viernes, 24 de junio de 2011

CAPITULO XIX, Muerte.

                                                      CAPITULO XIX
                                                              Muerte





Serafín sonríe con una cesta de pescado que mantiene con gran esfuerzo, le indico que se adelante para yo al fin poder tomarme un pequeño descanso y quedarme a solas con mis reflexiones, necesito aislarme si cabe aún más de todo lo que me rodea y ciertamente con este muchacho tan hablador a mi lado no puedo concentrarme, me he acostumbrado a estar solo y repasar mentalmente todo lo que sucede a mi alrededor sintiendo si el camino es el correcto, cuantas sorpresas me he llevado y cuantas personas con su propio mundo interior intentan buscar en la vida su propio camino, sin darme cuenta he vagado por las calles sin un destino concreto, a una cierta distancia me ha parecido ver a varios jinetes con el alcaide a la cabeza, recuerdo que tengo una conversación pendiente con él y sin demora me dirijo a su encuentro.

Siéntese padrecito, se le nota cara de cansado, nos encontramos en una taberna llamada tres claveles casi en las afueras de Sevilla, grandes mesas de oscura madera con bancos y taburetes llenan casi por completo el local, paredes de azulejos con filigranas arabescas y macetas con geranios lo decoran, es un sitio agradable para refugiarse del calor de la calle, D. Casimiro me mira para saber que puede pasar por mi cabeza y poder iniciar una conversación que he tratado de olvidar o que quizás no quiera escuchar pero necesito liberar el dolor por muy duro que sea.

Intento explicarle a Casimiro las novedades acontecidas en el puerto el día de mi precipitada ausencia, mi encuentro con el capitán con su tripulación y las tribulaciones de personas de color secuestradas de las lejanas tierras de África para ser vendidas como si se tratase de ganado, no recuerdo cuando fue la última vez que pude dormir más de dos o tres horas seguidas y comer con tranquilidad se ha convertido en una quimera pero tampoco es una de mis prioridades cuando he visto tanta miseria y hambre en esta populosa ciudad, estoy convencido de que las personas que he podido ayudar y sanar están carentes de esperanzas y fe en algo que les ilumine en su quehacer diario. Amigo Pedro, he visto y sufrido a lo largo de mi vida todo tipo de aberraciones contra el ser humano pero créame si le digo de mi profunda tristeza por todo lo que pude sentir el día que usted se ausentó precipitadamente, poco después de marcharse se dictó la primera sentencia acusatoria sobre los reos, los niños, no se lo había dicho pero yo también soy padre de un mocito de siete años, me siento muy orgulloso de él y procuro pasar todo mi tiempo libre a su lado, compartimos largas jornadas de cacería en los bosques cercanos e intento formarlo en el respeto por todas las cosas positivas de esta triste vida, entienda Pedro que no comparta con nadie algo que tan solo me pertenece, sufro al ausentarme de Sevilla y dejarlo sólo al cuidado de su abuela materna, le muestro mi señal de duda por su madre a lo que Casimiro me contesta que la pobrecita murió hace pocos años víctima de una grave enfermedad pulmonar. Hay una larga pausa de silencio a la que por respeto procuro no interrumpir con ningún gesto brusco, le noto a mi amigo el brillo en sus ojos aguados prisioneros de un dolor que necesito compartir, nos interrumpe un obeso posadero al traer las viandas y una jarra de vino a nuestra mesa.

Necesitaba hablar con usted, continúa mi amigo, me siento agobiado por todo y necesito del perdón de Dios en secreto de confesión, me siento cansado de tanta mierda a mi alrededor, siento dudas en mi propio trabajo y presiento que cualquier día me vea metido en algún fregado y deje huérfano a mi único hijo, créame padrecito es lo que más me preocupa, pero no pretendo evadir la historia de la que fui testigo y quizás me sienta culpable por estar tan involucrado en la vida de estas personas. Se dispuso según las ordenanzas el arrepentimiento público de los niños por cometer delitos contra la ley de Dios, evitar el suplicio del castigo por herejía y blasfemia a lo que renegaron públicamente y en presencia de todo el tribunal de la Santa Sede, dicho esto el público se encolerizó con chillidos y lanzamiento de todo tipo de frutas y verduras podridas contra el estrado pidiendo castigo ejemplar para los pequeños endemoniados, ante las increpaciones del populacho y para evitar una revuelta se les condujo en penitente procesión a poca distancia hacia la Puerta del Perdón, allí ya estaban preparadas las vigas verticales en el tablado dispuestas para atar con correas los brazos de los niños y exponer sus espaldas al látigo del verdugo, así se hizo, cien latigazos para cada uno de ellos y algunos menos para el cojito, este ultimo aguantó con rabia contenida cada uno de los chasquidos que marcaban su espalda hasta que exhausto se desmayó no sin antes gritar a voz en grito, malditos hijos de puta. Han sido expulsados de Sevilla con la orden de no poder pisar jamás esta ciudad y en el caso de que los apresen causarán ejecución y muerte sin juicio previo, créame Pedro, no pude evitar en cerrar los ojos cada vez que oía el silbar del látigo y su chasquido al encontrar la carne de estos niños, las lagrimas me asomaban y mi corazón se sentía encogido por el terror, pero aún quedaban mas escenas que no puedo borrar de mi cabeza, era tarde y nos retiramos a comer en los salones de la iglesia de San Pablo, necesitábamos recuperar fuerzas para el resto del día.

 Escucho a mi amigo Casimiro con el asombro de las imágenes que me relata, he procurado al transcribirlas ahorrarme detalles tan escabrosos que han causado grave malestar en mi cansado cuerpo, me laten las sienes con un dolor de cabeza propio de la calentura producida por el sol en mi larga caminata hasta esta taberna, mi cansancio o por el vino que ya he bebido intentando evadir la tragedia de tantos horrores, Casimiro es una calavera pálida en sus expresiones, lo veo en una turbia nube de espectral imagen, a pesar de estar lleno el local de gente bulliciosa me parece oírlo sólo a él con una voz quebrada por su propia conciencia, me falta capacidad para concentrarme en Dios Nuestro Señor, creo que lo que estoy escuchando es más propio de la maldad humana y poco tiene que ver con la Justicia Divina, vuelvo a cuestionarme en qué medida somos jueces y verdugos de las acciones en la tierra, por otro lado no puedo dilucidar la forma o el método para castigar tanta maldad en niños sin esperanzas. Casimiro apenas levanta la cabeza del plato, le veo comer pescado y beber de su vaso como si con ello continuara con sus tristes costumbres, más por habito que por hambre, después de beber un largo trago de vino y limpiarse con la manga de su chaquetilla me mira sin pestañear y me dice, creo que todos guardamos secretos, no padrecito? me he quedado perplejo conteniendo la respiración, a pesar de tener tantos informantes no es posible que este hombre roto por su propio dolor llegue a saber de mi angustioso pasado y donde se encuentran mis miedos ocultos, ese libro que bien puede llevarme hasta la muerte por contener confesiones que ni yo mismo se si son propias de Dios o del diablo, no, después de una mirada vacía me enseña unos dientes sonrientes y suelta una palmada en mi hombro propia de un hombre que busca el alivio en alguien como yo que no puede hablar pero escucho absorto con todos los matices.

Habíamos descansado lo suficiente para almorzar y afrontar a primeras horas de la tarde el anuncio de la sentencia de nuestros ilustres reos, además de Agapito y Santiago Heredia habían otros diez acusados de distintos delitos traídos todos desde el castillo de Triana, eran el plato fuerte para tan magna celebración, el pueblo aullaba como jauría de lobos hambrientos de sangre, los nobles y el clero esperaban impacientes los beneficios que pudieran conseguir a los ojos de la corte de Castilla para su propia riqueza y poder, culpables de varios delitos y condenados a sufrir el tormento de las llamas de la hoguera, se inicia la comitiva hasta un lugar llamado el quemadero de Tablada en el que ya estaban preparadas el estacas, junto con la marea humana y detrás de los presos se incorporan dos carretas tiradas por bueyes cargadas de leña y brazadas con fardos de paja seca, llegamos con la noche hasta el destino final con una sorpresa añadida, estaban los verdugos atando a los presos a las estacas poniéndoles la capucha en la cabeza, más para evitar el horror al público presente que por caridad ante una muerte tan espantosa, bien es sabido que, en anteriores ejecuciones y por efecto del fuego los ojos de los condenados saltan de sus órbitas y sus lenguas ennegrecidas se hinchan entre atroces gritos de agonía no sin antes blasfemar públicamente contra todo lo sagrado, Agapito y otros tres compañeros condenados sufren ataques de pánico entre estertores de histeria, babean y se retuercen en el suelo sin dejar de convulsionarse con los ojos en blanco, ante la sorpresa de los presentes aumenta la algarabía del pueblo y el regocijo de la curia eclesiástica al afirmar públicamente de estar poseídos por el Diablo por lo que se les aparta a un segundo plano.

Atados a los postes se les pregunta, ¿te arrepientes de tus pecados? ¿quieres abrazar la religión cristiana?, desconozco las respuestas que pudieron dar, me encontraba sin ser consciente de lo que presenciaba, veía como se disponían los círculos de leña alrededor de cada poste a una altura no superior a la cintura de los condenados para a continuación prenderlas con largas antorchas untadas de brea. Santiago era una macabra imagen de lo que usted conoció, Pedro, con la cabeza completamente rapada era difícil imaginar una vida de vicio y perversión cuando se sentía mujer, con las primeras llamas se le empezó a ennegrecer la piel de las piernas con un chisporroteo grasiento al llegar a sus gruesos muslos, el fuego se avivó al devorar su torso por la cantidad de grasa que acumulaba, mientras su cuerpo se retorcía por la gran llamarada se oían los ruidos que expelía desde el interior de su cuerpo en brotes de grasa derretida y humo negro, todo el proceso duró una eternidad por la brisa de la noche que caprichosa hacía bailar las llamas en una y otra dirección en un macabro retorcer de vísceras e intenso olor a grasa quemada, cerca de donde me encontraba el aire traía cenizas y restos que al caer al suelo se mantenían encendidas con pequeñas luces como si un campo de velitas se tratara, al contemplar tal espanto me lloraban los ojos por el intenso calor y la repugnancia que brotaba de lo más intenso de mi interior, todavía tengo pesadillas por las noches al acordarme de aquella noche aterradora, mi ropa hiede con el tufo de la muerte, tengo miedo con solo pensarlo.

Al desgraciado de Agapito no pudieron ajusticiarlo con el mismo método por no estar consciente para ello, optaron por introducirlo al igual que a sus compañeros en jaulas metálicas individuales que izaron con cadenas hasta los altos de los muros de la muralla allí permanecerían a la intemperie hasta morir, en muchos de los casos sé que introducían gatos rabiosos para causar mayor dolor y en otros casos las aves carroñeras se encargaban de devorarlos lentamente en una agonía que podía durar varios días, todo para satisfacer la venganza de la iglesia contra los que renegaran de su dogma y la burla y mofa de cuantos contemplaran el destino de herejes, judíos y delincuentes.

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