lunes, 10 de septiembre de 2012

CAPITULO LIII, Buddha.


 
                                                                         CAPITULO LIII
                                                                     Buddha
                 

 
 
 

Ya me habían advertido del peligro por emprender la marcha en la subida a la montaña sagrada, me obsequiaron con unas cintas de colores que ataron de mi muñeca para protegerme de los espíritus malignos del bosque, pronunciaron palabras de las que a modo de oración sonaban en mis oídos como un murmullo musical sin entender nada de lo que decían, en mi cuello colgaron un cordón con piezas redondas de madera, en ocasiones siendo joven aprendí los misterios del rosario católico llamado así por ofrecerle a la Virgen María en las oraciones las rosas que nos regala la naturaleza, éste acto devoto se realizaba en el recogimiento de la oración al recorrer los veinte misterios de la vida. La diferencia de mi nuevo collar era que se componía de noventa y nueve cuentas, le llaman Tasbih, al deslizar las cuentas entre los dedos pronuncian en silencio venerando todos los nombres sagrados de su Dios Alláh, todo aquel musulmán que conozca los diferentes nombres de su profeta podrá entrar en el paraíso. Pensaba y escribía el árabe, entendía una parte de sus costumbres, Dios tenía muchos nombres por lo que no creía con ello traicionar mi propia religión, si quería continuar aprendiendo tendría que adaptarme a ideas distintas.

Emprendí la subida de la montaña antes de amanecer, no era conveniente que me sorprendiera la noche sin saber orientarme sintiendo la inquietud por lo que supuestamente había visto aquella noche, a pesar de mis temores sentía la necesidad de escalar aquella montaña, quizás si existía un monstruo no sería con el sol cuando apareciera, sabia por rumores en el poblado que aquellas cimas escondían cuevas en las zonas más inaccesibles para el hombre por lo que armado de voluntad y por la curiosidad hincaba mi báculo golpeándolo sobre el terreno con la esperanza de que me diera el valor para continuar el ascenso y con ello evitar los precipicios que cada vez eran más escarpados y peligrosos, a medida que subía la fatiga hacía mella en mi cuerpo, la temperatura había cambiado hasta sentir el aire frio en mis extremidades como cuchillos afilados, las rocas se habían vuelto traicioneras por la humedad del ambiente, el aire pesado y espeso dificultaba mi ascenso obligándome a descansar hasta que mi cuerpo dejara de agitarse preso de la fatiga y el cansancio, Desde lo alto contemplaba un inmenso mar de nubes y en ocasiones dejaban translucir las enormes extensiones de terreno que con distintos matices de colores pardos y verdes parecían un cuadro en continuo movimiento.

Era entrada la tarde cuando tras avanzar entre arboles y vegetación llegué a la cima para ver a cierta distancia el contorno espectral a través de las nubes de un edificio de color amarillo pálido de techos ondulados de tejas rojas y dorados en sus extremos, fundido entre las rocas de la montaña era difícil distinguirlo a pesar de lo colosal en su construcción, con los ojos entornados parecía tener cuatro pisos ocupando una gran extensión de terreno, ante mí se extendía un horizonte árido que me facilitaba avanzar sin dificultad siguiendo una vereda apenas visible hacia lo que parecía un montículo de piedras no muy lejos de donde me encontraba, no sabía a ciencia cierta que buscaba al apartarme del objetivo por saber el significado de las misteriosas letras escritas en un objeto que escondía desde mi infancia, recordaba cada uno de los trazos en mi memoria con la total seguridad de tratarse de palabras procedentes de la cultura china, mientras me acercaba al montículo de piedra también distinguía el colorido de unas pequeñas banderas multicolores que se agitaban con el viento, en la inmensa soledad del paisaje el sonido de la tela rompía con la serenidad de una naturaleza en la que el viento traía quejidos y susurros como almas en pena, se trataba de rectángulos de tela escritas en su totalidad con unas letras de cuidada caligrafía, se trataba de oraciones en lenguaje tibetano a las que llamaban mantras sagrados, oraciones escritas sacudidas por el viento con la finalidad de hacerlas llegar hasta el cielo, a modo de altar una figura en piedra de su maestro Siddhartha Gautamá al que también conocían como El Iluminado. Era la primera vez que contemplaba una estatua de un líder religioso que adoptó una vida de recogimiento por encontrar el significado de la vida, me llamaba la atención su figura tan diferente al Cristo crucificado en la religión cristiana siempre fiel reflejo del dolor, el sufrimiento y el rictus de la muerte en agonía o la ausencia de imágenes de Mahoma prohibida y castigada con la muerte en la religión islámica. La estatua de Buddha transmitía sensación de paz interior, sus manos inmóviles en el aire en un gesto de transmitir la concentración de su mente por los problemas mundanos, intentaba distraído contemplando la imagen ver un poco más allá en busca de alguna respuesta a mis propias dudas buscando cualquier señal que consiguiera afianzar el porqué a mis propios temores, era inútil, me preocupaba mi actual soledad, el viento helado no dejaba de sacudir inclemente las pértigas que sujetaban las banderas de oración obligándome a concentrarme que quizás no tuviera respuestas para mí.

Decepcionado y triste caminaba para llegar sin demora hasta el templo que había visto en la distancia, cuál no sería mi sorpresa al ver en las proximidades un nutrido grupo de viajeros encaminarse en la misma dirección, apenas distinguía quienes eran, andaban en absoluto silencio en pequeños grupos dispersos procedentes de caminos distintos, si me llamaba la atención sus ropajes, la mayor parte de ellos lucían túnicas en colores amarillo combinados con el rojo, a pesar de la distancia me daba la impresión que se trataba de viajeros muy bajitos o quizás ¿pudiera tratarse de niños? ¿Se trataría de algún tipo de sacrificio al dragón? La curiosidad nuevamente rondaba mi cabeza, me encontraba en un país del que apenas conocía absolutamente nada, me sentía afortunado por explorar un mundo tan distante y tan distinto de lo que había conocido hasta hoy pero debería mantener una discreta prudencia para no cometer errores, mi cabeza no dejaba de intentar encajar y descifrar cualquier detalle de lo que había visto hasta hoy, y como una visión en la que  no había dado ninguna importancia volvía a repasar mentalmente la imagen de Buddha.

En ocasiones intentamos dejarnos llevar por expectativas escondidas en posibles detalles que por su simpleza y nuestra mentalidad occidental ocupada por una cultura distinta no vemos tan claras, recordaba sus orejas, sonreía por mi incapacidad para ver algo tan nítido, por lo que sabía El Maestro dedicó su vida en las enseñanzas por encontrar la paz interior a través de la concentración de su mente y en la visión interior de su alma, sin abandonar el caótico mundo a su alrededor en las enseñanzas a sus propios seguidores y discípulos, la imagen de la estatua quizás mostrara la idea de la importancia por escuchar a través de unas orejas tan grandes todo lo que necesitaba aprender a diferencia de una boca pequeña en proporción al resto de las facciones de su rostro, la práctica por escuchar y aprender siempre había sido desde mi infancia la mayor dificultad por practicar uno de los ejercicios con los que me había ganado algunos pescozones por parte de mis padres jesuitas.

Gran parte de mi vida ha transcurrido sin la facultad del habla y ahora que la he vuelto a recuperar me cuesta encontrar a quienes hablen alguno de los idiomas con los que con tanto esfuerzo he aprendido. No imaginaba encontrarme con una planicie de terreno de una frondosa vegetación, predominaba el colorido de cuidados jardines de flores y árboles frutales de muchas variedades desconocidas, un largo muro de considerable altura guardaba celosamente lo que se escondía en su interior del que tan solo imaginaba bullía de actividad ya que además del edificio cubierto por un gran tejado las edificaciones anexas al mismo subían en escalón en estancias pequeñas colgadas en acantilados verticales sobre grandes rocas colgadas del abismo de la montaña, entendía el porqué de lo inaccesible de las viviendas, a modo de fortaleza similar a los castillos feudales de las tierras de Castilla aquí era sencillamente imposible que ningún ejercito fuera capaz de invadir o conquistar por la fuerza de las armas, tan solo me cabían dos posibles razones, la primera sería por esconder algo de un valor inmenso en tesoros al igual que las edificaciones colosales con forma de pirámide en el lejano Egipto o pudiera tratarse de una forma de vida propia de la religión herética que profesaban tan solo asequible a unos privilegiados en la sabiduría de las enseñanzas de su antiguo maestro, en cualquiera de los casos me intrigaba por saber de sus secretos.

Poco a poco comenzaron a llegar aproximadamente una veintena de personas de aspecto humilde, algunos hombres traían de la mano a jóvenes y niños ataviados con las llamativas túnicas rojas y amarillas propias de los seguidores lamaístas, nombre con el que se identificaban a los monjes de aquellas montañas del Tíbet, otros al igual que yo tan solo vestían harapos y como equipaje unos bultos colgados del hombro con sus pertenencias humildes, de miradas sombrías y rasgos asiáticos no osaban mirarme directamente a los ojos con la finalidad de preservar como señal de respeto su desconocimiento y respeto por un extranjero tan alto y corpulento, nuevamente intenté acercar mi postura doblando ligeramente mi cintura hacia ellos con las manos unidas a modo de saludo en mis intenciones de paz, una muestra en cualquier cultura que con sorpresa y agrado fui correspondido con pequeñas sonrisas que llenaron mi alma de plena satisfacción.    

 

 

 

                       

 

       

           

                                                         

                                                                 

No hay comentarios:

Publicar un comentario