CAPITULO LXI
Adolf
Hitler
Me pudo la curiosidad pero pensaba en una de las muchísimas frases con
las que mi padre procuraba aconsejarme siendo un niño, la curiosidad mató al
gato, quizás me sentí agobiado en una reunión vis a vis en la que no estaba
preparado ni sabía a ciencia cierta por donde acabaría, con el tiempo y los
años que ya son muchos recuerdo con cariño cuando recriminaba a mi padre estar
continuamente contando batallitas del abuelo cebolleta y es curioso que a pesar
de lo cansino en ocasiones me doy cuenta que hay muchas frases, refranes y
consejos que jamás podré olvidar en honor a su memoria y a un ejemplo de todos
los valores humanos inherentes a su gran personalidad, tiene razón Mr. Otto,
ahora, cuando escribo estas líneas evoco el desdén de mi juventud preocupándome
tan solo en caer en mis propios errores para trazar un perfil de mi propia
identidad ante los demás. Soy consciente de no haber disfrutado de una juventud
como otros chavales de mi edad, no todo han sido risas y fiestas, la soledad,
los miedos, los retos y la implacable ley de supervivencia por el búscate la
vida me llevó en muchas ocasiones y sin que nadie se enterara a llorar en
silencio lágrimas que erosionaban la fortaleza con la que intentaba superar
obstáculos al enfrentarme a situaciones muy complicadas, entiendo en una escala
humilde los extraños trazos de sufrimiento en los que te ves abocado a vivir
experiencias de las cuales no estás preparado.
Afortunadamente imaginas un cuadro
teatral donde actuar y cuando sales a escena han cambiado el decorado, me vi
ayudando a la Sra. Helga en la cocina, bueno vale, dándole conversación
mientras fregaba, secaba cubiertos o sencillamente estaba sentado disfrutando
de su agradable compañía, previamente Helga había dado instrucciones al
servicio de la casa para encargarse personalmente en la preparación del
almuerzo.
Me sentía feliz con esta señora,
cariñosa, atenta y amable, astuta y refinada para disculparse con elegancia por
tener un marido tan hablador, aproveché para lanzar anzuelo con la paciencia de
un pescador no de peces y si de emociones, sin cortarme le pregunté porque había
confiado en contarme capítulos de su vida, ella sin dejar de manejar cubiertos
con la vista baja meditaba la respuesta con claros síntomas de hurgar en la
prudencia de sus recuerdos hablando con voz silenciosa como preámbulo de un
secreto, dices que eres isleño ¿no? Contesté con un gesto de la cabeza pensando
en que la conversación se escapaba del meollo de la cuestión, ¿sabes muchacho?
Mi marido ha vuelto a los años en que conocimos Canarias hace ya muchos años.
¡¡La leche!! Pensaba para mí, ahora sí que me ha dejado a cuadros ¿sí? pregunté
para continuar tirando de la caña, estuvimos unos días en Tenerifa, Tenerife,
rectifiqué, creando una sonrisa de alivio en Helga para continuar con su
relato, sucedió después de abandonar precipitadamente nuestra Alemania natal,
entiende que eran tiempos de guerra, muerte, hambruna e incertidumbre por lo
que estaba sucediendo, Otto y yo llevábamos poco tiempo de casados y no
queríamos continuar sufriendo con lo que nos rodeaba a la vez soñábamos con un
futuro mejor para nosotros.
¡¡Mierda!! Casi me ahogo con un
trozo de queque, con los ojos de asombro empezaba a darme cuenta en ser
partícipe de una jodida aventura de labios de sus protagonistas, nada que ver
con leer libros como el diario de Ana Frank que tanto me conmocionó siendo
apenas un crio. Mi marido, continuó Helga está muy enfermo de hecho se
encuentra en cama descansando de la medicación, es un hombre bueno y
profundamente religioso pero su verdadera enfermedad radica en la profunda
tristeza que nubla su corazón y merma su energía devorándolo desde dentro,
desde hace poco a empeorado perdiendo la ilusión por la vida, tiene frecuentes
pérdidas de memoria y retrocede a su infancia y juventud rememorando los
tiempos difíciles que nos tocó vivir, tiempos que ojalá no vuelvan jamás a
sufrir ningún ser humano, mantuve un prolongado silencio por el profundo
respeto al dolor de sus confesiones, al momento la miro fijamente y le
pregunto, ¡¡Todavía no entiendo como su marido confía en mí!! No conozco esa
respuesta, contestó, quizás ha visto en ti una parte de su pasado, no lo sé,
¿no es un riesgo hacerme conocedor de un tema tan delicado y peligroso?
Posiblemente, contestó Helga pero no tenemos nada que perder, el pasado quedó
atrás y nadie nos juzgará por matar o atentar contra nuestros semejantes,
huimos de Berlín escapando del nacionalsocialismo y por las prácticas contra la
humanidad que abocaron a la muerte de tantos millones de inocentes. Una lágrima
asomaba en sus ojos al decirme que escaparon dando la espalda al ejército y a
la guerra abandonando a los amigos y vecinos, no tenían familiares directos, la
guerra había acabado con ellos, no fueron los únicos en traicionar las
consignas de su Führer, con ellos también escaparon otros soldados de diferente
rango a países como Argentina, Brasil y Paraguay entre otros, el nazismo
intentaría encontrarlos por deserción y traición a la patria bajo pena de
muerte para ellos, sus familiares y descendientes, con el tiempo la justicia
internacional los pondría en el banquillo contra crímenes contra la humanidad
en la ciudad de Núremberg en la propia Alemania.
Almorzamos disfrutando de la buena
mano en la cocina de nuestra anfitriona, mi amigo Aurelio se había entretenido
en retirar del trastero del sótano junto con varios amigos del hijo del
matrimonio muebles y trastos viejos para despejar una habitación en la que
colocarían una gran nevera para guardar cerveza el día de la fiesta. Esa tarde
repetimos charla Otto y yo en la sala donde se encontraba su despacho, nada que
ver con las confesiones del día anterior, me sentí decepcionado e intrigado con
lo que ya sabía pero no quise forzar la situación con el fin de evitar quebrar
la salud del anciano, ahora entendía su mirada perdida, sus ojos en ocasiones
vagaban solitarios entre las tinieblas de su propia enfermedad, luchaba por
mantener la coherencia en sus palabras y yo tan solo le escuchaba atento y en
silencio, contemplaba sus manos blancas en las que se transparentaban sus venas
azuladas, ¡¡qué pena llegar a ser tan viejo!!
Pasaría casi un año cuando de
regreso de Gran Canaria decidí hacer una visita a quienes me habían aportado
tanto cariño y simpatía, no había dejado de pensar en todo lo que había sentido
en aquella casa ansioso de encontrar respuestas a muchas incógnitas narradas
por un soldado alemán en la era del imperio nazi, me presenté solo y cargado
con el equipaje desde el aeropuerto, tanto Helga como Otto me esperaban en la
puerta, antes de mi llegada les había avisado por teléfono de mi llegada, tuve
que casi llegar a ser grosero para rehusar un coche para recogerme. Estaban
solos, su hijo estaba interno en alguna universidad de Caracas que no recuerdo,
les llevé como un gran tesoro una botella de ron añejo Arehucas que me costó
una buena pasta en aquellos años y para la señora de la casa una caja grande de
bombones y un gran ramo de flores que con vergüenza cargué desde el aeropuerto.
La felicidad se reflejaba en sus
rostros, no esperaban volver a verme y el detalle de los regalos provocó
algunas lágrimas por parte de Helga que me recriminaba intentar galantear con
una señora tan mayor, una broma que provocó una risotada de su marido y que se
me subieran los colores rojo de vergüenza, Otto me puso el brazo por encima del
hombro palmeando con notables signos de alegría, me siento orgulloso de ti
jovencito, se nota que estas educado a la vieja usanza y sabes cómo conquistar
a unos pobres viejos, joer, ¡¡qué bien me sentía!! Era extraño sentirme tan
cómodo con una pareja que apenas conocía, hablamos durante toda la mañana de
todo, cada vez me encontraba mas unido a sus propias emociones en una casa tan
grande pero concentrada de cariño en la soledad de sus vidas. Recordaba a mis
abuelos, siempre quitándose de cualquier capricho para regalarlo a sus nietos,
la evolución del ser humano al llegar a una edad madura en la que el amor por
sus descendientes hace olvidar sus propias necesidades, emociones de
sentimientos que te aflojan la tirantez del corazón ilusionándome al pensar que
incluso yo también tengo sentimientos humanos por el amor profundo a la
familia, creo que un valor muy por encima de cualquier tesoro del mundo.
Mi trabajo en el campo de trabajo
era estrictamente administrativa sin tener contacto con los prisioneros, así
comenzó su narración Mr. Otto, con el transcurso de la guerra y la masiva
afluencia de nuevos trabajadores me obligaron a estar presente en los
interrogatorios y tomar nota sobre sus trabajos dedicando una especial atención
a los oficios de fotógrafos, dibujantes o los relacionados con el arte de la
imagen, todo se mantenía en secreto bajo la supervisión de cuerpos especiales
de la SS destinados a reforzar traslados desde otros campos como Auschwitz o
Mauthausen, algo gordo se estaba fraguando, un día pasó por mis manos un
informe lacrado con un sello en rojo calificado de alto secreto, no pude
abrirlo por el riesgo a perder mi vida, tan solo pude leer que se trataba de la
“Operación Krüger”, no me imaginaba el papel que jugaría en mi vida el saber de
su contenido para conseguir con ello y gracias a los que sacrificaron su vida
para que mi esposa y yo pudiéramos escapar de tanta locura y tanto odio contra
los que desafiaran con credos y creencias distintas al proyecto de un chiflado
visionario llamado Adolf Hitler, uno de los mayores asesinos de la humanidad.
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