CAPITULO XVIII
Doce Apóstoles
He recibido una misiva lacrada de manos de un emisario de la Santa Sede, en ella me hace saber de la decisión del edicto de fe en que se hará pública hoy en la catedral por el juicio a los condenados.
Nos acercábamos a la catedral ya veíamos la parafernalia del acto del cual íbamos a ser testigos directos, grandes toldos de telas gruesas hacían de protección bajo su techado de las autoridades que serían testigos presenciales de todo el protocolo, el alguacil tiene su lugar en esta zona privilegiada y yo, soy un invitado que le acompaña.
El acto comienza con una solemne procesión de las autoridades civiles y eclesiásticas con estandartes de finos lienzos e imágenes de vírgenes y mártires, un muchacho balancea un recipiente con inciensos, dejando volutas de humo azul y de olores de santidad, nuevamente el ejercito flanquea la comitiva arropando a sus componentes que a pesar de la hora temprana acompañan con largos cirios blancos y retumbar de tambores, las gentes que ya empiezan a cubrir todos los espacios posibles se agolpan para no perder detalle, miradas nerviosas y gestos en señal de la cruz con expresiones de dolor y aflicción, por un momento me distraen los niños en su interminable corretear y encaramarse a los árboles para tener una visión privilegiada de todo el proceso, una cola interminable de autoridades con sus mejores vestiduras y en sus manos las Sagradas Escrituras como ratificación de su apoyo a la iglesia, a continuación monjes de todas las órdenes religiosas en filas de a cuatro, algunos descalzos y otros con capuchas en pico de sombría presencia, al poco se va extendiendo un rumor que va en aumento por la llegada de los presos, rumores que se convierten en gritos y el unánime alzar de brazos con puños amenazantes, siento temblar mi cuerpo recordando las sensaciones ya vividas hacía poco tiempo atrás.
En mi delirio recuerdo lecturas pasadas en mis tiempos de meditación, dadle al pueblo pan y circo para que se olviden de cualquier otro problema, creo recordar los tiempos de la antigua Roma donde tantos mártires sufrieron las torturas y ejecuciones públicas tan solo por ser cristianos, siento pensarlo pero en que hemos avanzado? . Continúo distraído al ver el largo desfilar de gentes notando desde la altura del atrio donde nos encontramos la llegada de los reos, vestidos para tan magna ocasión con túnicas llamadas “ sambenitos ” a paso lento se oye el tintineo de las cadenas que les sujetan brazos y piernas con el cuidado de no tropezar por ir enlazados unos a otros, a la cabeza de esta procesión de ánimas en pena van los más corpulentos y al final… Dios Todopoderoso… los niños…el de la muleta no parece importarle la gravedad del castigo que le pueda caer, se mantiene con la cabeza alta y en un momento siento que su mirada se cruza con la mía en destellos de profundo odio. Cientos de personas se acumulan escuchando la solemne misa que se demora a lo largo del día, comienza el despliegue del tribunal bien entrada la tarde cuando ya la fatiga empieza a hacer mella con los pliegos oficiales en los que se dictarán las sentencias.
Un pequeño barullo dentro del gentío aglomerado me llama la atención, o la vista me engaña o es el fraile que llegó de viaje contando historias de Jaén, si, no cabe duda, su semblante nervioso y el agitar de los brazos me indica que acuda rápido a su encuentro, así se lo hago saber al alcaide, vaya Pedro, no se preocupe ya le informaré de todo lo que aquí suceda por si se demora en volver, con dificultad, y sorteando a todas las personas allí congregadas a pequeños pasos me acerco al hermano y le indico con señas cual es la urgencia, necesito que me acompañe Pedro, es un asunto de vida o muerte… curiosa observación cuando están a punto de dictar sentencia a estos pobres pecadores con el griterío ensordecedor en el que indican cuales serán los castigos.
No puedo seguir increpándole porque se ha ido calle abajo esquivando a empujones a todo el que se cruza su camino, su intención es que lo siga y de vez en cuando voltea la cabeza para asegurarse, a mi me tocan todos los insultos de las personas con las que se ha tropezado, vamos camino al puerto y las calles se van estrechando y dificultando nuestro avance, siento gotas frías de sudor bajando en un cosquilleo por mi cuerpo, la falta de ejercicio y el tiempo que llevo descansando en esta ciudad hace que mi cuerpo haya perdido flexibilidad además de embotar mis sentidos con tantos ruidos y olores, después de unas largas y tediosas carreras veo a una cierta distancia al fraile entrar en un ruinoso albergue donde también se han acercado dos o tres mujeres moriscas con la cara tapada con velo y largas túnicas que les llegan hasta los pies, cuando ya me acerco hay un detalle que me llama mucho la atención, pensaba que sus manos y pies estaban llenos de suciedad y me sorprende al ver de cerca que se trata de pinturas geométricas muy singulares, no me da tiempo de mas cavilaciones porque me rodean y como gallinas coléricas, me arrastran de mi hábito hasta el fondo del local.
Me á costado habituarme a la penumbra y al olor característico de mis últimas experiencias, orines, excrementos y ácido sudor me tupen la nariz, procuro mantener la calma al observar muchos pares de ojos entre blancos y amarillentos que me observan con temor desde el suelo, son un grupo de hombres negros semidesnudos, tan sólo tapados en sus vergüenzas y en los que apenas se les distinguen las negras cadenas que les aprisionan sus muñecas, lo ve fraile, ha perdido el tiempo buscando a su amigo, se le ve que no le gustan estos demonios, al girarme veo a un hombre del mar con largo pelo y grandes barbas que cubren toda su cara, en su grasienta calva un gorro de fina piel que conoció tiempos mejores, por las manchas que se le ven parecen mapas de tierras lejanas como los que he visto en libros antiguos, de su boca sale una humareda apestosa expelida del extremo de un cilindro marrón, al que llama cohíba o tabaco, el capitán Salvatierra, así lo llaman sus marineros, mi compañero, se acerca al capitán para indicarle que no puedo hablar y que se equivoca al comentar mi repulsión por otras razas, son seres humanos hijos de un único Dios … no hay tiempo que perder con sermones en tierra yerma, le indico traer abundante agua caliente, mantas, comida y medicinas.
Ya llevo dos días en este albergue tratando de revivir a estos pobres desgraciados, con paciencia me he ganado su confianza y hemos logrado salvarlos a todos después de que vieran tan cerca la muerte, algunos parecía no importarle morir creo preferible no saber todo lo que habrán sufrido, han sido bañados, curados de laceraciones, marcas de golpes pero sobre todo han comido como desesperados, no han probado la carne imagino por causa de sus creencias en el Islam y con ayuda de las señoras moriscas entiendo gran parte de sus necesidades, ahora ya me siento mejor, me siento útil y reconfortado, me he retirado a descansar y encontrarme con la unión de mi propio Dios, mis oraciones y mis temores.
Hermano Serafín, ese es el nombre de ahora mi entrañable amigo el misterioso y parlanchín fraile, Dios, habla más que un corro de viejas en un mercado, en ocasiones le señalo con un dedo mis labios para callarlo a lo que se ruboriza como un niño y me pide disculpas, nuevamente empieza a contarme de su carácter nervioso y vuelvo a decirle que se calle, es un buen chico, jovencito, nervioso pero de gran corazón, se ha convertido en mi sombra con el pretexto según me cuenta para aprender de mis conocimientos médicos a lo que procuro enseñar con infinita paciencia, las cosas empiezan a mejorar por no disponer de tiempo en muchas distracciones, únicamente por las noches suelo reunirme con el capitán del barco que trajo desde las costas de África un cargamento de esclavos para posteriormente venderlos en las Indias, su tripulación de marinos también se reúnen con nosotros y dentro de las diversas procedencias del mundo mi mente se imagina que los hombres pueden tener otras esperanzas que las que hasta ahora he conocido, pronto zarpará nuevamente con víveres que se cargan frenéticamente en su navío, ha insistido en pagarme por haber tratado bien su “mercancía “ lo he saldado con un enérgico puñetazo en la mesa ante el comentario, después de quedarse sorprendido a soltado una gran carcajada y de una palmada en mi espalda casi me rompe la columna, no puedo conseguir cambiar las mentalidades con tanta facilidad cuando lo único que les motiva para cualquier acción tiene que ver con un precio en monedas, así son los corazones corruptos y pecadores de las gentes que me rodean.
Sólo quisiera pedirle un último favor, me comentó el capitán antes de su despedida en los muelles de Sevilla, verá padrecito, me decía siempre con respeto para evitar ofenderme con su sucia lengua, desde nuestra conversación evitaba en mi compañía decir palabrotas mal sonantes y blasfemias, así mismo la fea costumbre de escupir al suelo como un judío, sabrá usted, continuó, que para poder embarcar a los esclavos necesitan la documentación en regla, la Santa Inquisición está metiendo las narices en todo aquello en lo que se pueda sacar tajada, me he negado en ayudarles económicamente con algún dispendio económico y por ello me exigen que los negritos tienen que estar bautizados, sabe padrecito? aparte de usted y su amigo Serafín no me gustan los monigotes, así era como definía a los servidores de Cristo la ocasión en la que hablé con ellos me obligaron a tirar mi cohíba alegando que sólo el diablo podía echar humo por la boca, pandilla de ignorantes santurrones, son buitres carroñeros, viajaremos a la isla de Cuba donde no se permite desembarcar mano de obra para las colonias si no son hijos de Dios. Este hecho fue uno de los momentos más entrañables de mi vida, sentía que había sido elegido como un humilde servidor de la Gracia Divina y por ello en mi mano estaba el destino de aquellos infelices de incierto destino, así lo hice, casualmente no tuve que pensar mucho en los nombres a bautizar, eran doce, sus nombres serían los de los apóstoles de Jesús para sembrar con nuevos cristianos el nuevo mundo, al primero que conocí y curé lo llamé Pedro, al capitán Salvatierra le pedí que cuidara de ellos y los alimentara con fruta y verdura fresca a lo que me comentó, daba por perdida una gran suma de dinero al creer que estaban medio muertos gracias a usted podré sacar unos buenos cuartos al llegar a mi destino, descuide padrecito, cuidaré de sus almas y brindaré con buen vino a su salud desde que vuelva a pisar tierra y los haya vendido.
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