CAPITULO XLIX
Mierda
y Manteca
Emprendí el viaje sin dificultades,
acepté de buen grado el quedar relegado al final de una larga caravana que se
perdía en el horizonte con cientos de camellos y animales de carga, nos
llamaban los miserables, carentes de dinero y objetos de valor íbamos a la cola
de la expedición, la parte expuesta a los ataques de cualquier perseguidor
tanto por bandidos ávidos del robo como de los animales devoradores de hombres
que acechaban en las grandes extensiones de terreno que se perdían en el
horizonte. Aquí también existían las clases sociales no escritas en las que por
intuición había que respetar bajo castigos severos de quienes vigilaban el
orden y la disciplina, la ley era impartida bajo la ley del islam con penas
sobre los delitos que iban desde la amputación de las manos por hurto hasta
terribles torturas por otros vicios catalogados en su libro sagrado El Corán.
Junto a mí viajaban familias
enteras con sus pocos enseres, cargando a hombros enormes fardos testigos de la
pobreza de sus vidas pasadas, inválidos, enfermos, ciegos y desamparados de
Dios arrastrábamos nuestra penuria asfixiados por el polvo del camino detrás de
nubes de tierra que levantaban nuestros antecesores, me llamaba la atención las
peleas de quienes viajaban a mi lado por disputarse los enormes montones de
heces calientes que dejaban al paso camellos y bestias, cargados con grandes
cestos hechos de palma que llevaban a sus espaldas cargando el peso de cuanto
excrementos pudieran para cuando llegada la noche negociar con tanta mierda,
aquí nada se desperdiciaba, secada al ardiente sol durante los pocos descansos
servía de combustible en las hogueras dada la poca vegetación para hacer fuego
y cocinar, solía compartir buenos ratos descansando oyendo alegres historias de
anteriores expediciones saboreando los intensos aromas del té, no se trataba
tan solo de beber, para algunas culturas consiste en una ceremonia para
estrechar lazos de amistad y cortesía.
Cuando vives en la miseria algo en el
ser humano hace que casi todo se pueda compartir, mi misión era de intentar
curar heridas y aplicar remedios a todos aquellos que lo necesitaran, podía
entender su lengua y agradecían mi silencio con el respeto de mi fuerza y
corpulencia, poco a poco me fui ganando la confianza de quienes me miraban con
suspicacia al desconocer de mis orígenes, bien podía pasar por un árabe por mi
indumentaria y mi color de piel que cada vez era más oscura. Así conseguía
exiguos alimentos con los que poder aguantar las grandes distancias a los que
nos veíamos sometidos, atrás quedaban muchos días cadáveres secos como pellejos
de quienes no estaban preparados para el viaje, nadie miraba a los caídos por
miedo a contagiarse de cualquier enfermedad desconocida, no hay tiempo para
cavar tumbas, en mi mente rezo por sus almas para que puedan conseguir la paz
eterna, aquí la convivencia está basada en las costumbres de cada etnia y
cultura, el respeto por las diferentes religiones y las diferentes practicas de
cada doctrina, los hay fieles a Cristo y a Mahoma, los primeros comen cerdo y
los segundos lo consideran un pecado contra su profeta.
Durante años he procurado evitar comer carne
de cualquier animal, las pocas veces que he conseguido tragarla a sido con tal
asco que mi estomago no ha podido resistirlo, en mi cabeza existe un rechazo
por ver como las moscas verdes engordan zumbando alrededor de los excrementos
para volar en enjambres raudas a terminar su festín en la carne de animales
sacrificados para saciar el hambre de los hombres, desconozco si mi proceder es
el adecuado pero aún me mantengo con fuerza para evitar una tentación que crea
malestar en mi cuerpo. A veces me distraigo mirando los pequeños ojillos de una
piara de cerdos que perezosos y gruñones caminan a pocos pasos por delante de
mí, comen absolutamente de todo, cualquier desperdicio es motivo del resoplar
de sus hocicos levantando pequeñas nubes de tierra al olisquear mientras trotan
con sus orondos cuerpos, el que los cuida no me ha quitado ojo durante varios
días, es un hombretón al que llaman Manteca, mucho me hace pensar de sus malas
intenciones, al observarlo a distancia he visto como abusa de su enorme
estatura y corpulencia para conseguir cualquier cosa que se le antoje, me llama
la atención su enorme barriga ceñida por un ancho cinturón parecido a la cincha
de cuero que sujeta la silla de montar a un caballo.
Sucedió un hecho del cual me siento
avergonzado, meses después de abandonar Jerusalén habíamos dejado fronteras y
avanzábamos penosamente por poblados que poco se distinguían del propio
paisaje, casas diseminadas hechas de la propia tierra en ladrillos hechos de
bosta mezclada con paja y tierra, calientes en el frío invierno y aislante
natural de los rigores del sol y los vientos cálidos del verano, Manteca, el
porquero cada vez se sentía más osado y ufano en sus brutalidades con el resto
de viajeros, al tratarse de un comerciante de origen castellano no estaba
sujeto a la justicia musulmana por ello y al ser proveedor de la carne que se
consumía por los ricos mercaderes genoveses y flamencos gozaba del beneplácito
para sus fechorías. Una tarde oí las carcajadas con las que se mofaban sobe sus
cabalgaduras unos viejos judíos ladinos, Manteca había propinado una fuerte
patada a un desgraciado perro que se le cruzó en su camino, el can fue a
refugiarse entre mis piernas con el rabo encogido gimiendo por su desgracia,
recuerdo su mirada lastimera pidiendo socorro con sus quejidos.
Sin prestar atención a la juerga que se había
formado gracias a la brutalidad del porquero me agaché para sujetar al pobre
perro bajo mi brazo, de rodillas distraído intentando consolar al animal
descuidé mi retaguardia por un instante, de lo que resulté sorprendido por una
fuerte patada que me hizo rodar por el suelo, en una reacción inconsciente
solté al perro y alcancé en su extremo al báculo que siempre me acompañaba,
todo sucedió muy rápido, ya había un público expectante para distraerse de la
monotonía y el aburrimiento, el suelo vibraba con la embestida en su loca carrera
y emprendida por Manteca, entre resoplidos y escupitajos de rabia corría a mi
espalda para rematarme con su embestida, extendí mi brazo sujetando con fuerza
el largo bastón haciéndolo girar en un silbido que cortó el aire por un
instante para estrellarse estrepitosamente en su frente, la larga vara vibró
con la violencia del golpe haciendo un
ruido seco al romper piel y huesos, el silencio cayó de repente entre el
numeroso público que se apuraban para no perder detalle, recordé en Sevilla un
festival taurino cuando el toro ensartado por la espada cayó estrepitosamente
contra la arena muerto antes de caer con toda su furia y masa muscular,
afortunadamente el pobre bruto tan solo quedó inconsciente durante toda la
noche, tuvieron que traer un pequeño burro para poder arrastrar su cuerpo
inerte hasta el refugio donde acampaba. Curiosamente gané un paciente al que
poder atender a pesar del pánico que le producía cada vez que me acercaba y a
la vez como una sombra la fidelidad del perro que no se separaría de mí ni un
instante, a partir de aquel día ya no viajaba al final de la caravana, muchos
de los que fueron víctimas de las salvajadas de Manteca me daban muestras de admiración por un acto
tan audaz y temerario, la paz volvía al rebaño y yo volvía a sonreír después de
tanto tiempo pidiéndole perdón a Dios en mis oraciones mentales sin demasiada
devoción.
Hoy
vuelvo a recordar a mi hermano que eligió el fácil camino de la guerra y la violencia
como un vulgar mercenario de las huestes del rey, quizás me planteo la
posibilidad de lo heroico de su voluntad por defender los derechos de sangre en
pos de la libertad a cambio de su propia vida, quizás el necio y ciego he sido
yo, ya he comprobado que mi sangre hierve ante la agresión injustificada, Dios
también tiene una vara de medir los errores y sus castigos no tienen piedad
como espadas flageladoras con las que sus ángeles nos vigilan en nuestras
acciones.
Ya
no llevo la cuenta de tantos países recorridos, incluso he dejado de escribir
en los otros relatos que procuro reflejar de tantas maravillas vistas hasta
ahora, dedico la mayor parte del tiempo a no desfallecer por el agotamiento de
tan fatigoso viaje, la soledad me hace desvariar de la realidad en todo lo que
contemplo, mis ojos cansados ya no son tan agudos como eran, siento los años
castigar mis huesos cuando pasamos del calor de los desiertos a las cumbres de
las montañas con sus rachas de viento gélido, cordilleras de montañas tan majestuosas
en su grandeza como en la propia creación de Nuestro Señor Jesucristo, pienso
en la inmensidad de las distancias en estas tierras paganas donde según las
condiciones de la naturaleza hacen que los hombres empleen todo su ingenio y
astucia para encontrar alimento y refugio, atrás quedó aquel día en el que me
ofrecieron por una cantidad considerable de oro la posibilidad de recorrer la
misma ruta a bordo de un navío, recuerdo que la sangre abandonó mi rostro con
un espasmo de mareo tan solo al recordar pasadas experiencias en el mar.
En
todos los países que he visitado se rinde un culto especial al agua, para ellos
un bien escaso portador de vida, las lluvias escasean en estas tierras pero
existen periodos de tormentas que también consiguen la desgracia con
inundaciones inesperadas, fiel a mis costumbres pasadas acostumbraba en
aprovechar cualquier charca para procurarme el aseo personal, una acción que no
siempre fue bien vista con buenos ojos por el resto de viajeros, las bestias de
carga y el ganado siempre tenían prioridad en ser los primeros en calmar la sed
de las charcas por donde acampáramos, para los nómadas de estas tierras cabras,
vacas, camellos y ovejas son su mayor tesoro y es frecuente en sus saludos
preguntar por la familia y por la salud de sus rebaños de animales.
En
un viaje tan largo he tenido que abrir mi mente a tantas experiencias
desconocidas para mí, ahora me doy cuenta de la ignorancia cuando en mi
juventud creía saber afrontar muchas situaciones comprometidas sin saber de sus
consecuencias, recuerdo en una ocasión preguntarle a uno de mis maestros el
porqué los Papas eran elegidos tan longevos, cuando sus vidas ya veían el ocaso
de los días y sus cuerpos carecían de la fuerza para impartir sus dogmas de fe
a lo que me contestaron, para poder entender de tantos misterios de Dios y de
los hombres harían falta muchas muertes y muchas vidas del hombre ya que la
experiencia de los errores nace el fruto de la corrección para entenderlas.
Puedo entender la esencia de la sabiduría en la experiencia pero también me
planteo si las correcciones de los supuestos errores son la herencia de malos
planteamientos anteriores, la mentira y el engaño puede resultar una herencia
de generación en generación sin que nadie se atreva a discutir sobre su
legitimidad, afortunadamente me siento libre de poder opinar mis dudas sin
ofender a nadie tan solo intensificar mi natural curiosidad por seguir
aprendiendo.
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