martes, 10 de julio de 2012

CAPITULO XLVII, Ostende daemonium ab inferno.


                                                                  CAPITULO XLVII
                                                        Ostende daemonium ab inferno






En todos estos años no me había sentido tan ofuscado, algo en mi interior se revelaba sin poder contenerme por la rabia y el enfado, pasé del estupor y la confusión a un arrebato de autentica ira contra mis amigos, daba vueltas a la estancia donde nos encontrábamos con aspavientos nerviosos cargados de violencia contenida, los miraba como una presa acorralada sintiendo la traición por sus consejos.
            Tan solo mis ojos inyectados en sangre pugnaban por contener las lágrimas que atenazaban mi corazón ¿Cómo era posible que intentaran mandarme al verdugo? Exhausto me senté nuevamente en el suelo fatigado por tamaño esfuerzo, instintivamente tapaba mi rostro con las manos intentando ocultar la frustración y la vergüenza por la situación de indefensión en la que me encontraba, los latidos de mi cabeza dejaban un atisbo de duda por quizás reconocer que mi enfermedad mental avanzaba sin una cura, con el paso del tiempo cuando recuerdo aquel día incomprensiblemente no causó abatir mi ánimo, mi ansia por vivir o quizás la templanza de mi voluntad por la edad y la experiencia consiguió darme la fuerza para intentar defenderme, no podía caer en la desesperación, recordaba momentos en los que la muerte intentó arrebatar mi esperanza y no pudo conseguirlo, quizás Dios me estaba poniendo a prueba en la resistencia de mi quebrantado espíritu.
              El silencio cayó como una losa interrumpido solo por el canto monótono de grillos al amparo de la oscuridad de la noche, sombras fantasmales danzaban en las paredes a la luz de la chimenea donde nos encontrábamos meditando, siento las manos de mi amigo Serafín sobre mis hombros, despacio cuidando sus palabras me pide perdón por no haber elegido las palabras adecuadas para intentar ayudarme, todavía conserva integra su fe en los fundamentos de la iglesia, en él no hay atisbo de duda en la salvación del alma por parte de la religión que profesa, me arrepiento por mi enfado entendiendo las dudas y la preocupación por mi salud, no quiero ni pensar verme sometido a las prácticas de un exorcismo, hace años fui testigo casual de una ceremonia de éste rito y no guardo buenos recuerdos. Ahora en la calma saboreamos unas tazas de té, necesito desahogarme de mis propias dudas existenciales, aprovecho para conectar con viejos recuerdos mientras me concentro y comienzo mi relato.
            Yo era muy joven en aquella época, comenzaba mi camino predicando la palabra de Dios, sin experiencia en los fenómenos de la vida tan solo me atrevía a curar con plantas recogidas del campo dependiendo del calendario lunar según me habían enseñado mis propios maestros en la medicina arcana con formulas tan antiguas como la propia naturaleza del hombre, había caído la noche en una aldea alejada en los montes de la ciudad de Bilbao, me sentía exhausto del viaje y decidí buscar alojamiento en alguna granja al cobijo de algún establo de animales, al amparo de la claridad de la luna llena seguía un sendero cuando divisé a lo lejos unas antorchas que daban luz a una casa de labriegos.
            Varias personas permanecían silenciosas a la puerta con rostros serios, después de los saludos de cortesía una mujer anciana se abalanzó sobre mí con el rostro contorsionado por el dolor y las lagrimas pidiéndome ayuda e invocando a Dios con gritos desgarradores, su marido, un hombre corpulento acudió raudo socorriéndome de semejante susto, la pobre mujer de rodillas no soltaba mi hábito besando nerviosa la cruz de madera que colgaba de mi cintura. Repuesto del sobresalto les pregunto qué es lo que sucede dentro de la casa.
            Una jovencita de nombre Ana, la hija de ambos estaba siendo exorcizada por el párroco del pueblo cercano, en una pausa del ritual, el párroco de nombre Paulino insistió para que le ayudara en la labor de la expulsión del demonio que la poseía. No me sentía con fuerzas para rechazarlo máxime siendo un discípulo de Cristo con obediencia por todos los protocolos de un jesuita, a pesar de las excusas que traté de poner dada mi bisoñez en asuntos tan delicados no hubo forma de evitarlo, Paulino con claros signos de agotamiento justificaba la urgencia sin tan siquiera estar autorizado por La Santa Sede ni por el Papa reinante en Roma, justificaba la premura en la actuación por estar la criatura en serio peligro de muerte. La niña aún era doncella, calculo pudiera tener no más de diez o doce años, de carita dulce y redonda con una piel casi transparente donde se podían distinguir a la luz las venas violáceas en su rostro, sus cabellos negros pegados a la piel por sudores que perlaban su esquelético cuerpo tan solo cubierto por un vestido andrajoso y sucio, su mirada perdida en el vacio surcada por moratones que hacían erizarme los pelos del cuerpo, sentía el miedo flotar en la habitación amueblada apenas por un camastro del que se sujetaban sus brazos y piernas con retales de tela, sus labios agrietados mostraban el sufrimiento provocado por las altas fiebres que padecía, una mesita cercana donde permanecían los útiles del sacerdote, el libro “Malleus Malleficarum” también conocido como “El Martillo de las Brujas” frascos con aceites, óleos y posiblemente agua bendita, todo  en un estuche de madera forrada de terciopelo rojo.
            Absorto contemplo a la niña mientras movía sin parar la cabeza de un lado a otro con claros signos de posesión demoníaca, tranquilo hermano Pedro, no temáis al maléfico, conmigo estáis a salvo, Paulino mantiene la templanza con autoridad mientras sujeta en una mano un crucifijo mientras recita la letanía del libro ritual, perdí la noción del tiempo mareado con la voz monótona del sacerdote, en algunos momentos sentía que perdía la noción de la realidad y pensar que estaba soñando, nada tan alejado de la realidad, recuerdo un grito desesperado cuando la niña se incorporó con violencia tirando de las ataduras de sus frágiles brazos ¡¡Mamá por favor ayúdame!! A continuación una voz ronca rompió en carcajada histérica con el estremecimiento del cuerpo de la niña, permanecía atontado mientras Paulino gritaba con furia palabras en latín contra el espíritu maligno que nos acompañaba, no era posible la fuerza con la que la cama donde estaba Ana golpeara el suelo de forma tan salvaje, permanecí encogido contra la pared gimoteando de terror, mi cuerpo no era capaz de moverse, me sentía hechizado por lo que estaba contemplando.
            El sacerdote imponía su voz decidida en un arrebato de furia y extenuación por el cansancio de tantas horas de lucha ¡¡manifiéstate maldito!! ¡¡Abandona este cuerpo ser inmundo!! Profería a voz en grito contra el cuerpo de la niña, ¡¡dime tu nombre y regresa a los infiernos!! insultos y blasfemias brotaban de la boca de la niña entre espumarajos apestosos con una voz profunda y ronca que conseguían erizarme los pelos de la nuca, Paulino se giró hacia mí con la orden tajante de no mirar directamente a los ojos de la pequeña energúmena, así se les llamaba a los posesos del demonio, la casa parecía tener vida propia, las maderas crujían con susurros lastimeros, voces incomprensibles flotaban en la habitación como una antesala del averno, contemplé atónito como una vasija de barro se alzaba hasta el techo y sin que nadie la tocara voló para estrellarse cerca de donde me escondía haciéndose añicos contra la pared, flotaba una pestilencia que nublaba mis sentidos y lo último que recuerdo es salir corriendo y a rastras de la casa donde según me contaron caí desmayado.
            Amanecía cuando desperté con un terrible dolor de cabeza, Paulino a mi lado sonreía satisfecho por verme recuperado, Habéis sido muy valiente joven fraile, me decía, he visto a hombretones caer en el suelo lloriqueando al contemplar el poder del maléfico, le pregunté al instante por la salud de la niña, se encuentra bien, no os preocupéis, unos días de descanso harán que termine de recuperarse, no se acuerda de nada gracias a Dios pero no podemos bajar la guardia con los ejércitos de Satanás.
            Le pregunté el motivo por el cual sabían de la posesión demoniaca, señales joven fraile, me contestó, malas cosechas con invasión de insectos dañinos, las vacas enfermaban sin motivo aparente, el vino se convertía en vinagre y la leche hedionda y ácida, claras señales de que el mal había hecho presa en una criatura inocente. En agradecimiento, hubo un pequeño festejo en la casa, se acercaron vecinos de otros pueblos cercanos para celebrarlo, bailes y risas llenaron la casa con abundante vino y comida, antes de despedirme quise despedirme de Ana, la alegría iluminaba su rostro sin haber dejado huella del espanto sufrido, tan solo me dijo una frase, recordad Pedro que después de una noche oscura siempre amanecerá con un sol radiante.
            De vuelta por los caminos con tantas emociones me quedé paralizado al recordarlo, el estomago me dio un vuelco, sentí que la desgracia se abatía sobre mí, esa frase me la decía siempre mi madre cuando apenas era un niño consolándome por el miedo que me causaba la oscuridad, entonces supe con certeza que mi madre había muerto y me enviaba un mensaje que solo yo entendería, alejándome de la casa percibí el aleteo de los pájaros, la naturaleza equilibraba la balanza, la diferencia era que no cantaban con trinos melodiosos, entre los árboles apenas se distinguían unos ojillos rojos observándome, cuervos de plumaje negro azulado se reunían por cientos, Satanás esperaba paciente a una nueva víctima.

             

           

           

             

             

             


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