jueves, 30 de agosto de 2012

CAPITULO LI, El olor del miedo.


                                                                     CAPITULO LI
                                                                   El olor del miedo

 

 

            En el horizonte asomaba el sol con todo el despliegue de matices anaranjados a través de finas nubes, el invierno estaba a punto de llegar a estas lejanas tierras, añoraba mi infancia al jugar con la nieve y volvían mis recuerdos al ser tan feliz en mi ignorancia libre de preocupaciones, siempre había tenido la curiosidad por fantasear con un astro que igual iluminaba cualquier hogar del mundo así se tratara de ricos o pobres no habían distinciones para un Dios omnipresente en su infinita gracia, tristemente su iglesia en el mundo era gobernada por hombres sin escrúpulos con sus semejantes.

            Distraído en mis cábalas reparé en que mi estomago necesitaba comer, en el horizonte distinguía una fina columna de humo, señal de que en la distancia se encontraba uno de los asentamientos en los que comerciantes esperaban pacientemente el paso de  las caravanas para pertrechar de bestias de refresco para continuar viaje, lugar de reposo y avituallamiento también parada obligatoria en el pago de impuestos para continuar viaje, destacamentos del ejercito mantenían guardia en celosa vigilancia de fronteras en los confines de la civilización, los mercaderes conscientes del pago por atravesar tierras de herejes y bandidos tenían asumido la merma de sus bolsillos por unas monedas que a cambio ofrecían la protección a los ricos truhanes preocupados de no perder la vida y sus riquezas, había oído que a poca distancia se extendían inmensos mares de arena hasta donde alcanzaba la vista y muchos decían que emprender la marcha significaba casi siempre una vuelta sin retorno buscando una muerte segura.

            Hasta ahora no me había dado cuenta de la necesidad del hombre por encontrar compañía, el viento azota mi cuerpo evitando pensar con claridad, el mismo viento que en zonas costeras españolas era capaz de trastornar la mente de sus habitantes filtrando en sus cabezas el silvido de la locura, camino por estas tierras abandonadas por la mano de Dios en las que tan solo predominan las piedras, la tierra y las montañas sin apenas rastros de vegetación alguna, la visión de la antesala del infierno, no puedo imaginar por mis lecturas antes de emprender el viaje por encontrar una ciudad llamada Samarkanda en la que audaces escritores antiguos situaban el Paraíso Terrenal de las Sagradas Escrituras, a poco de continuar mi camino me llegaron las primeras gotas de lluvia, el aire soplaba amenazador y lo que comenzó como un leve rocío se convirtió en un aluvión de agua. Lágrimas de felicidad que empapaban mis ropas sucias y despejaban mi cabeza, una sensación de que el agua sobre mi cuerpo ahora completamente desnudo me unía a los poderes del cielo, me sentía pletórico de fuerza y agradecido por desprenderme de la suciedad y la tristeza que me abandonaba con hilillos de tierra rojiza desde la cabeza a los pies, lavé con entusiasmo toda mi ropa y cuerpo, la piel al contacto del frescor de la lluvia levantaba pequeñas nubes de vapor evaporando con ello todo rastro de preocupaciones en mi mente, me sentía limpio y tan pronto como empezó la lluvia cesó dando paso a un cielo completamente despejado y azul.

            El asentamiento fronterizo ocupaba una gran extensión de terreno al final de un valle rodeado de murallas naturales de cimas montañosas, el paisaje había cambiado en beneficio de unos prados con vegetación de matorrales espinosos y pequeñas extensiones de campos labrados por campesinos mongoles, un rio descendía caudaloso a poca distancia alimentado por el caudal que descendía en cascadas de las montañas al derretirse la nieve en sus cumbres, cientos de pequeños caballos trotaban nerviosos dentro de corrales de piedra al igual que camellos y burros, un grupo de hombres vigilaban a un gran rebaño de toros lanudos a los que llamaban yaks, ya próximo a estas bestias me doy cuenta de su mansedumbre en comparación con las reses bravas españolas, percibo a mi alrededor las miradas desconfiadas por mi presencia, me da la impresión que contemplo un cuadro inmóvil en el que soy la novedad para estas gentes, tan solo unos niños se atreven a continuar con sus juegos ahora sujetos a las madres que corren a rescatarlos del posible peligro de mi presencia, otras mujeres se dedican afanosamente al cultivo de sus huertos, atados a sus espaldas por una ancha tela quedan sujetos los bebés lactantes como un fardo mientras las mujeres se agachan y se levantan abriendo surcos en el barro de los campos sin dejar de mirarme con curiosidad.

            Un grupo de ancianos permanecen sentados a las puertas de un arco de entrada a una plaza tan grande como una pequeña ciudad, antes de cruzar el umbral de sus puertas inclino mi cabeza hasta la cintura uniendo mis manos al igual que una plegaria tal y como he visto observando a muchas culturas en señal de humildad, hospitalidad y aceptación, las manos son una señal inequívoca de no portar armas a disposición de encomendar mi vida a las leyes de sus habitantes. Al igual que en otros países que he visitado diferentes grupos de gentes que se mantienen distantes según su procedencia, cultura y religión, mis ropajes no difieren mucho del gentío que se afanan en sus trabajos dentro de esta ciudad fortaleza, a gritos intentan vender especias de grandes sacos coloridos, telas de impresionante belleza cubren las entradas de sus tiendas, otros oran a la sombra de portales leyendo libros invisibles de sus manos abiertas acompasando sus canticos con suaves movimientos de cintura, puedo entender palabras sueltas en distintos idiomas dentro de un mar de almas que sobreviven ocultos a miradas extranjeras. Al sur distingo un arco de piedra abierto a un horizonte lejano por donde abandonan los viajeros este punto de abastecimiento, una parada para el viajero que con el tiempo se ha convertido en encuentro de la necesidad humana por conocer los confines del mundo y sus riquezas.

            Me sobresalto al notar un tirón de mi ropa a mi espalda, por la altura y la presión imagino se trate de algún niño con ganas de jugar con alguien nuevo, al girarme efectivamente bajo la mirada y me llevo un buen susto, no se trata de un niño, es un hombre pequeñito con cara deforme y mirada de viejo, un enano de rasgos orientales que me increpa con ademanes de sus bracitos pequeños pero musculosos para que le siga, recobrado del susto por su presencia marcho a cierta distancia del hombrecito distraído observando sus cortas piernitas arqueadas y su decisión al marcar el paso, nos adentramos en una taberna oscura como la boca del lobo, una amplia estancia con una hoguera a modo de cocina de piedra en el centro y grandes esteras en el suelo para sentarse, debéis ser el extranjero mudo que metió en cintura al porquero, sentado en el suelo al fondo de la habitación me habla un hombre de barba cerrada y orondo cuerpo que se sacude entre risotadas al observarme, mientras me acostumbro a la penumbra distingo al menos una docena de hombres armados con espadas y dagas curvas ceñidas de sus fajines, olores extraños invaden mi olfato a restos de comida y a sudores de miedo cuando acecha el peligro por lo desconocido, jamás podré olvidar aquel instante que se me hizo eterno al verme frente a lo que podía interpretarse a un juicio, en la balanza con incierto equilibrio evitaba en mi cabeza traicionarme con movimientos bruscos que pudieran alterar la tensión del momento, mis nudillos blancos por la tensión aferraban con fuerza el báculo en un intento de esforzarme por saber de mi próximo movimiento, a pesar de ir frontalmente en contra de mi fe no estaba dispuesto a sentirme humillado nuevamente por piratas o bandidos.

            Y sin ser consciente de una reacción de mi perturbada mente como un torbellino de agua envenenada oí nuevamente mi voz, en un susurro ronco como el reptar de una serpiente, las palabras brotaron de mi garganta en insultos y frases de burla contra la hombría de los allí presentes, el mundo se paró un instante que se me hizo eterno, el silencio cayó como una pesada lápida preludio a una muerte inminente, el sudor invadía mi cuerpo sorprendido y asustado, mis piernas temblaban y más me aferraba al bastón que mantenía mi cuerpo, sentía palidecer mi rostro y asombrado intentaba pensar como podía hablar después de tantos años con frases insultantes en árabe, el asombro cambió sus rostros tornándose al instante en sonoras carcajadas, en un ademán de autoridad el hombre que parecía el jefe de aquellos bandidos alzó la mano al pequeño hombrecito que raudo apareció con bebidas y vasos, con otro gesto de sus grandes manos me indicó que me acercara a sentarme con ellos. A lo largo de mi vida me había dado cuenta que al igual que los juegos de azar todos disponíamos de la suerte y el ingenio para retar situaciones de astucia, les había desafiado con mi orgullo que no temía a la muerte evitando así un baño de sangre innecesario. Sabía por historias que me habían contado que los animales salvajes presienten la debilidad de su presa tan solo con observarlos, la duda en momentos críticos está la diferencia de ser cazador o presa.

            En compañía de aquellas gentes mi cabeza no cesaba de hacerse preguntas por mi nuevo estado, inconscientemente acariciaba mi garganta mimándola para que no me abandonara nuevamente en mi facultad del habla, la alegría volvía a invadirme después de tantos años de sufrimiento y congoja, el hombre obeso que me daba su hospitalidad dijo llamarse Bashíd, hizo algunas preguntas sobre mi origen y porque me encontraba solo en tierras lejanas, tan solo recuerdo de la precaución en mis mentiras para no ser descubierto en el resto de la conversación, mi voz me sonaba extraña, en ocasiones un ronco estertor de frases que afloraban a mi boca como algo natural mezclando palabras en distintos idiomas para hacerme entender, ahora poseía el don de la palabra y con ello me preguntaba si Dios en su infinita gracia había escuchado mis plegarias o quizás la visita de aquel anciano fuera la razón de tan milagrosa sanación, pronto me dejé ir en mis preocupaciones, Bashíd era de los hombres que les gustaba hablar sin cesar para ser el centro de atención, agradecía la presunción de un personaje charlatán para poder aprender algo nuevo en mi descanso.

            Una nueva etapa de mi vida comenzaba con tan bruscos cambios conocedor de la perdida de los valores que había dejado en el camino, ya no era un fraile jesuita de expresión bondadosa, en mi alma anidaba la fe en Cristo junto a los demonios dormidos de la conciencia humana, la verdad y la mentira pugnaban por encontrar un lugar en mi actual situación, un juego peligroso para apostar por la vida.

                                                                      

             

           

                                                          

           

           

             

                                                          

 

 

           

           

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