CAPITULO
LVII
Aurora
Un
año antes y mientras acudía al instituto por la mañana tenía que acompañar por
la tarde a mi padre ya jubilado del ejercito a su nuevo trabajo como oficinista
en la empresa Salvat Editores, mi padre en una oficina con dos secretarias y un
jefe de administración era el equipo base en una oficina dedicada a la
distribución de libros a domicilios particulares en los que previamente ya habían
visitado los pelmas de venta a puerta fría (tal como se les conoce hoy).
Mozo
de almacén, que lujo, a mi edad ya ganaba un sueldo que provocaba la envidia de
mis amigos del barrio, si, efectivamente, manejaba dinero pero no tenía tiempo
para gastarlo y disfrutarlo, cada vez me veía más involucrado en el mundo de la
lectura, después de leer casi todos los clásicos de nuestra literatura como El
Quijote, Fortunata y Jacinta, El Lazarillo de Tormes etc. Mis gustos por la
lectura se derivaron por otros aspectos no de la historia en sí, me enganchaban
las aventuras en otros países, culturas, razas y costumbres profundizando en mi
creciente afición por novelas psicológicas del pensar humano para entender de
sus acciones y que les inclinaba por emprenderlas, me sentía en ocasiones
decepcionado por la involución a ciertas creencias propias de la anterior
dictadura, en España todos los mandatarios, luchadores, héroes rancios y
grandes pensadores habían conseguido sus proezas para orgullo patrio en defensa
de valores propios de cristianos y gente de bien, ¿por lo tanto el resto de los
mortales estábamos condenados a las llamas del infierno? Se notaba en mis
lecturas de viejos libros de hojas amarillentas y cagadas de bichos que la
inevitable censura había coronado las excelencias de gente poderosa que
gobernaban al pueblo con las consignas de la bota sobre el cuello ¡¡si piensas
distinto eres un rojo!!
Si
me remonto a la niñez en el colegio durante tres años residiendo en Madrid me
veo formando filas antes de la entrada en el aula brazo derecho en alto y
cantando el cara al sol vigilado por un maestro con una regla de madera con la
que golpeaba a cualquier niño que no pusiera énfasis y voluntad en cantar o
estar firme, acabado el acto nos daban un botellín de leche con tapa de
aluminio cortesía del gobierno del general Franco, un cuadro que siempre
figuraba en cualquier colegio al lado de un gran Cristo crucificado en notable
gesto de dolor en la cruz.
Soy
consciente del riesgo al exponer una vida sin rumbo en la que cualquier lector
iluminado de profundas creencias y convicciones políticas pondrá su etiqueta
radical para opinar de forma liberal y airada sintiendo la ofensa o incluso el
estupor por lo escrito en estas líneas, pena, esa es mi sensación por tantas
mentes supuestamente bien dotadas en una u otra facción radical y extremista
por sus creencias sectarias, en palabras dignas de respeto, a la mierda, si no
viviste una historia ahórrate comentarios que me hagan perder el tiempo. Quizás
sea el haber disfrutado de una parte de la historia lo que me convierte reacio
a participar en coloquios de índole política para declinar la balanza de tu
propia conciencia en uno u otro bando, lo siento, me dedico a vivir y nunca he
conseguido beneficio alguno por sentirme arropado bajo ninguna consigna de
lucha o amparado por religión salvadora, en este último aspecto no me considero
ateo mi forma de pensar en los casos de apuro es encomendarme a quien rige en
nuestro corazón el camino correcto para actuar, el no agredir al prójimo como
el intento de no ofender gratuitamente es una forma quizás cobarde pero
efectiva de evitar agravios innecesarios para vivir en paz.
Con
el transcurso del tiempo me he dado cuenta en base a mi experiencia que el duelo por retar a un contrario se
encuentra en la entrevista personal para conseguir tus propósitos, en cualquier
lucha es importante conocer las debilidades de tu oponente con la sencilla
observación de sus gestos corporales, esa fue quizás una de las lecturas que me
causó mayor impresión, primero conocer mis puntos fuertes reforzando los débiles
para afrontar entrevistas personales en el cuerpo a cuerpo, entiendan que tan
solo hablo de dialéctica, aborrezco el uso de la fuerza en contra el raciocinio
del intelecto.
Mi
padre con gesto adusto me mira fijamente y me pregunta si estoy seguro y
preparado, costumbre también anexa de aliviar mi vejiga en mear o en depositar
los excedentes corporales antes de vernos en la calle para evitar apretones
incómodos que nos hagan perder el tiempo en las gestiones previas a mi partida,
momento de visitar a un ilustre notario para redactar el documento de patria
potestad, al ser un menor de edad requisito fundamental de autorización paterna
para mi libertad condicional de viajar al extranjero previo pago al viejito
encargado de tal dispendio documental e ilustre. Al día siguiente me voy con la
cabeza llena de sueños al edificio donde me vacunarán contra todo tipo de
enfermedades selváticas, vacunas contra la malaria, tifus, cólera etc,
previamente ya me había informado de los efectos secundarios de estas vacunas
por lo que nada más salir unos buenos restregones con medio limón y al carajo,
no me daba la gana de sufrir fiebres y malestar por los futuros peligros a mi
llegada a tierras venezolanas.
La
partida fue sencilla y sin lágrimas sentidas, sobre mis hombros la carga de la
responsabilidad sobre mis actos y las dudas por una aventura en todos sus
aspectos, me proponía disfrutar de todo lo que viera y siempre en mi
pensamiento las advertencias de mi madre, ¿llevas los calzoncillos limpios?
Joer, las previsiones por si me daba una fatiga y no me vieran los médicos en
semejante trance, revisión de todo lo necesario con un inventario de posibles y
por si acasos, costumbre que me ha durado toda la vida en preparar cualquier
objeto útil en un viaje por corto que fuera, la disciplina personal era
requisito fundamental para no verme en algún trance de difícil solución,
memorizar el contenido de bolsillos y saberme preparado para cualquier
contingencia, el dinero bien seguro y atento a todo el que se encontrara cerca
con cara de sospechoso.
¿Recuerdan
la consigna de vuestros padres antes de salir? Si alguien les ofrece un
caramelo,¡¡cuidado!! Nunca lo acepten, en la calle siempre había un hombre del
saco para llevarse a los niños malos, idioteces, siempre he sido un
sinvergüenza y nadie me llevó nunca en un saco. Ya en el avión me impresionó
sus dimensiones y la gran cantidad de gente que tragaba en su interior, busqué
un sitio al lado de la ventanilla para poder contemplar la sensación de
abandonar mi vida anterior dejando la isla no con cierto desconsuelo y temor
por lo que me esperaba a la llegada a mi destino.
El
viaje un tormento, ocho horas de aire acondicionado, sueño y desvelo por si
oigo que el avión tiene problemas con tantas horas de vuelo, neurótico por el
entorno del encierro y moquillo líquido efecto de permanecer congelado dentro
de esta nevera, la gente por lo visto sudan solo con pensar quizás producto del
miedo a volar o por razones de la edad, cuando por fin llegamos aplausos
ensordecedores, miro a los pasajeros con cara de asombrado, ¡¡coño!! Hemos
llegado sanos y salvos, así es la gente, un respiro por estar vivos. Olores a
colonias apestosas de toallitas de mano, costumbre lógica al llegar para
recibir a quien te espere con aromas delicados que escondan sudores de fatiga e
incluso flojeras estomacales causadas por el miedo al sentirte cagado. Se abre
la puerta del avión y primera bofetada en la cara y olfato por el calor espeso
y olores de gasolina y derivados, así huele Venezuela, potencia mundial en
producción de petróleo y temperaturas de cuarenta grados en un ambiente húmedo
y pegajoso, un aroma característico de cada lugar nuevo que visitaba y tan
difícil de olvidar. Recuerdo que me dormí quizás un instante dentro del avión y
al despertar no podía quitarme de la cabeza un nombre, Aurora, no lo entiendo,
no conozco a nadie con ese nombre y por mucho que lo pienso no le encuentro
significado, sonrío al pensar se trate de alguna película de Disney con nombre
de princesa de cuento. No es la primera vez que en mi cabeza danzan los
fantasmas, en ocasiones me vienen flases con mensajes posiblemente imbuidos por
una mentalidad peliculera o abducida por lecturas inquietantes, como siempre
procuro crear una barrera de olvido.
Aturdido,
nervioso y fatigado llego en la noche donde todos los espectros salen a
burlarse, procuro establecer una visión general de todo lo que veo absorbiendo
y analizando por donde tengo que encaminarme espabilar para recoger el equipaje
y buscar a quien supuestamente vendrá a recogerme. Controles, cacheos,
revisiones, preguntas, pasaporte, documentación y todo tipo de incomodidades
para pasar el control policial antes de entrar al país, a diferencia de otros
aeropuertos el de Maiquetía ya me daba una pista del peligro americano, la
policía armada hasta los dientes portaban metralletas, casco y chalecos anti
balas, tipos con cara de pocos amigos, corpulentos y grandotes, me siento como
una mierdecilla insignificante, si tienes todo en regla vale, pasas y ni
siquiera te miran con atención hay mucho jaleo y mejor ligerito por si acaso.
No
es bueno fantasear con lo desconocido ya que las sorpresas no acaban de llenar
tus propias expectativas, para bien y para mal, un señor bajito, muy moreno,
limpio como un pincel, botas brillantes y pantalón por encima de la cintura de
notable empaque presencial, me da la impresión que antes de salir de casa su
esposa o incluso su madre lo remató con la típica escupitina para arreglar los
pelillos rebeldes de su brillante pelo azabache, un bigotito muy recortado
enmarcando una sonrisa de bienvenida luciendo un diente de oro en su boquita de
piñón.
Suspiro
arrastrando el equipaje mientras se presenta como el chófer de mi tío,
amablemente quizás al quedarme tanto tiempo observándolo me recoge las maleta y
me indica que le acompañe al coche ( en realidad lo llaman carro), evitaré en
lo posible modos y formas de lenguaje que quizás como yo me causaban sorpresa y
desconcierto, algunas palabras en castellano tienen distinto significado en
este país por lo que evito hablar mucho y escuchar atentamente para evitar
meter la pata con este peculiar personaje. Al llegar al coche me asombra su
longitud y tamaño, se parece a un lujoso yate pero con ruedas claro, aquí todo
es a lo grande chamo (chaval) ya te acostumbrarás a esta vida para disfrutarla,
ya de camino por la autopista panamericana no dejaba de mirar distraído la
amplitud de la carretera, hasta ocho carriles repletos de coches a cada cual
más lujoso y típicamente americano como en las películas en blanco y negro que
tanto me gustaban de la televisión.
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