viernes, 5 de agosto de 2011

CAPITULO XXVI De los mares y la tierras.





                                          CAPITULO XXVI
                                     De los mares y las tierras




Ha sido una tarde placentera en compañía de estas buenas gentes, la cena transcurrió en una continua cháchara en la que se habló de todo un poco, comimos pescado fresco, vino dulce y de postre probé las delicias del queso con pan y uvas, en la parte trasera de esta casa disponen de un patio con una aljibe central del que hemos sacado agua suficiente para asearnos, ya entrada la noche hemos ido a visitar una pequeña capilla donde rezan los vecinos con gran devoción a la Virgen del Carmen patrona de  los marineros, me llama mucho la atención el fervor que demuestran estas gentes por ser buenos cristianos dedicados por entero al sacrificio a sus familias y trabajos. Ante la insistencia de Paquita y Gregorito hemos hecho noche en una estancia anexa a la casa, a pesar de las disculpas que profesan por la humildad de su morada tanto yo como Serafín nos sentimos absolutamente reconfortados de tal y como se presenta nuestro primer día en esta extraña isla, No he podido conciliar el sueño, el silencio de la noche es tal que me produce un zumbido en los oídos, refresca y el aire me trae olores de pescado en salazón que extendidos en las azoteas se secan al sol, un murmullo continuo de olas arrastrando piedras en las orillas de la costa produce una calma que llena mi espíritu, el cielo no es tan negro como siempre lo había visto, de un fondo azul muy oscuro destacan las miles de estrellas que parecen hacer señales de luz sobre un mundo tan alejado de la sencillez de la creación, es el momento que me siento en paz con Dios, siento un vinculo que me ata a esta tierra de la que me queda por descubrir algunos de sus secretos.    
Dejamos atrás esta curiosa península de La Isleta, caminamos por playas de fina arena para adentrarnos por caminos que van modificando el paisaje, grandes palmeras flanquean los barrancos y sus laderas se salpican de manchas de vegetación agreste, tan solo conozco parte de su flora por referencias a libros que leí siendo muy joven llenando de fantasía mi cabeza, tendría que remontarme a Plinio El Viejo, decía que sus moradores eran pueblos bereberes venidos de las costas de África y se les conocía como canarí, hombres de gran estatura, tez de color claro, rubios y de gran fortaleza física como tribu guerrera, sus anteriores habitantes aborígenes le daban a la Isla el nombre de Tamarant, posteriormente a la conquista supe que, por disposición de Isabel La Católica y por la valentía demostrada por sus antiguos pobladores se la conocería como La Gran Canaria, conquista, imposición, castigo y finalmente muerte, vuelvo a reencontrarme con la crueldad y la masacre absolutista de los que buscan riqueza a base del sometimiento de los pueblos, según las crónicas de la conquista muchos de sus moradores prefirieron el suicidio con orgullo y honor despeñándose desde altos riscos al vacío para evitar la vergüenza de una vida esclavizada de sus cuerpos y almas.
Siento pena por revivir nuevamente historias de muerte en beneficio de la fe cristiana no me siento orgulloso de la conquista por la fuerza de seres humanos a los que no se les da ningún valor simplemente por haber nacido en un lugar remoto y distante con otras culturas borradas por la espada de la iglesia católica, Dios me ampare por manifestar estos pensamientos tan radicales al gobierno reinante, por menos comentarios de los escritos han dado muerte inmisericorde a tantos pueblos enteros, tan solo soy un viajero instrumento de los caprichos humanos, no tengo poder para modificar acontecimientos y mi legado será continuar plasmando vivencias y sentimientos. Han sido largas jornadas de tranquilidad contemplando paisajes propios de un paraíso, sigo sin entender que me puede atraer tanto en esta isla y en estas costas donde solo hay silencio y paz, quizás sea donde me he sentido tranquilo en armonía con la naturaleza salvaje y por consiguiente con Nuestro Creador, me cuesta expresarme con mi amigo Serafín para darle a entender de mi decisión por no embarcar de momento con destino hacia América tal y como habíamos decidido en Sevilla, él con el semblante serio medita durante un rato mientras con el pie va golpeando las piedras que nos encontramos por el camino, me hace recordar una infancia lejana, actitudes que nos hacen evadirnos de la realidad mientras nuestra cabeza piensa cual es la mejor respuesta, es curioso el analizar a las personas simplemente por actos tan simples, verá Pedro, hemos pasado muchas penurias antes de emprender este viaje y fue mucho peor el trayecto en el barco, no he podido recuperarme del miedo tan atroz que pasé durante la travesía por mar así que continuaré a su lado mientras mi cuerpo aguante y usted así lo disponga, he oído de misterios que rodean estos parajes, son gente sencilla poco dotadas de mundo, carentes de las ciencias básicas como leer y escribir pero hay algo en sus relatos que me evocan escalofríos, he hablado con algunos vecinos preguntando quienes eran antiguamente los pobladores antes de la llegada de los conquistadores y la contestación de uno de ellos, el más viejo de los que allí se encontraban fue la siguiente: las respuestas están en las cuevas de Las Coloradas, allá en lo alto de las montañas quemadas descansan los cuerpos sagrados de los legendarios canarios muertos por intentar defender a sus familias y sus tierras de unos barbaros que se hacen llamar civilizados, cuántas veces hemos oído palabras de amor por boca de los que dicen ser cristianos mientras matan a nuestro pueblo con armas de fuego y puñales de acero con los que se ha regado tanta sangre inocente, nosotros somos descendientes de ellos y nombrar a los muertos no es de buen augurio, la rebelión del pueblo canario ha diezmado a nuestros líderes pero en nuestro espíritu crece un alma libre de la opresión de Castilla y su reino de ambiciones y terror. Creí prudente no volver a preguntar nada más sobre sus antiguos pobladores, Pedro, me siento avergonzado a la vez de apenado por inmiscuirme en una curiosidad que no ha cerrado cicatrices en estas buenas gentes.
Continuamos camino distinguiendo muy cerca las altas  murallas que circundan la costa con un Castillete fortificado sobre un islote dentro del mar, estamos muy cerca de donde se encuentran las tropas reales acuarteladas para proteger los intereses estratégicos de la nueva conquista, hemos hecho una descanso para sentir la caricia fría de las olas en nuestros doloridos pies para a continuación adentrarnos en la subida de una pequeña montaña buscando un lugar donde poder contemplar el paisaje, descansar y encontrar refugio de un sol radiante pero abrasador. Otra curiosidad es el contraste de temperaturas con las que nos encontramos, según ascendemos notamos el fresco aliento del cielo bajo una pequeño bosque de pinos que como mudos gigantes nos observan en un silencio solo roto por nuestros torpes andares sobre rocas y mantos de pinocha, el hambre unida al cansancio nos obliga a descansar dentro de una pequeña cueva en la que hacemos una pequeña hoguera para calentar los pocos alimentos que transportamos.
Al poco de comer quedo sumido en un sueño profundo en el que noto la tranquilidad invadir mi mente, sueño o eso creo oír unas campanillas, a lo lejos, distante, ángeles celestiales me dan la bienvenida en cálidos susurros, siento en mis mejillas los besos de sus bendiciones, trompetas de gloria anuncian la llegada de un ejército de paz…pero…ese olor…¿si estoy soñando como puedo sentir algo tan mundano y tan bien conocido?  ¡! Dios me asista ¡¡, ¿cabras?...doy un salto hacia atrás y sin darme cuenta preso del susto tropiezo con mi amigo Serafín dándome un buen golpe en la cabeza contra la pared de piedra, mi compañero mira con cara de asombro y ojos desorbitados a una cabra que lame la suya despertándolo inmediatamente, estamos rodeados de cientos de cabras, ante lo absurdo de la situación nos vemos pegados a la pared de la cueva oyendo el tintineo de sus campanillas y el balido de estas inocentes cabras, poco después también se oye algo distante un sonido poco conocido por nosotros, al principio pensaba provenía de un trompeta hasta que se presenta ante nosotros un hombre de formidable estatura, cabellos largos atados en una cola, un collar de conchas marinas pende de su cuello y su ropa…una especie de falda de lana con una capa que le llega hasta los tobillos cubiertos por unos botines de piel, en su robusto brazo una pértiga parecida a una lanza de caballería del doble de su tamaño con un punzón de hierro en uno de sus extremos y en la otra mano una gran caracola de mar, caemos arrodillados sin poder seguir mirándolo, unimos nuestras manos con la cabeza agachada dispuestos a encomendar nuestras almas a Dios Nuestro Señor, la cabeza me retumba y el silencio se prolonga en unos momento que la agonía me hace sentir preso del verdugo, no sé a ciencia cierta si pude llegar a rezar en rápidos murmullos esperando el golpe final.

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