viernes, 21 de septiembre de 2012

CAPITULO LIX, Torero.


                                                       CAPITULO LIX
                                                               Torero                                
 

 

Mis pocas pertenencias quedan pendientes de arreglo en la habitación, si, hoy es mi primer día de curro nada mejor que presentarme a la última moda, camiseta ajustada con las letras de mi grupo favorito ACDC, pantalón vaquero ajustado a la moda pitillo, en el que para meter los pies tienes que hacer un acto de valor y fuerza por lo estrecho en sus bajos, un último ajuste en subir la bragueta recogiendo con mimo la carga viril escondiéndola con grandes esfuerzos, juventud, juventud, una edad en la que vacías la vejiga urinaria (lenguaje fino y delicado) nada más levantarte sujetando por el cuello a la bestia protagonista de proezas en sueños, lo que llaman el paquete de toda la vida, estandarte y orgullo con el que hacemos desafío a nuestro afán de hombría, remato mi indumentaria con las zapatillas deportivas Adidas que con tanto esfuerzo pude comprarme con mi primer sueldo.

 Efectivamente, mirando al pasado bajo la mirada aguda protagonizando la lengua afilada de nuestros propios hijos cabe la difícil respuesta cuando me preguntan con retintín ¿papa, tú eras tan fantasma? Bueno, quizás la juventud y la moda marcan una forma de pensar y vivir que arrastramos sin saberlo durante el resto de la existencia, es lo que los cultos llaman personalidad y por la que de una u otra manera caemos fruto de influencias externas, estereotipos en imágenes de otros que triunfan a los que queremos emular y copiar para sentirnos socialmente anexos a un grupo de imagen tribal. La mañana me la dedican a las presentaciones del personal de servicio y los que trabajan en la empresa, la mayor parte de ellos son criollos, naturales del país fácilmente identificables por los rasgos y facciones claramente naturales de Venezuela, cabello negro azabache, piel morena sin llegar a ser oscura, hombres casi desprovistos de pelo en la cara, corpulentos algunos y bajitos otros pero de miradas honestas cargadas también de curiosidad por mi presencia, manifesté una de mis primeras sonrisas cuando uno de los empleados de mi tío me preguntó sin gesto de burla si de donde venía yo trabajaba de torero, ¿torero? ¿Por qué? Extrañado interpelé rápidamente, el hombre ya animado por satisfacer con su pregunta la duda me observaba de arriba hasta abajo señalando tímidamente la estrecha pernera de mi pantalón vaquero, no amigo, no, esta es la moda en España, pantalones estrechos modernos, el hombre se quedó extrañado afirmando que para ponerse esos pantalones yo tendría que ponerme grasa.

El negocio consistía en la financiación de ayudas económicas de mi tío a los agricultores para paliar los gastos en fumigaciones aéreas, abonos, maquinaria, compra de semillas, contrata de obreros o cualquier derivado en la recolección agrícola de grandes extensiones de terreno en las sabanas venezolanas, a diferencia de los créditos bancarios aquí todo se arregla en plan compadre, apretón de manos y una reseña en una ficha de cartón donde figura la cantidad prestada sin intereses ni gravámenes documentales, la actividad del campo se regía a diferencia de lo que yo imaginaba de dos estaciones climáticas, verano e invierno, la primavera y el otoño aquí no significaban nada. Los agraciados en el dispendio económico estaban obligados a vender toda la producción a la empresa de mi tío quien les pagaría un valor de mercado inferior al de fábrica controlado por el gobierno y en el caso que el agricultor no tuviera la suerte de conseguir una buena cosecha las deudas ataban por años el compromiso de satisfacer el cumplimiento de las deudas adquiridas.

Mi trabajo consistiría en llevar el control de esas fichas para posteriormente aprender a negociar, pesar los camiones, administrar fichas, manejar caja, barrer o cualquier menester para permanecer ocupado, no era un trabajo duro pero si teníamos que estar pendientes de la llegada del campo de madrugada o a última hora de la noche de los enormes camiones y tráiler cargados con semillas de sorgo y ajonjolí (sésamo) se vaciaban en depósitos con capacidad de cientos de toneladas para posteriormente volver a llevarlos a fábrica y vender a un precio razonable con suculentos beneficios. Con la práctica y la observación discreta me daba cuenta de las visitas de gentes que no conocía, todo el mundo pillaba sobornos, en la fábrica hacían la vista gorda por vender en ocasiones semillas con humedad por lo que en los análisis químicos afectaba notablemente a su calidad. En aquellos años, los que me tocó vivir, era necesario tener un profesión para establecerte legalmente en el país motivo por el cual acompañé a mi tío para conseguirme un documento en el cual yo era técnico de laboratorio en analíticas de producto agrícola o algo parecido, de buenas a primeras disponía de un documento redactado por un notario de mi nueva profesión, ¡¡toma castaña!! Cumpliría con trabajar durante nueve meses al año y tendría tres de vacaciones en Gran Canaria para tocarme los wiwis, el problema era que para poder sufragar mi viaje y los sobornos tendría que sacrificar una buena parte de mi sueldo para arreglar cuentas pendientes.

Reconozco los preámbulos aburridos en este relato, la vida suele ser monótona y carente de emociones no por ello todo sería cumplir mi condena entre la empresa y la que ahora era mi casa. La actividad agrícola permanecía parada en la época de siembra hasta la recolección así que esta noche iría a conocer un lugar de ocio con gente de mi edad, la cosa prometía y esperaba con ansiedad ver algo nuevo. Club Social Canario Venezolano, una sociedad creada por inversionistas locales a golpe de talonario para disponer de un lugar de ocio en donde se podrían reunir todas las familias acomodadas de la sociedad de Acarigua, unas instalaciones realizadas por accionistas acreditados con un pase de seguridad al acceder a su interior, nuevamente un terreno cercado con rejas y una garita con guardias que velaban por la seguridad de sus integrantes, si quería relacionarme con la buena sociedad tendría que invertir un buen pico en hacerme socio y así sucedió.

Cafeterías, restaurante, sala de baile, discoteca, piscinas, campos de futbol, baloncesto, beisbol y prácticamente casi todo lo atractivo para pasar tiempo de ocio y relacionarse entre los que manejaban los múltiples negocios lucrativos de cualquier ciudad y por supuesto los amigos, el primero me vio despistado y nervioso observándolo todo, mi amigo Moretti, hijo de italianos, Aurelio Iglesias, hijo de emigrantes asturianos, un chaval portugués del que no recuerdo su nombre pero al que todos conocían como cara pálida, panadero con sus padres rara vez salía al sol, Lee Kim un muchacho de origen chino cuyos padres regentaban un restaurante donde conocí por primera vez las excelencias de la cocina oriental y por último el corpulento IBM al que le pregunté si se dedicaba a los ordenadores, no terminé de preguntar cuando entre risas me contestaron que se trataba de la abreviatura de inmensa bola de mierda. Ya pueden imaginarse que me encontraba en mi salsa, puro ingenio, cachondeo y ganas de divertirse, a pesar de identificarme con mi nombre ya me llamaban el catire por ser blanquito de piel y por el bigote rubio que ya lucía a esa edad motivado por la incomodidad al afeitarme en los cortes que me daba en el labio, mis hijos aún hoy se burlan de mí apostando que ya nací con él.

Podría extenderme en gamberradas, descubrimientos, notables sorpresas y un sinfín de experiencias propias de la juventud y la inexperiencia, pero quiero apelar a la cordura para no mal interpretar la honorabilidad de nadie, el primero yo, no puedo ni debo hacer de esta historia un testimonio que pueda llevarme a los dulces brazos de la ley por acciones del pasado, escribo hoy después de tantos años con la dificultad de saberme caminando sobre temas peligrosos, tristes, inquietantes y delicados, con un poco de paciencia averiguareis los motivos de una historia postergada y olvidada por mi memoria. Los días pasaban y también los meses, me había llegado una carta de mis padres, tenía que presentarme urgente en el Consulado de España en Caracas, figuraba como prófugo en el servicio militar y tendría que justificar mi paradero. Le pedí permiso a mis tíos para ir acompañado de Aurelio, un chaval supuestamente serio y con coche, conocedor de Caracas por estudiar en la universidad y mejor compañía para continuar aprendiendo de mis responsabilidades con todo lo concerniente a mi futuro, nada me hacía sospechar de las vueltas de la vida, donde menos te lo esperas y con giros fortuitos acabas conociendo a personas que pueden y de hecho consiguieron ahondar en mis propios sueños haciéndose participes de una serie de episodios que tanto esfuerzo y dedicación he procurado dejar de forma testimonial siendo plenamente consciente de mi incapacidad por intentar llevar al lector hasta el punto increíble de mi vida sin tener la experiencia ni la profesión admirada y profundamente respetada de un escritor de novela negra y de misterio.

 p

           

             

                    

 

                                  

                            

                                              

 

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