CAPITULO LXIV
Macho
man
Es muy difícil asumir con dieciocho
años la muerte de alguien con quien has compartido tantas emociones, mi cabeza
no asumía un hecho tan triste cuando la vida ofrece tantas esperanzas, no
quería entender por una ley inquebrantable divina y la pena por su esposa y sus
hijos la sentía como un peso en mi alma que nublaba mi cabeza a la vez de la
inquietud de las palabras de Helga, de parte de mi hija Aurora es necesario que
vengas a visitarnos, ¿Acaso cometí algún error tan grave? ¿Enjuiciaría mi
amistad con su fallecido padre? ¿Me metería en problemas por escuchar una
faceta tan delicada de su pasado? Todo eran preguntas que me volvían loco por
saber de sus respuestas, no me gustaban las sorpresas ni para bien ni para mal,
me gustaba llevar un control sobre cualquier acto del que fuera responsable al
igual de cualquier confesión sobre mis actividades que pudieran verme
comprometido con alguien, escuchaba confesiones de amigos y conocidos
intentando olvidar lo antes posible con la finalidad de evitar dejar en
evidencia a quienes habían confiado en mi discreción, todos nos guardamos de
saber con quienes hablábamos pero es ley de vida cuando eres joven que la
venganza te puede sorprender incluso por parte de quienes se han llamado amigos.
Aurelio era mi mejor amigo, cuando
le avisé por la muerte del padre de su amigo nos pusimos de acuerdo para
enviarle una gran corona a su familia, un gesto demasiado sencillo por mi parte
para despedirme de un hombre tan singular, un alivio por no asistir a un
entierro del que no me sentía ni con fuerzas ni con ánimo para aguantar una
situación con tanta gente desconocida viéndome solo, por supuesto conocía a
Helga y a su hijo pero ¿qué consuelo podía darles yo? Todos los actos delicados
exigen unas normas de protocolo para no cometer tonterías en momentos sumamente
difíciles, no hay palabras en los diccionarios que sean capaces de suplantar o
aliviar la pérdida de un ser querido, el automatismo de muchos tan sólo por
quedar bien no está en mi forma de actuar, visitaría a Helga cuando la calma
volviera a ella, necesitaba tiempo para cicatrizar una herida sin testigos y
con la entereza de enfrentarme a varias sorpresas que marcarían nuevamente
sentimientos rotos y olvido.
Reconozco mi soberbia cuando defiendo
mis convicciones, soy terco y actúo con impulsos, me arrepiento ese día en el
que no pude ni tan siquiera intenté evitar mi rabia, aprovecharía antes de
regresar a mi tierra para cumplir con la promesa que le hice a Helga, Aurelio
quería acompañarme y aprovechar para corrernos una juerga de la que ya tenía
planes, eso me sentó como una patada en la entrepierna por ahorrarles una
palabrota mal sonante y así se lo hice saber, apelé a su humanidad, falta de
sensibilidad y carencia de respeto por pensar con la polla antes de hacerlo con
la cabeza, reproches e insultos propios del hervir de la sangre joven y la
testosterona, nos venció el orgullo y la frustración para marcharnos cada uno
por su camino, realmente no éramos merecedores por culpa de una rabieta romper
una amistad casi de hermanos, quizás conocernos tan bien fue el detonante para
hacernos tanto daño con palabras que llevaban veneno. Unos días antes de
marcharme pasé por la casa de mi amigo, no sabía cómo arreglar la situación
pero tenía que intentarlo me sentía mal y sabía del daño que había provocado.
Sus padres me informaron que estaba
en Caracas y que tardaría varios días en regresar, sentí alivio, lo reconozco,
me enfrentaría al marrón dentro de tres meses cuando volviera. Cuando dejaba Venezuela
me llevaba aromas de tierra empapada, a veces desde la ventana me pasaba ratos
asomado contemplando cómo caía la lluvia incesante durante días sin parar como
un diluvio, las plagas de mosquitos que aquí les llaman zancudos eran mi
tormento rascándome hasta hacerme heridas en brazos y tobillos, con el tiempo
entendí la costumbre local de llevar botas incluso con el calor, eran la mejor
solución para evitar sus molestas picaduras e incluso prevenir mordeduras de
culebras que de vez en cuando salían de la maleza dando buenos sustos. De
camino a Caracas hacía un balance de progresos y derrotas un sencillo arqueo de
cuentas sin números de ventajas e inconvenientes, me faltaba una factura
pendiente, dejé en un hotel cercano equipaje y ropa de sport para disfrazarme
con un traje azul marino hecho a medida, una inversión que pagué con gusto,
odiaba los pantalones de campana y lo encargué como había visto en una revista
de moda, con la puñetera raya marcando el pantalón pero estrecho para lucir
unas botas en pico, camisa blanca y corbata negra, me miré en el espejo de la
habitación provocando una sonrisa, parecía un jodido asesino elegante, una
melena de rizos me llegaba al hombro, unas gafas oscuras y un bigote cargado me
daban el aspecto de un matón de la CIA, temblad hembras, ha llegado el autentico
macho man.
Necesitaba sentirme seguro al parar
un taxi de camino a la Colonia Tovar, en la entrada principal un guardia
privado consultaba su tablilla observándome de arriba abajo, desde su garita
hizo una llamada por teléfono permitiendo el paso hasta mi destino, respiraba
agitado sin saber lo que me esperaba. Gesto serio en un cuerpazo de infarto,
perfume embriagador de una escultura de mujer, alta, elegante y decidida,
Aurora un monumento de rubios cabellos y mirada penetrante capaz de ponerme en
alerta de inmediato, percibía en ella su don de mando, un carácter heredado de
sus padres, madura sin llegar a pocha, joven pero con experiencia en combates a
corta distancia, seguramente una máquina en la cama de las que chillan y a la
vez te exprimen como un limón devoradora de miradas pecadoras por una fruta
exquisita muy lejos de paladares de pobres.
Tras ella resonaba en mi cabeza el
taconeo de zapatos de aguja, traje chaqueta de corte elegante, esbeltas piernas
y un culo para marear y soltar babas, afortunadamente mis pensamientos no eran
transparentes y con esfuerzo conseguí la máscara de tragedia que llevaba
preparada para saludar a la Sra. Helga, sentada en el butacón donde hacía meses
yo mismo me vi sentado en otras circunstancias menos dolorosas, nos fundimos en
un abrazo sin contener lágrimas, al poco me apartó con dulzura para piropearme
por mi elegante traje y por lo guapo que me veía, me encantaban sus gestos, me
sentía nuevamente feliz por volver a verla, había cambiado, la notaba derrotada
y envejecida por supuesto no le confesé mi impresión, permanecía en silencio
recordando cuando jugaba con mi padre partidas de ajedrez en las que aprendí
que el silencio y la paciencia obligan al contrario a jugar si no manifiestas nerviosismo ante tu
oponente, la conversación se volvió calmada y tranquila en un ambiente de
confidencialidad que nosotros ya habíamos compartido, las chicas del servicio
ya traían la bandeja con el servicio de té, me había hecho aficionado a esta
bebida tan solo por el teatro en gestos y movimientos para concentrarte en una
pausa con la que un buen observador analiza sin tapujos a quien tienes frente a
ti.
Como en toda conversación tienes que
administrar el tiempo acompasándola como una melodía musical para dejarla fluir
con naturalidad, el cuerpo se hace cómplice de movimientos automáticos
posicionando la ejecución de gestos como un lenguaje oculto a ojos de profanos,
me sentía cómodo y seguro cruzando una pierna sobre la otra mientras me deleitaba
con una fina taza de porcelana degustando con deleite sabores de un té de sabor
muy marcado, había aprendido con detalle manejarme con elegancia en ambientes
de gente con posición económica muy desahogada y las únicas cartas que yo
poseía eran mi descaro en un aplomo digno de un actor consumado, un pobre
imbécil como yo disfrutando en una obra en la que el drama y la tragedia se
convertían en la mejor máscara. Aurora reaparece en escena y me pide en voz
baja que por favor la siga, me disculpo con Helga que suspira contrariada al
ver interrumpida una conversación que ha conseguido iluminar su rostro con una
delicada sonrisa, de camino me presenta a su marido del que no recuerdo ni tan
siquiera su nombre, sentado en un sillón descansa una masa deforme de autentico
sebo, su cara rosadita y su prominente barriga hablan de su buena vida por la
afición a las hamburguesas y los perritos calientes, tiene un acento tan raro
cuando habla que sospecho puede ser ocasionada por no tener bien sujeta la
dentadura postiza,¡¡vaya mierda de marido!! Un apretón de mano tan flojito que
me hace pensar si incluso es mariquita deduzco quien lleva los pantalones en su
casa, mezclar negocios con los placeres carnales a veces no son una buena
combinación por lo que he visto.
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