CAPITULO
L
Chamán
Los días transcurren en su monotonía
habitual, todos esperamos a un nuevo amanecer para evaluar que nos depara el
clima y la caprichosa naturaleza, según he oído ya faltan pocas jornadas para
llegar a nuestro destino, las ciudades de Khiva y Bukhara en el país de China,
allí venderán la remesa de esclavos que todavía tienen fuerzas por vivir, he
visto atónito como alimentan a estos desgraciados copiosamente con todos los
despojos de las matanzas de los cerdos, a base de grasas intentan engordarlos
para conseguir un mejor precio en el principal mercado de tráfico humano, se me
encoge el corazón al verles rechazar una comida a la que no están acostumbrados
y algunos se revelan vomitando copiosamente blasfemando contra sus opresores,
la respuesta no se hace esperar, el látigo y las cadenas consiguen apaciguar
los ánimos, intento cerrar los ojos pero no puedo evitar escuchar el chasquido
del flagelo contra la carne, poco después
consigo algunas monedas por curar sus cicatrices, no me siento mejor que
las aves carroñeras que esperan su festín a merced de la muerte de los vivos,
tiempos difíciles en los que la hambruna y la tiranía son manejados por quienes
desde sus tronos de oro nos observan para impartir sus leyes.
Llevo toda una vida huyendo del
poder de la Iglesia de Roma, intento con mis plegarias y rezos la unión
espiritual de Jesucristo con la conciencia humana, me siento un fracasado en
mis vanos intentos, el hombre es una bestia contra sus semejantes, el poder de
la oración tan solo sirve para acongojar afligidos corazones cuando sienten en
su propia carne el dolor y el sufrimiento para a continuación alzar el brazo y
descargar odio a quienes no conocen la violencia gratuita. No puedo olvidar a
tantos esclavos de piel color azabache, ojos amarillentos que me preguntan sin
palabras en sus aterrorizados ojos unas respuestas que ni yo mismo entiendo, he
cursado muchos años de estudio, interminables horas de lectura, visitado
pueblos, aldeas, ciudades, he convivido con distintas religiones y credos con
sus costumbres paganas pero me doy cuenta que por ser cristiano con un pasado
jesuita no me hace mejor ni diferente de quienes he conocido, hoy es un día en
el que con mi turbante escondo el rostro por el estupor de lo que vivo, mis
lágrimas esconden la profunda pena de sentirme inútil en mis intentos
fantasiosos por cambiar el mundo, miro al cielo buscando una respuesta para un
Dios que si me ve pueda entender de mi sufrimiento al sentirme tan inútil.
He tomado una decisión sometido a
los caprichos del azar, he tenido la suerte de llegar exhausto pero vivo a una
expedición tan peligrosa, atrás quedan los que han muerto al precipitarse con
sus bestias de carga por barrancos pedregosos y acantilados de piedras afiladas
como cuchillos, oigo a los viajeros que nos encontramos en el Tíbet, un
territorio en conflicto con las tribus beligerantes mongolas y con enfrentamientos
con sus vecinos al otro lado de la frontera, profesan una religión de la que no
había oído hablar antes, siglos atrás su fundador Guru Rinpoché instauró una
forma de vida para sus discípulos llamado Budismo Mahayana basado en el
conocimiento y la evolución personal, su capital Lhasa permanece a cubierto por
las más altas montañas que jamás había visto, en sus cumbres permanece inerte la nieve azotada por el viento de las cumbres
levantando blancas cortinas, afortunadamente no hemos sido atacados por los
muchos bandidos que acechan los caminos por ello haré un alto en mi camino para
cuando mi ánimo y mi espíritu se encuentren en armonía con mi Dios o quizás
cuando encuentre una señal no tan lejos de la ciudad de Chang’an, destino final
de tantos viajeros que emprendimos esta tortuosa ruta de la seda.
Me
he despedido de la forma acostumbrada en estos parajes tan desolados, tomando
en mis manos las de los que hasta ahora compartieron conmigo su vida y miserias
transmitiendo el afecto del contacto de las manos, deseando que encuentren la
paz en sus corazones y la sabiduría que concede la experiencia para poder
disfrutar de unos bienes terrenales sin guerras ni rencores por quienes no
comparten las mismas ideas, siento en mi corazón la desazón por mi futuro,
pienso quizás iluso de mi que todo en esta vida tiene un significado y mi búsqueda
por el misterio del objeto que siempre me acompaña tiene un próximo desenlace a
mi angustia, presiento en el latir agitado de mi pecho que tomo la decisión
correcta, que Dios cuide mis pasos.
El perro que hasta ahora me había
dado su cariño y fidelidad no ha vacilado en continuar con la caravana de
viajeros, bien sabe el pobre animal que vale más una barriga llena con los
pocos despojos que pueda conseguir que el cariño vacío de palabras sin consuelo
para subsistir en mi compañía, me pregunto en mi estado de tristeza en que me
diferencio de un perro, vagabundo errante por el mundo en busca de una quimera
que quizás nunca llegue a conocer y sin querer recuerdo una frase que me alguien
me dijo en una ocasión sin poder olvidarla “el secreto del éxito estriba en la
constancia del propósito”, vuelve una sonrisa a mi rostro por la fama que me
gané siendo niño de terco y curioso, mientras recojo mis pocos enseres para
continuar mi camino vuelve mi sonrisa, alzo la mirada al cielo recordando
cuando le preguntaba a mi madre por las personas que se morían, a lo que ella
con infinita paciencia me señalaba el cielo para decirme que me veían sentados
en la corte celestial, ahora contemplo extasiado las inmensas montañas con la
esperanza infantil de encontrarme con la mirada complaciente de tantos seres
queridos que abandonaron esta tierra de dolor y angustia.
El aire acaricia mi rostro trayendo
la esencia de la tierra húmeda sin conseguir despejar el agudo dolor de cabeza
que me aqueja desde hace varios días, me siento agotado al intentar mantenerme alerta
en un país extraño empapándome de sus paisajes, temo a la oscuridad cuando me veo tan cansado
y dolorido, distraído siento en mi cuerpo el incesante golpear del bastón que
me sirve de apoyo mientras doy pasos inciertos entre piedras, no muy lejos
apartado del camino unas rocas serán mi refugio antes de que me alcance la
oscuridad de la noche. He descubierto mi cabeza del turbante buscando el alivio
del aire frío, sentado en el pedregoso suelo noto como mis pulmones agitan mi
pecho viéndolo todo entre realidad y sueño agónico, desconozco cuanto tiempo
permanecí tumbado en el suelo hasta que noté la presencia de un campesino a
pocos pasos sentado de cuclillas frente a mí, un pequeño anciano de edad
indefinida, cabeza rasurada y rostro surcado por las huellas de la inclemencia
del rigor climático, una túnica de colores rojizos gastada por el tiempo cubría
su cuerpo dejando un hombro al descubierto, sin apenas hacer ruido se acercó a
mi extendiendo sus dedos para palpar la cicatriz en forma de pez que marca mi
sien desde aquel fatídico día en que me alcanzó un rayo siendo un niño.
Hay algo en este anciano que me
transmite confianza, no dudo de lo que percibo de las personas cuando las
contemplo quizás tan solo se trate de algo que con el tiempo me ayuda a
percibir los peligros del entorno hostil al que estoy acostumbrado, sus
movimientos son apenas perceptibles, mientras habla con una voz monótona y
cadenciosa apenas audible en un susurro extrae de una bolsita que lleva en su
cintura unas hojas que dobla entre sus manos callosas, las aplasta hasta
conseguir una pequeña bola y con suaves gestos acompañado de una sonrisa me
indica que las mastique. Al poco tiempo noto que mi cabeza se despeja en una
nube de vapores, ha desaparecido el agudo dolor de cabeza que me atormentaba,
me habla incesantemente con una letanía, sobre sus finos labios un bigotito que
se asemeja a una fila de hormigas deshilachadas en finos pelos de su barbilla,
apenas le distingo los ojos, pequeños y rasgados de mirada penetrante sin
atisbo con ello de retarme, es más bien una tensa espera de conseguir una
respuesta por mi parte que con señas le doy a entender mi carencia del habla,
noto como los jugos producto de las hojas que me ha dado consiguen adormecer
mis sentidos aportando a mi cansado cuerpo de una energía que a la vez me
mantiene sereno y tranquilo, quizás se trate de un chamán de estas extrañas tierras
con los poderes antiguos que tan solo otorga Dios por medio de la sanación de
las plantas. Mis recuerdos son borrosos y aún mi mente intenta discernir si fue
una de las pesadillas que atormentan mi mente en la duda de mi locura, lo
último que recuerdo con inquietud fue que él misterioso anciano tomó en sus
manos el báculo que siempre me acompañaba y sin dejar de recitar lo que quizás
se tratara de alguna invocación o rezo de su ancestral lengua marcó en el suelo
frente a mí un dibujo sencillo, algo que por lo simple de su trazo transmitía
el misterio y la sabiduría de la creación del mundo de la cristiandad, dos
líneas curvas cruzadas con forma de pez, mi cuerpo se estremeció por el respeto
y el miedo, no cabía duda de que su significado religioso no era casual.
Los sueños me acompañaron sin la
inquietud a la que estaba acostumbrado, me sentía relajado al cobijo del viento
en mi refugio, fue una noche muy larga, recuerdo verme corriendo con una pesada
carga sobre mi espalda, no se trataba de una huida quizás fuera la persecución
de algo que no llegaba hasta mí, la sensación en mi cuerpo era desesperante
cuanto más corría más lejos me encontraba de mi destino. Cuando desperté me
sentía fortalecido de una energía ya olvidada, feliz y tranquilo, busqué al
anciano para agradecer su bondad pero el aire frío al amanecer me hizo volver
mis pasos en la duda por sentirme nuevamente solo, recogí a tientas mi bolsa de
escritura nervioso por alcanzar el báculo con la joya escondida en su interior,
recordaba el sueño y con un escalofrío supe que la carga sobre mi espalda era
su misterio, siempre he procurado establecer un orden en mis acciones, todo
tiene una pregunta y por consiguiente una respuesta pero el significado del
objeto que portaba desde mi infancia conseguía llenarme de esperanza y por
consiguiente del temor por su vínculo en el transcurrir de un viaje que se me
hacía interminable.
Busqué en la tierra el símbolo del
pez sin encontrarlo, el anciano quizás tan solo fue un espejismo de mi mente,
en momentos de miedo y sin encontrar una razón lógica para ello, el instinto me
obligaba a cubrirme nuevamente la cabeza con el turbante dejando apenas visible
lo suficiente para poder ver, una capa cubría mis hombros con la esperanza que
si algún espíritu rondaba en aquel lugar no me encontraría escondido bajo mis
ropas, me había apartado de Dios, rezaba mentalmente suplicándole para que me perdonara, la campanilla del
bastón tintineaba mientras caminaba alerta para quien se cruzara en mi camino
supiera del peligro de encontrarse con un loco.
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