miércoles, 26 de septiembre de 2012

CAPITULO LXIV, Macho man.


                                                                  CAPITULO LXIV
                                                                       Macho man           

 

           

            Es muy difícil asumir con dieciocho años la muerte de alguien con quien has compartido tantas emociones, mi cabeza no asumía un hecho tan triste cuando la vida ofrece tantas esperanzas, no quería entender por una ley inquebrantable divina y la pena por su esposa y sus hijos la sentía como un peso en mi alma que nublaba mi cabeza a la vez de la inquietud de las palabras de Helga, de parte de mi hija Aurora es necesario que vengas a visitarnos, ¿Acaso cometí algún error tan grave? ¿Enjuiciaría mi amistad con su fallecido padre? ¿Me metería en problemas por escuchar una faceta tan delicada de su pasado? Todo eran preguntas que me volvían loco por saber de sus respuestas, no me gustaban las sorpresas ni para bien ni para mal, me gustaba llevar un control sobre cualquier acto del que fuera responsable al igual de cualquier confesión sobre mis actividades que pudieran verme comprometido con alguien, escuchaba confesiones de amigos y conocidos intentando olvidar lo antes posible con la finalidad de evitar dejar en evidencia a quienes habían confiado en mi discreción, todos nos guardamos de saber con quienes hablábamos pero es ley de vida cuando eres joven que la venganza te puede sorprender incluso por parte de quienes se han llamado amigos.

            Aurelio era mi mejor amigo, cuando le avisé por la muerte del padre de su amigo nos pusimos de acuerdo para enviarle una gran corona a su familia, un gesto demasiado sencillo por mi parte para despedirme de un hombre tan singular, un alivio por no asistir a un entierro del que no me sentía ni con fuerzas ni con ánimo para aguantar una situación con tanta gente desconocida viéndome solo, por supuesto conocía a Helga y a su hijo pero ¿qué consuelo podía darles yo? Todos los actos delicados exigen unas normas de protocolo para no cometer tonterías en momentos sumamente difíciles, no hay palabras en los diccionarios que sean capaces de suplantar o aliviar la pérdida de un ser querido, el automatismo de muchos tan sólo por quedar bien no está en mi forma de actuar, visitaría a Helga cuando la calma volviera a ella, necesitaba tiempo para cicatrizar una herida sin testigos y con la entereza de enfrentarme a varias sorpresas que marcarían nuevamente sentimientos rotos y olvido.

            Reconozco mi soberbia cuando defiendo mis convicciones, soy terco y actúo con impulsos, me arrepiento ese día en el que no pude ni tan siquiera intenté evitar mi rabia, aprovecharía antes de regresar a mi tierra para cumplir con la promesa que le hice a Helga, Aurelio quería acompañarme y aprovechar para corrernos una juerga de la que ya tenía planes, eso me sentó como una patada en la entrepierna por ahorrarles una palabrota mal sonante y así se lo hice saber, apelé a su humanidad, falta de sensibilidad y carencia de respeto por pensar con la polla antes de hacerlo con la cabeza, reproches e insultos propios del hervir de la sangre joven y la testosterona, nos venció el orgullo y la frustración para marcharnos cada uno por su camino, realmente no éramos merecedores por culpa de una rabieta romper una amistad casi de hermanos, quizás conocernos tan bien fue el detonante para hacernos tanto daño con palabras que llevaban veneno. Unos días antes de marcharme pasé por la casa de mi amigo, no sabía cómo arreglar la situación pero tenía que intentarlo me sentía mal y sabía del daño que había provocado.

            Sus padres me informaron que estaba en Caracas y que tardaría varios días en regresar, sentí alivio, lo reconozco, me enfrentaría al marrón dentro de tres meses cuando volviera. Cuando dejaba Venezuela me llevaba aromas de tierra empapada, a veces desde la ventana me pasaba ratos asomado contemplando cómo caía la lluvia incesante durante días sin parar como un diluvio, las plagas de mosquitos que aquí les llaman zancudos eran mi tormento rascándome hasta hacerme heridas en brazos y tobillos, con el tiempo entendí la costumbre local de llevar botas incluso con el calor, eran la mejor solución para evitar sus molestas picaduras e incluso prevenir mordeduras de culebras que de vez en cuando salían de la maleza dando buenos sustos. De camino a Caracas hacía un balance de progresos y derrotas un sencillo arqueo de cuentas sin números de ventajas e inconvenientes, me faltaba una factura pendiente, dejé en un hotel cercano equipaje y ropa de sport para disfrazarme con un traje azul marino hecho a medida, una inversión que pagué con gusto, odiaba los pantalones de campana y lo encargué como había visto en una revista de moda, con la puñetera raya marcando el pantalón pero estrecho para lucir unas botas en pico, camisa blanca y corbata negra, me miré en el espejo de la habitación provocando una sonrisa, parecía un jodido asesino elegante, una melena de rizos me llegaba al hombro, unas gafas oscuras y un bigote cargado me daban el aspecto de un matón de la CIA, temblad hembras, ha llegado el autentico macho man.

            Necesitaba sentirme seguro al parar un taxi de camino a la Colonia Tovar, en la entrada principal un guardia privado consultaba su tablilla observándome de arriba abajo, desde su garita hizo una llamada por teléfono permitiendo el paso hasta mi destino, respiraba agitado sin saber lo que me esperaba. Gesto serio en un cuerpazo de infarto, perfume embriagador de una escultura de mujer, alta, elegante y decidida, Aurora un monumento de rubios cabellos y mirada penetrante capaz de ponerme en alerta de inmediato, percibía en ella su don de mando, un carácter heredado de sus padres, madura sin llegar a pocha, joven pero con experiencia en combates a corta distancia, seguramente una máquina en la cama de las que chillan y a la vez te exprimen como un limón devoradora de miradas pecadoras por una fruta exquisita muy lejos de paladares de pobres.

            Tras ella resonaba en mi cabeza el taconeo de zapatos de aguja, traje chaqueta de corte elegante, esbeltas piernas y un culo para marear y soltar babas, afortunadamente mis pensamientos no eran transparentes y con esfuerzo conseguí la máscara de tragedia que llevaba preparada para saludar a la Sra. Helga, sentada en el butacón donde hacía meses yo mismo me vi sentado en otras circunstancias menos dolorosas, nos fundimos en un abrazo sin contener lágrimas, al poco me apartó con dulzura para piropearme por mi elegante traje y por lo guapo que me veía, me encantaban sus gestos, me sentía nuevamente feliz por volver a verla, había cambiado, la notaba derrotada y envejecida por supuesto no le confesé mi impresión, permanecía en silencio recordando cuando jugaba con mi padre partidas de ajedrez en las que aprendí que el silencio y la paciencia obligan al contrario a  jugar si no manifiestas nerviosismo ante tu oponente, la conversación se volvió calmada y tranquila en un ambiente de confidencialidad que nosotros ya habíamos compartido, las chicas del servicio ya traían la bandeja con el servicio de té, me había hecho aficionado a esta bebida tan solo por el teatro en gestos y movimientos para concentrarte en una pausa con la que un buen observador analiza sin tapujos a quien tienes frente a ti.

             Como en toda conversación tienes que administrar el tiempo acompasándola como una melodía musical para dejarla fluir con naturalidad, el cuerpo se hace cómplice de movimientos automáticos posicionando la ejecución de gestos como un lenguaje oculto a ojos de profanos, me sentía cómodo y seguro cruzando una pierna sobre la otra mientras me deleitaba con una fina taza de porcelana degustando con deleite sabores de un té de sabor muy marcado, había aprendido con detalle manejarme con elegancia en ambientes de gente con posición económica muy desahogada y las únicas cartas que yo poseía eran mi descaro en un aplomo digno de un actor consumado, un pobre imbécil como yo disfrutando en una obra en la que el drama y la tragedia se convertían en la mejor máscara. Aurora reaparece en escena y me pide en voz baja que por favor la siga, me disculpo con Helga que suspira contrariada al ver interrumpida una conversación que ha conseguido iluminar su rostro con una delicada sonrisa, de camino me presenta a su marido del que no recuerdo ni tan siquiera su nombre, sentado en un sillón descansa una masa deforme de autentico sebo, su cara rosadita y su prominente barriga hablan de su buena vida por la afición a las hamburguesas y los perritos calientes, tiene un acento tan raro cuando habla que sospecho puede ser ocasionada por no tener bien sujeta la dentadura postiza,¡¡vaya mierda de marido!! Un apretón de mano tan flojito que me hace pensar si incluso es mariquita deduzco quien lleva los pantalones en su casa, mezclar negocios con los placeres carnales a veces no son una buena combinación por lo que he visto.

 

 

 

 

 

 

 

                                                          

 

 

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