miércoles, 22 de agosto de 2012

CAPITULO L Chamán


           



             

           

           

                                                                        CAPITULO L
                                                                            Chamán




            Los días transcurren en su monotonía habitual, todos esperamos a un nuevo amanecer para evaluar que nos depara el clima y la caprichosa naturaleza, según he oído ya faltan pocas jornadas para llegar a nuestro destino, las ciudades de Khiva y Bukhara en el país de China, allí venderán la remesa de esclavos que todavía tienen fuerzas por vivir, he visto atónito como alimentan a estos desgraciados copiosamente con todos los despojos de las matanzas de los cerdos, a base de grasas intentan engordarlos para conseguir un mejor precio en el principal mercado de tráfico humano, se me encoge el corazón al verles rechazar una comida a la que no están acostumbrados y algunos se revelan vomitando copiosamente blasfemando contra sus opresores, la respuesta no se hace esperar, el látigo y las cadenas consiguen apaciguar los ánimos, intento cerrar los ojos pero no puedo evitar escuchar el chasquido del flagelo contra la carne, poco después  consigo algunas monedas por curar sus cicatrices, no me siento mejor que las aves carroñeras que esperan su festín a merced de la muerte de los vivos, tiempos difíciles en los que la hambruna y la tiranía son manejados por quienes desde sus tronos de oro nos observan para impartir sus leyes.

            Llevo toda una vida huyendo del poder de la Iglesia de Roma, intento con mis plegarias y rezos la unión espiritual de Jesucristo con la conciencia humana, me siento un fracasado en mis vanos intentos, el hombre es una bestia contra sus semejantes, el poder de la oración tan solo sirve para acongojar afligidos corazones cuando sienten en su propia carne el dolor y el sufrimiento para a continuación alzar el brazo y descargar odio a quienes no conocen la violencia gratuita. No puedo olvidar a tantos esclavos de piel color azabache, ojos amarillentos que me preguntan sin palabras en sus aterrorizados ojos unas respuestas que ni yo mismo entiendo, he cursado muchos años de estudio, interminables horas de lectura, visitado pueblos, aldeas, ciudades, he convivido con distintas religiones y credos con sus costumbres paganas pero me doy cuenta que por ser cristiano con un pasado jesuita no me hace mejor ni diferente de quienes he conocido, hoy es un día en el que con mi turbante escondo el rostro por el estupor de lo que vivo, mis lágrimas esconden la profunda pena de sentirme inútil en mis intentos fantasiosos por cambiar el mundo, miro al cielo buscando una respuesta para un Dios que si me ve pueda entender de mi sufrimiento al sentirme tan inútil.

            He tomado una decisión sometido a los caprichos del azar, he tenido la suerte de llegar exhausto pero vivo a una expedición tan peligrosa, atrás quedan los que han muerto al precipitarse con sus bestias de carga por barrancos pedregosos y acantilados de piedras afiladas como cuchillos, oigo a los viajeros que nos encontramos en el Tíbet, un territorio en conflicto con las tribus beligerantes mongolas y con enfrentamientos con sus vecinos al otro lado de la frontera, profesan una religión de la que no había oído hablar antes, siglos atrás su fundador Guru Rinpoché instauró una forma de vida para sus discípulos llamado Budismo Mahayana basado en el conocimiento y la evolución personal, su capital Lhasa permanece a cubierto por las más altas montañas que jamás había visto, en sus cumbres permanece inerte  la nieve azotada por el viento de las cumbres levantando blancas cortinas, afortunadamente no hemos sido atacados por los muchos bandidos que acechan los caminos por ello haré un alto en mi camino para cuando mi ánimo y mi espíritu se encuentren en armonía con mi Dios o quizás cuando encuentre una señal no tan lejos de la ciudad de Chang’an, destino final de tantos viajeros que emprendimos esta tortuosa ruta de la seda.

Me he despedido de la forma acostumbrada en estos parajes tan desolados, tomando en mis manos las de los que hasta ahora compartieron conmigo su vida y miserias transmitiendo el afecto del contacto de las manos, deseando que encuentren la paz en sus corazones y la sabiduría que concede la experiencia para poder disfrutar de unos bienes terrenales sin guerras ni rencores por quienes no comparten las mismas ideas, siento en mi corazón la desazón por mi futuro, pienso quizás iluso de mi que todo en esta vida tiene un significado y mi búsqueda por el misterio del objeto que siempre me acompaña tiene un próximo desenlace a mi angustia, presiento en el latir agitado de mi pecho que tomo la decisión correcta, que Dios cuide mis pasos.

            El perro que hasta ahora me había dado su cariño y fidelidad no ha vacilado en continuar con la caravana de viajeros, bien sabe el pobre animal que vale más una barriga llena con los pocos despojos que pueda conseguir que el cariño vacío de palabras sin consuelo para subsistir en mi compañía, me pregunto en mi estado de tristeza en que me diferencio de un perro, vagabundo errante por el mundo en busca de una quimera que quizás nunca llegue a conocer y sin querer recuerdo una frase que me alguien me dijo en una ocasión sin poder olvidarla “el secreto del éxito estriba en la constancia del propósito”, vuelve una sonrisa a mi rostro por la fama que me gané siendo niño de terco y curioso, mientras recojo mis pocos enseres para continuar mi camino vuelve mi sonrisa, alzo la mirada al cielo recordando cuando le preguntaba a mi madre por las personas que se morían, a lo que ella con infinita paciencia me señalaba el cielo para decirme que me veían sentados en la corte celestial, ahora contemplo extasiado las inmensas montañas con la esperanza infantil de encontrarme con la mirada complaciente de tantos seres queridos que abandonaron esta tierra de dolor y angustia.

            El aire acaricia mi rostro trayendo la esencia de la tierra húmeda sin conseguir despejar el agudo dolor de cabeza que me aqueja desde hace varios días, me siento agotado al intentar mantenerme alerta en un país extraño empapándome de sus paisajes,  temo a la oscuridad cuando me veo tan cansado y dolorido, distraído siento en mi cuerpo el incesante golpear del bastón que me sirve de apoyo mientras doy pasos inciertos entre piedras, no muy lejos apartado del camino unas rocas serán mi refugio antes de que me alcance la oscuridad de la noche. He descubierto mi cabeza del turbante buscando el alivio del aire frío, sentado en el pedregoso suelo noto como mis pulmones agitan mi pecho viéndolo todo entre realidad y sueño agónico, desconozco cuanto tiempo permanecí tumbado en el suelo hasta que noté la presencia de un campesino a pocos pasos sentado de cuclillas frente a mí, un pequeño anciano de edad indefinida, cabeza rasurada y rostro surcado por las huellas de la inclemencia del rigor climático, una túnica de colores rojizos gastada por el tiempo cubría su cuerpo dejando un hombro al descubierto, sin apenas hacer ruido se acercó a mi extendiendo sus dedos para palpar la cicatriz en forma de pez que marca mi sien desde aquel fatídico día en que me alcanzó un rayo siendo un niño.

            Hay algo en este anciano que me transmite confianza, no dudo de lo que percibo de las personas cuando las contemplo quizás tan solo se trate de algo que con el tiempo me ayuda a percibir los peligros del entorno hostil al que estoy acostumbrado, sus movimientos son apenas perceptibles, mientras habla con una voz monótona y cadenciosa apenas audible en un susurro extrae de una bolsita que lleva en su cintura unas hojas que dobla entre sus manos callosas, las aplasta hasta conseguir una pequeña bola y con suaves gestos acompañado de una sonrisa me indica que las mastique. Al poco tiempo noto que mi cabeza se despeja en una nube de vapores, ha desaparecido el agudo dolor de cabeza que me atormentaba, me habla incesantemente con una letanía, sobre sus finos labios un bigotito que se asemeja a una fila de hormigas deshilachadas en finos pelos de su barbilla, apenas le distingo los ojos, pequeños y rasgados de mirada penetrante sin atisbo con ello de retarme, es más bien una tensa espera de conseguir una respuesta por mi parte que con señas le doy a entender mi carencia del habla, noto como los jugos producto de las hojas que me ha dado consiguen adormecer mis sentidos aportando a mi cansado cuerpo de una energía que a la vez me mantiene sereno y tranquilo, quizás se trate de un chamán de estas extrañas tierras con los poderes antiguos que tan solo otorga Dios por medio de la sanación de las plantas. Mis recuerdos son borrosos y aún mi mente intenta discernir si fue una de las pesadillas que atormentan mi mente en la duda de mi locura, lo último que recuerdo con inquietud fue que él misterioso anciano tomó en sus manos el báculo que siempre me acompañaba y sin dejar de recitar lo que quizás se tratara de alguna invocación o rezo de su ancestral lengua marcó en el suelo frente a mí un dibujo sencillo, algo que por lo simple de su trazo transmitía el misterio y la sabiduría de la creación del mundo de la cristiandad, dos líneas curvas cruzadas con forma de pez, mi cuerpo se estremeció por el respeto y el miedo, no cabía duda de que su significado religioso no era casual.

            Los sueños me acompañaron sin la inquietud a la que estaba acostumbrado, me sentía relajado al cobijo del viento en mi refugio, fue una noche muy larga, recuerdo verme corriendo con una pesada carga sobre mi espalda, no se trataba de una huida quizás fuera la persecución de algo que no llegaba hasta mí, la sensación en mi cuerpo era desesperante cuanto más corría más lejos me encontraba de mi destino. Cuando desperté me sentía fortalecido de una energía ya olvidada, feliz y tranquilo, busqué al anciano para agradecer su bondad pero el aire frío al amanecer me hizo volver mis pasos en la duda por sentirme nuevamente solo, recogí a tientas mi bolsa de escritura nervioso por alcanzar el báculo con la joya escondida en su interior, recordaba el sueño y con un escalofrío supe que la carga sobre mi espalda era su misterio, siempre he procurado establecer un orden en mis acciones, todo tiene una pregunta y por consiguiente una respuesta pero el significado del objeto que portaba desde mi infancia conseguía llenarme de esperanza y por consiguiente del temor por su vínculo en el transcurrir de un viaje que se me hacía interminable.

            Busqué en la tierra el símbolo del pez sin encontrarlo, el anciano quizás tan solo fue un espejismo de mi mente, en momentos de miedo y sin encontrar una razón lógica para ello, el instinto me obligaba a cubrirme nuevamente la cabeza con el turbante dejando apenas visible lo suficiente para poder ver, una capa cubría mis hombros con la esperanza que si algún espíritu rondaba en aquel lugar no me encontraría escondido bajo mis ropas, me había apartado de Dios, rezaba mentalmente suplicándole  para que me perdonara, la campanilla del bastón tintineaba mientras caminaba alerta para quien se cruzara en mi camino supiera del peligro de encontrarse con un loco.

No hay comentarios:

Publicar un comentario