Buddha
Ya
me habían advertido del peligro por emprender la marcha en la subida a la
montaña sagrada, me obsequiaron con unas cintas de colores que ataron de mi
muñeca para protegerme de los espíritus malignos del bosque, pronunciaron
palabras de las que a modo de oración sonaban en mis oídos como un murmullo
musical sin entender nada de lo que decían, en mi cuello colgaron un cordón con
piezas redondas de madera, en ocasiones siendo joven aprendí los misterios del
rosario católico llamado así por ofrecerle a la Virgen María en las oraciones
las rosas que nos regala la naturaleza, éste acto devoto se realizaba en el
recogimiento de la oración al recorrer los veinte misterios de la vida. La
diferencia de mi nuevo collar era que se componía de noventa y nueve cuentas,
le llaman Tasbih, al deslizar las cuentas entre los dedos pronuncian en
silencio venerando todos los nombres sagrados de su Dios Alláh, todo aquel
musulmán que conozca los diferentes nombres de su profeta podrá entrar en el
paraíso. Pensaba y escribía el árabe, entendía una parte de sus costumbres,
Dios tenía muchos nombres por lo que no creía con ello traicionar mi propia
religión, si quería continuar aprendiendo tendría que adaptarme a ideas distintas.
Emprendí
la subida de la montaña antes de amanecer, no era conveniente que me
sorprendiera la noche sin saber orientarme sintiendo la inquietud por lo que
supuestamente había visto aquella noche, a pesar de mis temores sentía la
necesidad de escalar aquella montaña, quizás si existía un monstruo no sería
con el sol cuando apareciera, sabia por rumores en el poblado que aquellas
cimas escondían cuevas en las zonas más inaccesibles para el hombre por lo que
armado de voluntad y por la curiosidad hincaba mi báculo golpeándolo sobre el
terreno con la esperanza de que me diera el valor para continuar el ascenso y
con ello evitar los precipicios que cada vez eran más escarpados y peligrosos,
a medida que subía la fatiga hacía mella en mi cuerpo, la temperatura había
cambiado hasta sentir el aire frio en mis extremidades como cuchillos afilados,
las rocas se habían vuelto traicioneras por la humedad del ambiente, el aire
pesado y espeso dificultaba mi ascenso obligándome a descansar hasta que mi
cuerpo dejara de agitarse preso de la fatiga y el cansancio, Desde lo alto
contemplaba un inmenso mar de nubes y en ocasiones dejaban translucir las
enormes extensiones de terreno que con distintos matices de colores pardos y verdes
parecían un cuadro en continuo movimiento.
Era
entrada la tarde cuando tras avanzar entre arboles y vegetación llegué a la
cima para ver a cierta distancia el contorno espectral a través de las nubes de
un edificio de color amarillo pálido de techos ondulados de tejas rojas y
dorados en sus extremos, fundido entre las rocas de la montaña era difícil
distinguirlo a pesar de lo colosal en su construcción, con los ojos entornados
parecía tener cuatro pisos ocupando una gran extensión de terreno, ante mí se
extendía un horizonte árido que me facilitaba avanzar sin dificultad siguiendo
una vereda apenas visible hacia lo que parecía un montículo de piedras no muy
lejos de donde me encontraba, no sabía a ciencia cierta que buscaba al
apartarme del objetivo por saber el significado de las misteriosas letras
escritas en un objeto que escondía desde mi infancia, recordaba cada uno de los
trazos en mi memoria con la total seguridad de tratarse de palabras procedentes
de la cultura china, mientras me acercaba al montículo de piedra también
distinguía el colorido de unas pequeñas banderas multicolores que se agitaban
con el viento, en la inmensa soledad del paisaje el sonido de la tela rompía
con la serenidad de una naturaleza en la que el viento traía quejidos y
susurros como almas en pena, se trataba de rectángulos de tela escritas en su
totalidad con unas letras de cuidada caligrafía, se trataba de oraciones en
lenguaje tibetano a las que llamaban mantras sagrados, oraciones escritas
sacudidas por el viento con la finalidad de hacerlas llegar hasta el cielo, a
modo de altar una figura en piedra de su maestro Siddhartha Gautamá al que
también conocían como El Iluminado. Era la primera vez que contemplaba una
estatua de un líder religioso que adoptó una vida de recogimiento por encontrar
el significado de la vida, me llamaba la atención su figura tan diferente al
Cristo crucificado en la religión cristiana siempre fiel reflejo del dolor, el
sufrimiento y el rictus de la muerte en agonía o la ausencia de imágenes de
Mahoma prohibida y castigada con la muerte en la religión islámica. La estatua
de Buddha transmitía sensación de paz interior, sus manos inmóviles en el aire
en un gesto de transmitir la concentración de su mente por los problemas
mundanos, intentaba distraído contemplando la imagen ver un poco más allá en
busca de alguna respuesta a mis propias dudas buscando cualquier señal que
consiguiera afianzar el porqué a mis propios temores, era inútil, me preocupaba
mi actual soledad, el viento helado no dejaba de sacudir inclemente las
pértigas que sujetaban las banderas de oración obligándome a concentrarme que
quizás no tuviera respuestas para mí.
Decepcionado
y triste caminaba para llegar sin demora hasta el templo que había visto en la
distancia, cuál no sería mi sorpresa al ver en las proximidades un nutrido
grupo de viajeros encaminarse en la misma dirección, apenas distinguía quienes
eran, andaban en absoluto silencio en pequeños grupos dispersos procedentes de
caminos distintos, si me llamaba la atención sus ropajes, la mayor parte de
ellos lucían túnicas en colores amarillo combinados con el rojo, a pesar de la
distancia me daba la impresión que se trataba de viajeros muy bajitos o quizás
¿pudiera tratarse de niños? ¿Se trataría de algún tipo de sacrificio al dragón?
La curiosidad nuevamente rondaba mi cabeza, me encontraba en un país del que
apenas conocía absolutamente nada, me sentía afortunado por explorar un mundo
tan distante y tan distinto de lo que había conocido hasta hoy pero debería
mantener una discreta prudencia para no cometer errores, mi cabeza no dejaba de
intentar encajar y descifrar cualquier detalle de lo que había visto hasta hoy,
y como una visión en la que no había
dado ninguna importancia volvía a repasar mentalmente la imagen de Buddha.
En
ocasiones intentamos dejarnos llevar por expectativas escondidas en posibles
detalles que por su simpleza y nuestra mentalidad occidental ocupada por una
cultura distinta no vemos tan claras, recordaba sus orejas, sonreía por mi
incapacidad para ver algo tan nítido, por lo que sabía El Maestro dedicó su
vida en las enseñanzas por encontrar la paz interior a través de la
concentración de su mente y en la visión interior de su alma, sin abandonar el
caótico mundo a su alrededor en las enseñanzas a sus propios seguidores y
discípulos, la imagen de la estatua quizás mostrara la idea de la importancia
por escuchar a través de unas orejas tan grandes todo lo que necesitaba
aprender a diferencia de una boca pequeña en proporción al resto de las
facciones de su rostro, la práctica por escuchar y aprender siempre había sido
desde mi infancia la mayor dificultad por practicar uno de los ejercicios con
los que me había ganado algunos pescozones por parte de mis padres jesuitas.
Gran
parte de mi vida ha transcurrido sin la facultad del habla y ahora que la he vuelto
a recuperar me cuesta encontrar a quienes hablen alguno de los idiomas con los
que con tanto esfuerzo he aprendido. No imaginaba encontrarme con una planicie
de terreno de una frondosa vegetación, predominaba el colorido de cuidados
jardines de flores y árboles frutales de muchas variedades desconocidas, un
largo muro de considerable altura guardaba celosamente lo que se escondía en su
interior del que tan solo imaginaba bullía de actividad ya que además del
edificio cubierto por un gran tejado las edificaciones anexas al mismo subían
en escalón en estancias pequeñas colgadas en acantilados verticales sobre
grandes rocas colgadas del abismo de la montaña, entendía el porqué de lo
inaccesible de las viviendas, a modo de fortaleza similar a los castillos
feudales de las tierras de Castilla aquí era sencillamente imposible que ningún
ejercito fuera capaz de invadir o conquistar por la fuerza de las armas, tan
solo me cabían dos posibles razones, la primera sería por esconder algo de un
valor inmenso en tesoros al igual que las edificaciones colosales con forma de
pirámide en el lejano Egipto o pudiera tratarse de una forma de vida propia de
la religión herética que profesaban tan solo asequible a unos privilegiados en
la sabiduría de las enseñanzas de su antiguo maestro, en cualquiera de los
casos me intrigaba por saber de sus secretos.
Poco
a poco comenzaron a llegar aproximadamente una veintena de personas de aspecto
humilde, algunos hombres traían de la mano a jóvenes y niños ataviados con las
llamativas túnicas rojas y amarillas propias de los seguidores lamaístas,
nombre con el que se identificaban a los monjes de aquellas montañas del Tíbet,
otros al igual que yo tan solo vestían harapos y como equipaje unos bultos
colgados del hombro con sus pertenencias humildes, de miradas sombrías y rasgos
asiáticos no osaban mirarme directamente a los ojos con la finalidad de
preservar como señal de respeto su desconocimiento y respeto por un extranjero
tan alto y corpulento, nuevamente intenté acercar mi postura doblando
ligeramente mi cintura hacia ellos con las manos unidas a modo de saludo en mis
intenciones de paz, una muestra en cualquier cultura que con sorpresa y agrado
fui correspondido con pequeñas sonrisas que llenaron mi alma de plena
satisfacción.
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