se realizaba en el recogimiento de la oración al recorrer los veinte misterios de la vida. La diferencia de mi nuevo collar era que se componía de noventa y nueve cuentas, le llaman Tasbih, al deslizar las cuentas entre los dedos pronuncian en silencio venerando todos los nombres sagrados de su Dios Alláh, todo aquel musulmán que conozca los diferentes nombres de su profeta podrá entrar en el paraíso. Pensaba y escribía el árabe, entendía una parte de sus costumbres, Dios tenía muchos nombres por lo que no creía con ello traicionar mi propia religión, si quería continuar aprendiendo tendría que adaptarme a ideas distintas.

Emprendí la subida de la montaña antes de amanecer, no era conveniente que me sorprendiera la noche sin saber orientarme sintiendo la inquietud por lo que supuestamente había visto aquella noche, a pesar de mis temores sentía la necesidad de escalar aquella montaña, quizás si existía un monstruo no sería con el sol cuando apareciera, sabia por rumores en el poblado que aquellas cimas escondían cuevas en las zonas más inaccesibles para el hombre por lo que armado de voluntad y por la curiosidad hincaba mi báculo golpeándolo sobre el terreno con la esperanza de que me diera el valor para continuar el ascenso y con ello evitar los precipicios que cada vez eran más escarpados y peligrosos, a medida que subía la fatiga hacía mella en mi cuerpo, la temperatura había cambiado hasta sentir el aire frio en mis extremidades como cuchillos afilados, las rocas se habían vuelto traicioneras por la humedad del ambiente, el aire pesado y espeso dificultaba mi ascenso obligándome a descansar hasta que mi cuerpo dejara de agitarse preso de la fatiga y el cansancio, Desde lo alto contemplaba un inmenso mar de nubes y en ocasiones dejaban translucir las enormes extensiones de terreno que con distintos matices de colores pardos y verdes parecían un cuadro en continuo movimiento.

Era entrada la tarde cuando tras avanzar entre arboles y vegetación llegué a la cima para ver a cierta distancia el contorno espectral a través de las nubes de un edificio de color amarillo pálido de techos ondulados de tejas rojas y dorados en sus extremos, fundido entre las rocas de la montaña era difícil distinguirlo a pesar de lo colosal en su construcción, con los ojos entornados parecía tener cuatro pisos ocupando una gran extensión de terreno, ante mí se extendía un horizonte árido que me facilitaba avanzar sin dificultad siguiendo una vereda apenas visible hacia lo que parecía un montículo de piedras no muy lejos de donde me encontraba, no sabía a ciencia cierta que buscaba al apartarme del objetivo por saber el significado de las misteriosas letras escritas en un objeto que escondía desde mi infancia, recordaba cada uno de los trazos en mi memoria con la total seguridad de tratarse de palabras procedentes de la cultura china, mientras me acercaba al montículo de piedra también distinguía el colorido de unas pequeñas banderas multicolores que se agitaban con el viento, en la inmensa soledad del paisaje el sonido de la tela rompía con la serenidad de una naturaleza en la que el viento traía quejidos y susurros como almas en pena, se trataba de rectángulos de tela escritas en su totalidad con unas letras de cuidada caligrafía, se trataba de oraciones en lenguaje tibetano a las que llamaban mantras sagrados, oraciones escritas sacudidas por el viento con la finalidad de hacerlas llegar hasta el cielo, a modo de altar una figura en piedra de su maestro Siddhartha Gautamá al que también conocían como El Iluminado. Era la primera vez que contemplaba una estatua de un líder religioso que adoptó una vida de recogimiento por encontrar el significado de la vida, me llamaba la atención su figura tan diferente al Cristo crucificado en la religión cristiana siempre fiel reflejo del dolor, el sufrimiento y el rictus de la muerte en agonía o la ausencia de imágenes de Mahoma prohibida y castigada con la muerte en la religión islámica. La estatua de Buddha transmitía sensación de paz interior, sus manos inmóviles en el aire en un gesto de transmitir la concentración de su mente por los problemas mundanos, intentaba distraído contemplando la imagen ver un poco más allá en busca de alguna respuesta a mis propias dudas buscando cualquier señal que consiguiera afianzar el porqué a mis propios temores, era inútil, me preocupaba mi actual soledad, el viento helado no dejaba de sacudir inclemente las pértigas que sujetaban las banderas de oración obligándome a concentrarme que quizás no tuviera respuestas para mí.

Decepcionado y triste caminaba para llegar sin demora hasta el templo que había visto en la distancia, cuál no sería mi sorpresa al ver en las proximidades un nutrido grupo de viajeros encaminarse en la misma dirección, apenas distinguía quienes eran, andaban en absoluto silencio en pequeños grupos dispersos procedentes de caminos distintos, si me llamaba la atención sus ropajes, la mayor parte de ellos lucían túnicas en colores amarillo combinados con el rojo, a pesar de la distancia me daba la impresión que se trataba de viajeros muy bajitos o quizás ¿pudiera tratarse de niños? ¿Se trataría de algún tipo de sacrificio al dragón? La curiosidad nuevamente rondaba mi cabeza, me encontraba en un país del que apenas conocía absolutamente nada, me sentía afortunado por explorar un mundo tan distante y tan distinto de lo que había conocido hasta hoy pero debería mantener una discreta prudencia para no cometer errores, mi cabeza no dejaba de intentar encajar y descifrar cualquier detalle de lo que había visto hasta hoy, y como una visión en la que  no había dado ninguna importancia volvía a repasar mentalmente la imagen de Buddha.

En ocasiones intentamos dejarnos llevar por expectativas escondidas en posibles detalles que por su simpleza y nuestra mentalidad occidental ocupada por una cultura distinta no vemos tan claras, recordaba sus orejas, sonreía por mi incapacidad para ver algo tan nítido, por lo que sabía El Maestro dedicó su vida en las enseñanzas por encontrar la paz interior a través de la concentración de su mente y en la visión interior de su alma, sin abandonar el caótico mundo a su alrededor en las enseñanzas a sus propios seguidores y discípulos, la imagen de la estatua quizás mostrara la idea de la importancia por escuchar a través de unas orejas tan grandes todo lo que necesitaba aprender a diferencia de una boca pequeña en proporción al resto de las facciones de su rostro, la práctica por escuchar y aprender siempre había sido desde mi infancia la mayor dificultad por practicar uno de los ejercicios con los que me había ganado algunos pescozones por parte de mis padres jesuitas.

Gran parte de mi vida ha transcurrido sin la facultad del habla y ahora que la he vuelto a recuperar me cuesta encontrar a quienes hablen alguno de los idiomas con los que con tanto esfuerzo he aprendido. No imaginaba encontrarme con una planicie de terreno de una frondosa vegetación, predominaba el colorido de cuidados jardines de flores y árboles frutales de muchas variedades desconocidas, un largo muro de considerable altura guardaba celosamente lo que se escondía en su interior del que tan solo imaginaba bullía de actividad ya que además del edificio cubierto por un gran tejado las edificaciones anexas al mismo subían en escalón en estancias pequeñas colgadas en acantilados verticales sobre grandes rocas colgadas del abismo de la montaña, entendía el porqué de lo inaccesible de las viviendas, a modo de fortaleza similar a los castillos feudales de las tierras de Castilla aquí era sencillamente imposible que ningún ejercito fuera capaz de invadir o conquistar por la fuerza de las armas, tan solo me cabían dos posibles razones, la primera sería por esconder algo de un valor inmenso en tesoros al igual que las edificaciones colosales con forma de pirámide en el lejano Egipto o pudiera tratarse de una forma de vida propia de la religión herética que profesaban tan solo asequible a unos privilegiados en la sabiduría de las enseñanzas de su antiguo maestro, en cualquiera de los casos me intrigaba por saber de sus secretos.

Poco a poco comenzaron a llegar aproximadamente una veintena de personas de aspecto humilde, algunos hombres traían de la mano a jóvenes y niños ataviados con las llamativas túnicas rojas y amarillas propias de los seguidores lamaístas, nombre con el que se identificaban a los monjes de aquellas montañas del Tíbet, otros al igual que yo tan solo vestían harapos y como equipaje unos bultos colgados del hombro con sus pertenencias humildes, de miradas sombrías y rasgos asiáticos no osaban mirarme directamente a los ojos con la finalidad de preservar como señal de respeto su desconocimiento y respeto por un extranjero tan alto y corpulento, nuevamente intenté acercar mi postura doblando ligeramente mi cintura hacia ellos con las manos unidas a modo de saludo en mis intenciones de paz, una muestra en cualquier cultura que con sorpresa y agrado fui correspondido con pequeñas sonrisas que llenaron mi alma de plena satisfacción.    

 

 

 

                       

 

       

           

                                                         

                                                                 

viernes, 7 de septiembre de 2012

CAPITULO LII, Dragón rojo.


CAPITULO LII

                                                               Dragón rojo

 

 

 

           

           

            Mi natural curiosidad me obligaba con todo tipo de precauciones continuar interrogando a Bashíd, necesitaba averiguar todo lo posible mientras permaneciera dispuesto a continuar hablando, sus compañeros se dirigían a mí con el nombre de Yunani, expresión con la que hacían referencia a los extranjeros principalmente a los de origen griego, no intente en ningún momento identificarme con mi verdadero nombre suponiendo que para aquellos hombres mi vida carecía de valor al no ser un hijo de las estepas como presumían de sus parentescos con bravos guerreros de las tribus del gran Kan. No podía dejar de observarlos taimadamente sin fijar mi mirada sobre ellos, algunos tenían la piel escrita con extraños dibujos y filigranas lo que hacía que en la penumbra su aspecto fuera siniestro e inquietante, puede que se tratase de alguna hechicería o conjuro para que los demonios le fueran de protección en las cruentas batallas de las que hacían mención.

            El pequeño hombrecito era el fiel sirviente de Bashíd, rescatado en una de las incursiones a un poblado mas allá de los límites del desierto fue capturado y hecho esclavo, según me contaba Bashíd una suerte para él ya que su futuro hubiera sido la tortura o el sacrificio ritual por brujos de alguna tribu, en su pequeño cuerpecito asomaba una pequeña daga con la finalidad de matarse en el caso de morir su amo o ser capturado en acto de guerra, su presencia silenciosa me inquietaba, apenas gruñía para darse a entender y en sus ojos veía reflejado el dolor por el desprecio con el que lo trataban, el mundo siempre da la espalda a todo lo que no entiende, incluso me siento culpable por ver que Dios a veces escribe su creación con renglones torcidos. El té que servían era de un color oscuro de sabor intenso, diferente al que estaba acostumbrado en los desiertos de África, a continuación sirvieron una comida típica de aquellas gentes a la que llamaban tsampa, unas bolitas de cereales de trigo con miel y carne de cordero con especias aderezado con arroz,  un cuenco de grandes proporciones pasaba de mano en mano, un líquido blanquecino con una espesa capa de grasa flotando, leche de yak tibia.

Bebían sin parar cerveza agria de unos odres colgados de las vigas del techo, allí fermentaba hasta conseguir que el líquido adquiriera un color dorado, lo servían en recipientes hechos con gruesos cuernos de algún animal bóvido que no supe identificar,  pronto causaba efecto en todos los presentes, con frecuencia se ausentaban para exponer sin pudor alguno sus genitales a la puerta de la estancia vaciando sus vejigas del caliente líquido, comían y bebían como enajenados soltando sonoras flatulencias y expeliendo eructos entre carcajadas y risas, por lo visto era costumbre entre estas gentes demostrar su conformidad y agradecimiento con estos gestos obscenos su beneplácito por llenar la barriga, pude averiguar que se trataba de guerreros persas de la secta de los hashishin seguidores de su caudillo Hasn ibn al-Sabbah, fieles a sus costumbres nómadas se unirían a la mañana siguiente con el ejercito que luchaba contra los cruzados cristianos enemigos del Islam, por un momento llegué a temer por mi vida de haberse enterado de mis orígenes cristianos, le pregunté a uno de ellos si su religión no les prohibía la ingesta de alcohol, no todos los presentes eran fieles seguidores de Mahoma, Bashíd escuchaba la conversación y no dudó en advertirme sobre el peligro a mi curiosidad, hoy no es el momento ni de rezos ni plegarias, mañana posiblemente encontraremos la muerte a manos de los infieles y de ser así viajaremos hasta el paraíso.

Los hechos que sucedieron en aquella extraña noche no recuerdo si fueron una pesadilla o un recuerdo borroso en mi memoria, con el transcurso de los años he practicado las enseñanzas de mis maestros para retener todos los episodios importantes en los que me he visto inmerso para posteriormente poder plasmarlos al papel como legado de mi propia historia. Era la hora previa al despuntar el alba cuando contemplaba al nutrido grupo de guerreros nuevamente sentados alrededor de la hoguera, cada uno de ellos manejaba entre sus dedos un puñado de hojas mezcladas con una pasta viscosa de color marrón a la que llamaban hashis, se trataba de una ceremonia previa a la partida, había escuchado que se trataba de unas hierbas que causaban distintas etapas del comportamiento, algunos se quedaban con los ojos en blanco aletargados y dormidos en vida, otros en cambio se les notaba eufóricos e incluso con signos de violencia contenida, pertrechados con sus armaduras de cuero luchaban con espectros invisibles a los que retaban en sueños, recordé al anciano cuando me entregó unas hierbas parecidas y decidí preguntarle a Bashíd.

¿Acaso en el país de donde venís no se conoce el poder de las hierbas? Si, le contesté, las usamos con fines medicinales para sanar los males del cuerpo, bien, entonces sabed extranjero que en estas montañas es frecuente entre quienes nos visitan sufran de intensos dolores de cabeza, a medida que escalan las altas montañas esta molestia es capaz de atormentar a los hombres hasta que pierden la cordura, por eso algunas hierbas ayudan a soportar los esfuerzos por subir a sus cumbres a las que llaman el techo del mundo. Posiblemente el anciano conocedor de vuestra molestia os ayudó en un trance de confusión y quizás se trate de un monje de la escuela roja, budistas de la secta nyingma, no suelen verse con frecuencia ya que no comparten los problemas del mundo, se mantienen recluidos en sus templos dedicados a la meditación y la mansedumbre, son gentes hurañas, desconfiadas y a las que nunca he visto rebelarse en actos de violencia, nosotros preferimos evitarlos, dicen que poseen poderes que les han otorgado demonios antiguos.

  Lo que habéis visto esta noche no tiene que ver con la sanación, estos hombres que forman mi séquito preparan su espíritu para morir en combate, es tradición de nuestro pueblo celebrar esta ceremonia para preparar sus mentes y darles el valor para empuñar sus armas contra el enemigo, los cristianos temen el filo de nuestras espadas y la furia con la que luchamos. Mi natural curiosidad hizo posible probar un poco de aquellas hojas, dentro de la estancia el calor era asfixiante, se habían incorporado cientos de soldados prestos para la partida ocupando la estancia y acampando en la plaza con sus caballos. Necesitaba sentir el frío del exterior, estaba entumecido por no haber dormido y decidí salir fuera para aclarar mi cabeza, recuerdo la tenue claridad de la luna que parecía estar muy cerca de las cimas de las montañas, como una cascada de velo fantasmal las nubes se derramaban por los riscos envolviendo en claros y oscuros los contornos de  las rocas como un velo de bruma de vapores blancos.

            Un escalofrío recorrió mi espalda al distinguir en la noche lo que parecía una gigantesca serpiente reptar por sus laderas, entornaba mis ojos y con las manos los frotaba para asegurarme de lo que estaba viendo; una serpiente luminosa con pequeños destellos parpadeantes de luz reptaba a través de la montaña, sin saber cómo, me había distanciado a las afueras de la fortaleza adentrándome entre la vegetación, una fina lluvia envolvía de misterio impidiéndome ver con claridad, cuanto más asustado me sentía menos podía dejar de mirar sintiendo como mis tripas se revolvían, no podía moverme preso del terror ante lo que contemplaba, se movía lentamente a cubierto del amparo de la oscuridad. Bashíd me había hablado sobre leyendas y misterios de aquellas montañas a los que los aldeanos consideraban sagradas, allí en lo alto habitaba el dragón de fuego, una criatura mítica representada en dibujos y pinturas de la cultura oriental, las visitas del dragón se podían conocer por la pestilencia y hediondez de su aliento semejante a los huevos podridos causante de provocar enfermedades en los poblados que visitaba, de su boca parecida a un cocodrilo de colmillos afilados brotaban llamas de fuego, los campesinos para evitarlo dejaban como sacrificio cada cierto tiempo dos ovejas en la espesura del monte para aplacar su ira, con el transcurso de los años esta costumbre se volvió cruenta y macabra, las leyes las establecían los soberanos dueños de los campos de cereales limítrofes con los bosques a pie de la montaña, sus súbditos eran de su propiedad por lo que ante las demandas de un pueblo asustado decidieron el sacrificio de jóvenes vírgenes como festín del gigantesco reptil, las mujeres tenían prohibido adentrarse en el bosque y aquellas que estuvieran en los días que la naturaleza les hacía perder sangre menstrual permanecían recluidas en sus cabañas lejos de los vientos que pudieran llevar el olor de la sangre a un animal habitante del averno.

Me preguntaba con inquietud sobre lo que leí siendo un joven novicio por no tratarse de un cuento para asustar a las viejas, la leyenda de San Jorge, un soldado romano nacido en Capadocia cristiano y mártir, miles Christi, un soldado de Cristo patrón de los cruzados en su conquista de Jerusalén, los musulmanes lo conocían con el nombre de Al-Khader, un árabe tanto cristiano como musulmán, lejos de compararme con un héroe para cristianos devotos como para los musulmanes reflexionaba sobre mis propias creencias, reconozco que había perdido el rumbo de mi vida o quizás tendría que comenzar por mis propias necesidades, lejos de aclarar tantas preguntas mis años de lectura me sumían cada vez en confusiones como un circulo iniciático, ¿Cómo era posible que las leyendas viajaran? ¿Acaso existían las casualidades? O pudiera tratarse de algo cierto y existiera en realidad una bestia sanguinaria, la cabeza me daba vueltas aturdido y confuso, afortunadamente volvía la tenue luz con un nuevo día, ahora si distinguía claramente sobre los peñascos a gran altura un edificio de techos de tejas rojas muy típico de la cultura oriental, apenas era visible pero quizás allí encontraría respuestas. La fortaleza volvía a respirar tranquilidad, procuré con las pocas monedas que disponía comprar algo de comida regateando para continuar viaje, antes de marcharme escribí sobre todo lo que había visto con la duda si en realidad fue una de mis pesadillas o el efecto de una hierbas desconocidas en sus efectos por distorsionar la realidad de una cultura tan inquietante.